Me pasan esta serie de art√*culos de un periodista catal√°n contra el estatut. Se pueden sacar buenas ideas. Faltan dos entregas que adjuntar√© cuando me las envien.

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No al Estatut (I de X). El peor de todos los pre√°mbulos posibles
Infokrisis.- Abordamos una serie de diez art√*culos sobre los motivos de nuestro NO al Estatut. Iniciamos la serie con un estudio sobre el pol√©mico pre√°mbulo, exceptuando la definici√≥n de Catalunya como "naci√≥n" que abordaremos en la segunda entrega. Esperamos que esta serie sea √ļtil para todos aquellos que precisan argumentos para apoyar su opci√≥n de voto en el refer√©ndum del 18 de junio.



Introducción

El Estatuto surgido del parlamento de Catalunya, aprobado, como pomposamente se dijo, por el ‚Äú90% de los parlamentarios catalanes‚ÄĚ, era un texto extremadamente malo donde no s√≥lo ni siquiera se ten√*a en cuenta los manifiestos elementos anticonstitucionales que figuraban en su articulado, sino que todo se hab√*a quedado en una mera carrera para demostrar qui√©n era ‚Äúm√°s nacionalista‚ÄĚ, esto es, qui√©n situaba el list√≥n auton√≥mico a m√°s altura. Lo que ocurri√≥ desde el momento en que se empez√≥ a debatir el texto fue una enloquecida carrera centr√*fuga, sin orden ni concierto ni consideraci√≥n alguna para nuestra ‚Äúley de leyes‚ÄĚ, la Constituci√≥n Espa√Īola.

El texto originario que lleg√≥ a Madrid no puede desvincularse del hecho de que hab√*a sido construido por los partidos nacionalistas (CiU), e independentistas (ERC), a los que el PSC no hab√*a sabido poner en su lugar. En las elecciones de 2003 Maragall no obtuvo la mayor√*a. Si gobern√≥ fue gracias a que la ‚Äúllave‚ÄĚ estaba en manos de Carod-Rovira. En el momento de firmar el Pacto del Tinell el ‚Äútripartito‚ÄĚ estaba convencido de que el PP seguir√*a otros cuatro a√Īos en el poder, tiempo en el que cualquier reforma estatutaria ser√*a rechazada en el Parlamento Espa√Īol y les permitir√*a agudizar el proceso de ‚Äúvictimizaci√≥n‚ÄĚ que tantos beneficios ha rendido al nacionalismo catal√°n. Pero las bombas del 11-M decidieron otra cosa y, a partir de entonces, y de la simetr√*a electoral creada en el Parlamento de Madrid, Carod-Rovira primero y Artur Mas despu√©s, supieron extraer ventajas.

Ahora bien, el Estatuto que lleg√≥ a Madrid era el producto de un acuerdo entre un gobierno auton√≥mico que durante tres a√Īos ha mostrado la m√°s absoluta incompetencia para gobernar, de cuya honestidad es l√*cito dudar y que apenas ha hecho otra cosa que promover y trabajar por un Estatuto que, luego, con una conversaci√≥n entre dos personas (Zapatero y Mas) qued√≥ completamente recortado y desnaturalizado de su forma originaria. No es que el resultado de este pacto haya sido completamente diferente, pero s√* que ha rebajado evidentemente su carga independentista.

Es preciso no olvidar que el tripartito catal√°n, en sus tres a√Īos de gobierno, no ha hecho otra cosa que hablar y promover la reforma del Estatuto. Nada m√°s. El gobierno tripartito puede ser calificado como el ‚Äútrienio de la ineficacia y la ineptitud‚ÄĚ. Pues bien, en este trienio la √ļnica actividad de los ‚Äúineficaces y de los ineptos‚ÄĚ ha sido promover el nuevo Estatuto. Este Estatuto pasar√° a la historia como el ‚ÄúEstatuto de los Ineptos‚ÄĚ.

