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El "símbolo de la grandeza del pueblo valenciano", en quiebra
18.06.08 | 01:00. Archivado en Columnas

La Comisión de Cultura de Les Corts aprobó ayer, por unanimidad, el proyecto de ley del Real monasterio de Santa María de la Valldigna, que desarrolla y regla el artículo 57 del Estatuto de Autonomía de la Comunitat Valenciana, que lo designa “símbolo de la grandeza del pueblo valenciano, configurado como una nacionalidad histórica”.

Teniendo el Monasterio del Puig de Santa María -donde Jaime I preparó la conquista del cap i casal y donde el monarca encontró ayuda sobrenatural para vencer al infiel- a los políticos socialistas se les ocurrió crear otro ombligo de nuestra historia, diseño que los del PP siguieron a pies juntillas.

Aparte de este pequeño detalle, a mí me parece bien que sean recuperadas las ruinas del Monasterio de Santa María de la Valldigna, por las que siento gran aprecio y admiración.

Yo, al menos, lo vengo pidiendo y escribiendo desde los años 70, en que ya andaba con la Asociación de Amigos de la Valldigna, capitaneados por Toledo, un funcionario de correos, dando la murga y arreando palo para que las instituciones públicas se hicieran cargo del conjunto, propiedad de un vecino del pueblo, a la sazón juez de paz. En las hemerotecas pueden consultar mis artículos y reportajes los incrédulos.

Los políticos -esos que nos quieren hacer trabajar ahora 65 horas a la semana, cuando ellos no pegan ni chapa- han tardado 30 años en reaccionar y legalizarlo, pues lo poco que han hecho metiendo patas y manos, está mal.

La Rectora del Monasterio desde 1999 es la Fundación Jaume II el Just, creada por la Generalitat Valenciana, que la dejó en manos de unos manirrotos del partido, amigos de Camps, que han dejado un pufo de 9 millones de euros con tanto glamour y dispendio allí organizado. Tan mal iba la cosa que al final no tuvo más remedio el Consell que destituir al cabeza de la Fundación.

Lo único que se está haciendo bien allí es la restauración-recuperación, la que, al contrario de las barbaridades hechas en el Teatro Romano de Sagunt, gracias a que lo dirige un arquitecto culto, profesional, con la cabeza sobre los hombros y los pies en tierra, Salvador Vila, a quien, afortunadamente no se le ha ocurrido meterle encima al Monasterio ascensores, jacuzzis, discoteca, iglesias modernas de nuevo cuño, como sí por desgracia ha ocurrido en el Teatro Romano.

Recemos para que la cosa siga así y el Monasterio de la Valldigna sea testimonio de un pasado glorioso y no vergüenza internacional de las restauraciones.


Baltasar Bueno