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Y en Cataluña aparecieron los pobres
13.05.08 | 00:55. Archivado en Columnas

Y componiendo su expresión más atribulada, Tío Tom Montilla exclamó: “En Cataluña también hay pobres”.

No, no se trata de una revisión del cuento de Monterroso (”Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”). Ni siquiera de la recreación del título de un viejo y exitoso culebrón de Televisa (”Los ricos también lloran”). Es simplemente una de las caras del socialismo contemporáneo apostado en una esquina de la actualidad nacional con su cajón de trilero.

Rodeándole, vigilantes, atentos a la eventual llegada de la policía, que en este caso debería ser, ¡ay!, la oposición, sus cómplices escrutan los rostros de los viandantes tratando de detectar a la víctima más propicia. Tal vez sea tu marido, tu esposa, quizás alguno de tus hijos, o tus compañeros de trabajo, o algún vecino. O tú mismo.
- ¿Dónde estará la bolita? -pregunta Montilla al respetable-. ¿En el centro? ¿A la izquierda? ¿En la derecha?

El ciudadano, tal vez incauto, sin duda bienintencionado, señala uno de los chirimbolos que Tío Tom mueve sin cesar. ¿Cómo va a mentir un hombre con esa cara de buena persona, un señor que ha sido votado por tanta gente, todo un presidente de la Generalidad catalana?
- Vaya, lo siento, se ha equivocado. ¡El dinero para mi!
“Hay pobres en Cataluña”, clama Tío Tom Montilla en las páginas del diario oficial del zapaterismo. “Enviamos nuestro dinero a los indolentes, a los vagos de otras regiones, mientras nosotros nos consumimos”, se lamenta sonándose los mocos.

El bueno del señor Shelby Rodríguez se abre paso entre los aplausos y los halagos de quienes pueblan su plantación y trata de consolarlo regalándole un tubo tan largo, tan largo, que llega desde Tarragona hasta Barcelona. Pero no hay manera. Tío Tom teme ser vendido a cualquier amo cruel, como le sucedió a su antecesor, y la cantinela sigue: “¡Una nación de pobres, eso es Cataluña!”. Y así, poco a poco, los ciudadanos incautos, sin duda bienintencionados (tu marido, tu esposa, alguno de tus hijos, tus compañeros de trabajo, algún vecino, tal vez tú), terminan creyendo que Cataluña no son cuatro provincias sino una especie de cosa única y homogénea, algo o alguien que se pasa en día pagando a todos y cada uno de los que vivimos en el resto de España.

A decir verdad, Cataluña no paga un duro a nadie y el Estado invierte más allí que en lugares de economía menos próspera. Pero el progresismo es así, de modo que hala, a seguir chupándonos el dedo.


Miguel Vidal Santos