Ni siquiera se puede a√Īadir al ‚Äútripartito‚ÄĚ un t√*tulo de honestidad. No, el tripartito ha sido el ‚Äúgobierno del 3%‚ÄĚ. ¬ŅHay que recordar que en plena crisis del Barrio de El Carmelo, el propio Maragall sac√≥ a la superficie el tema del 3% para que, luego, tanto su partido como ICV-EUiA y ERC bloquearan la posibilidad de constituir una Comisi√≥n Parlamentaria de investigaci√≥n? No, el tripartito ha sido un gobierno tan ineficaz como deshonesto. Pues bien, este gobierno es el ‚Äúpadre‚ÄĚ del Estatuto.

La ineficacia y la deshonestidad son los peores acompa√Īamientos para un ‚Äúlegislador‚ÄĚ y mucho m√°s si lo que se pretende es promover una ‚Äúley org√°nica‚ÄĚ.

Simplemente el hecho de que este texto estatutario hubiera sido promovido por el PSC, ERC e CiU, hubiera bastado para rechazarlo. Pero, en democracia, la sensaci√≥n de que un partido es corrupto no puede tenerse en cuenta si no ha sido proclamado por un tribunal ordinario o por una comisi√≥n parlamentaria. Y, dado que la apreciaci√≥n de ineptitud es subjetiva ‚Äďaunque no por ello menos real‚Äď, har√° falta dar algunos argumentos objetivos para apoyar el NO a este engendro legislativo.

Estas son nuestras razones. Esperamos que sean tambi√©n las de muchos ciudadanos honestos que decidan votar NO y frenar esta locura colectiva inducida por los pol√*ticos nacionalistas e independentistas, junto con la pusilanimidad del PSC.

I. Un pre√°mbulo inextricable

Cuando, en noviembre de 2005, el parlamento espa√Īol hab√*a recibido el texto estatutario y quedaba claro el car√°cter anticonstitucional de la inclusi√≥n del t√©rmino ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ en el articulado, el presidente del gobierno, Rodr√*guez Zapatero dijo que exist√*an muchas maneras de orillar este obst√°culo. Una de ellas era utilizar sin√≥nimos ‚Äďse plante√≥ el de ‚Äúcomunidad nacional‚ÄĚ‚Äď y otra desplazar el t√©rmino ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ del articulado al Pre√°mbulo. As√* se hizo finalmente. Y as√* es presentado a votaci√≥n en el refer√©ndum del 18 de junio.

Llama la atenci√≥n la ligereza con que el presidente del gobierno utiliza las palabras. Una naci√≥n es una naci√≥n en el pre√°mbulo o en el articulado. Las sutilezas jur√*dicas sirven para los especialistas en derecho, pero no para el grueso de la poblaci√≥n. En un texto estatutario se trata, simplemente, de ser lo m√°s claro posible. Esta claridad est√° completamente ausente en el pre√°mbulo del Estatuto, una parte mal redactada, con una sintaxis defectuosa, absolutamente incomprensible y ante la que cualquiera puede demostrar lo que desea.

En tanto que ciudadanos no podemos votar algo tan ambiguo y mal redactado como el pre√°mbulo que se nos presenta. Es el primer motivo para VOTAR NO.

Se dice, por ejemplo, ‚ÄúCatalu√Īa ha ido construy√©ndose a lo largo del tiempo con las aportaciones de energ√*as de muchas generaciones, de muchas tradiciones y culturas, que han encontrado en ella una tierra de acogida‚ÄĚ. Har√*a falta enumerar cu√°les eran esas ‚Äútradiciones‚ÄĚ y ‚Äúculturas‚ÄĚ o, de lo contrario, todos podemos llamarnos a enga√Īo. Tradiciones y culturas tienen nombres y apellidos, no se ve exactamente por qu√© eludirlas, salvo que se pretenda ignorar que m√°s de la mitad de los habitantes de Catalunya proceden del resto de regiones del Estado. Adem√°s, la ambig√ľedad de este texto se ampl√*a si tenemos en cuenta que en la actualidad residen en Catalunya algo m√°s de un mill√≥n de inmigrantes extranjeros, especialmente marroqu√*es y ecuatorianos. ¬ŅSe intenta equiparar a los inmigrantes espa√Īoles que llegaron a Catalunya y que se han asimilado perfectamente, con los inmigrantes llegados en los √ļltimos siete a√Īos sin la m√°s m√*nima intenci√≥n de integrarse?.

Luego el texto realiza una particular interpretaci√≥n de la Historia, o mejor dicho, la habitual falsificaci√≥n nacionalista de la Historia, cuando dice: ‚ÄúEl pueblo de Catalu√Īa ha mantenido a lo largo de los siglos una vocaci√≥n constante de autogobierno, encarnada en instituciones propias como la Generalitat ‚ÄĒque fue creada en 1359 en las Cortes de Cervera‚ÄĒ y en un ordenamiento jur√*dico espec√*fico recogido, entre otras recopilaciones de normas, en las ¬ęConstitucions i altres drets de Catalunya¬Ľ‚ÄĚ. No, resulta muy peligroso utilizar nociones y conceptos del siglo XIV con el significado del siglo XXI. En la Edad Media jam√°s se utiliz√≥ noci√≥n alguna de ‚Äúautogobierno‚ÄĚ. Los Condados catalanes, que no Catalunya, estaban integrados en la Corona de Arag√≥n, que no era en modo alguno una ‚Äúfederaci√≥n‚ÄĚ (tal como sostiene el nacionalismo), sino un ente formado por los Condados catalanes, el Reino de Arag√≥n, el Reino de Valencia y el Reino de Mallorca. Las relaciones ‚Äúfeudales‚ÄĚ con las que se articulaban todas estas piezas no ten√*an nada que ver con ‚Äúfederalismo‚ÄĚ alguno. Es inadmisible que en el texto estatutario, aunque sea en el pre√°mbulo, se contribuya a satisfacer las necesidades de falsificaci√≥n hist√≥rica de los partidos nacionalistas e independentistas.

A esto sigue una frase inextricable, ambigua y mal redactada a efectos de incluir el concepto de ‚Äúlibertad colectiva‚ÄĚ. V√©ase el aborto: ‚ÄúLa libertad colectiva de Catalunya encuentra en las instituciones de la Generalitat el nexo con una historia de afirmaci√≥n y respeto de los derechos fundamentales y de las libertades p√ļblicas de la persona y de los pueblos; historia que los hombres y mujeres de Catalunya quieren proseguir con el fin de hacer posible la construcci√≥n de una sociedad democr√°tica y avanzada, de bienestar y progreso, solidaria con el conjunto de Espa√Īa e incardinada en Europa‚ÄĚ. El ‚Äúlegislador‚ÄĚ ha querido satisfacer a nacionalistas, independentistas y al propio partido del gobierno. Pero una ley org√°nica no puede incluir t√©rminos tan ambiguos y mal definidos como ‚Äúsociedad democr√°tica avanzada‚ÄĚ, ‚Äúlibertad y progreso‚ÄĚ, o el mismo de ‚Äúlibertad colectiva‚ÄĚ. En p√°rrafos siguientes se sigue repitiendo esta inclusi√≥n de t√©rminos vagos y con carga ideol√≥gica diferente seg√ļn sea quien los utilice: ‚ÄúEl pueblo catal√°n sigue proclamando hoy como valores superiores de su vida colectiva la libertad, la justicia y la igualdad, y manifiesta su voluntad de avanzar por una v√*a de progreso que asegure una calidad de vida digna para todos los que viven y trabajan en Catalu√Īa‚ÄĚ.

Es preciso, adem√°s, desmantelar la idea t√≥pica arrastrada desde los inicios de la transici√≥n, seg√ļn la cual ‚Äúes catal√°n todo aquel que vive y trabaja en Catalunya‚ÄĚ. No, por esta regla de tres, un marroqu√* reci√©n llegado a Catalunya puede ser considerado ‚Äúcatal√°n‚ÄĚ con tanto derecho como alguien con los cuatro apellidos catalanes, que durante siglos ha contribuido con su esfuerzo y sus impuestos a construir Catalunya. No, si hay que definir a ‚Äúlos catalanes‚ÄĚ de una manera objetiva y razonable, bastar√° decir que ‚Äúcatal√°n es todo aquel ciudadano espa√Īol que vive y trabaja en Catalunya‚ÄĚ. Ni un magreb√*, ni un subsahariano, ni un andino, aspiran a ser considerados catalanes, ni lo son por el mero hecho de residir en territorio catal√°n. Marruecos, Ecuador, Ghana, no han compartido ning√ļn episodio hist√≥rico, ni antiguo ni reciente, como para que haya nexos que permitan aplicar ‚Äúgraciosamente‚ÄĚ la ‚Äúnacionalidad catalana‚ÄĚ a sus ciudadanos residentes en Catalunya. En cambio, esos nexos y la pertenencia a una Naci√≥n y a un Estado, son comunes cuando se habla de ciudadanos procedentes de otras regiones y nacionalidades espa√Īolas.

Hay algo m√°s que llama la atenci√≥n en este ominoso pre√°mbulo y que, luego, a lo largo del texto, volver√° a emerger en varias ocasiones. Se trata de la irreprimible tendencia a meterse en lo que habitualmente se llama ‚Äúcamisa de once varas‚ÄĚ. ¬ŅDe qu√© otra manera hay que entender frases como la que sigue? ‚ÄúCatalu√Īa, desde su tradici√≥n humanista, afirma su compromiso con todos los pueblos para construir un orden mundial pac√*fico y justo‚ÄĚ. ¬ŅSu ‚Äútradici√≥n humanista‚ÄĚ? La de Llull, por ejemplo, era justo todo lo contrario. La del ‚Äúrector de Vallfogona lo era tanto como cualquier literato de su tiempo. Y en cuanto a la de Jaime Balmes, ser√*a mucho m√°s oportuno aludir a la ‚Äútradici√≥n cat√≥lica espa√Īola‚ÄĚ m√°s que a cualquier otra. ¬ŅLa de mossen Collell? ¬Ņ La de Verdaguer? ¬ŅA qui√©n se refieren y de qu√© se refiere el texto? Siempre nos quedar√° la duda hasta que el programa de estudios de un futuro gobierno nacionalista nos lo aclare por v√*a de la falsificaci√≥n hist√≥rica.

Y lo peor del pre√°mbulo es cuando se intenta reconciliar a los opuestos. La ambig√ľedad llega a extremos exasperantes: ‚ÄúEl autogobierno de Catalu√Īa se fundamenta en la Constituci√≥n, as√* como en los derechos hist√≥ricos del pueblo catal√°n que, en el marco de aqu√©lla, dan origen en este Estatuto al reconocimiento de una posici√≥n singular de la Generalitat. Catalu√Īa quiere desarrollar su personalidad pol√*tica en el marco de un Estado que reconoce y respeta la diversidad de identidades de los pueblos de Espa√Īa‚ÄĚ. Si se habla de la Constituci√≥n espa√Īola, inevitablemente hay que equilibrar aludiendo a los ‚Äúderechos hist√≥ricos‚ÄĚ (que nadie se preocupa de definir, enumerar y describir). Si se alude al ‚ÄúEstado Espa√Īol‚ÄĚ, inmediatamente es preciso tranquilizar a los nacionalistas realizando una precisi√≥n que les resulte cara y reconocer sus ‚Äúdiversas identidades‚ÄĚ. Antes muerto que claro‚Ķ

Pero peor es cuando de la ambig√ľedad se pasa a la mentira pura y simple: ‚ÄúCatalu√Īa es una comunidad de personas libres para personas libres donde cada uno puede vivir y expresar identidades diversas, con un decidido compromiso comunitario basado en el respeto a la dignidad de todas y cada una de las personas‚ÄĚ. No, m√°s adelante cuando veamos c√≥mo trata el texto estatutario las ideas consideradas como ‚Äúno progresistas‚ÄĚ, entre las que se encuentran las propias ideas cat√≥licas, o simplemente, el absolutismo idiom√°tico de la Generalitat, veremos que esta declaraci√≥n es, pura y simplemente, falsa. Lo realmente triste es que el pueblo catal√°n es particularmente solidario e integrador, pero no as√* la clase pol√*tica nacionalista. Y es ella la que ha redactado el Estatuto.

As√* pues, cuando se dice en el mismo pre√°mbulo: ‚ÄúLa aportaci√≥n de todos los ciudadanos y ciudadanas ha configurado una sociedad integradora, con el esfuerzo como valor y con capacidad innovadora y emprendedora, valores que siguen impulsando su progreso‚ÄĚ, la clase pol√*tica nacionalista est√° mintiendo. No s√≥lo porque no tiene ning√ļn inter√©s integrador, sino porque aspira solamente a la asimilaci√≥n de cualquier diferencia cultural a su propio concepto de Catalunya, sino porque adem√°s, lo que en un tiempo fue cierto, hoy ya no lo es. Veamos: aludir en el siglo XXI a la ‚Äúcapacidad innovadora y emprendedora de Catalunya‚ÄĚ es aludir al pasado. Hoy, esa capacidad es la misma en cualquier lugar de Espa√Īa. Los tiempos en los que Catalunya era la √ļnica parte del Estado industrializada y donde, frente al caos decimon√≥nico que reinaba en Madrid, Barcelona era ‚Äúfaro y gu√*a‚ÄĚ del desarrollo espa√Īol, papel al que aspiraba la burgues√*a catalana en la direcci√≥n de Espa√Īa, ya ha pasado. Hoy Barcelona es una ciudad en declive, cuyo consistorio se mira eternamente el ombligo frente a la pujanza mediterr√°nea de Valencia o frente a Madrid. La ‚Äúseriedad‚ÄĚ, que antes era una cualidad considerada como espec√*ficamente catalana, hoy no lo es tanto. Han bastado tres a√Īos del chusco gobierno de Pascual Maragall para que el mito del ‚Äúseny‚ÄĚ catal√°n saltara hecho pedazos. La idea expresada en el pre√°mbulo del Estatuto ha sido sistem√°ticamente repetida desde que los regionalistas del siglo XIX la formularon por primera vez. Pero la ‚Äúeuropeizaci√≥n‚ÄĚ de Espa√Īa por un lado, su industrializaci√≥n y, finalmente, el lastre que para Catalunya ha supuesto la hegemon√*a pol√*tica del nacionalismo desde 1979, han alterado el escenario. Cualquier otra regi√≥n espa√Īola tiene hoy ‚Äúcapacidad innovadora y emprendedora‚ÄĚ.

Y por lo dem√°s, ¬Ņa qu√© viene aludir otra vez a una ‚Äúsociedad integradora‚ÄĚ? A la vista de los √ļltimos veinticinco a√Īos de pol√*tica ling√ľ√*stica m√°s habr√*a que hablar de pol√*tica ‚Äúasimilacionista‚ÄĚ. Y si nos referimos a los √ļltimos sesenta a√Īos, veremos que la burgues√*a catalana cre√≥ verdaderos guetos para la inmigraci√≥n llegada de otras regiones. Ciudades dormitorio, inh√≥spitas, sin infraestructuras, apenas sin comunicaciones, sin mantenimiento, fueron el lugar destinado para las migraciones interiores. ¬ŅA qui√©n ha logrado ‚Äúintegrar‚ÄĚ la Generalitat? La trampa est√° en que se alude a la ‚Äúsociedad‚ÄĚ, intentando equiparar la ‚ÄúGeneralitat de Catalunya‚ÄĚ con la ‚Äúsociedad catalana‚ÄĚ, la ‚ÄúCatalunya oficial‚ÄĚ con la ‚ÄúCatalunya real‚ÄĚ. Este desfase se percib√*a ya en el ventenio ‚Äúpujolista‚ÄĚ, pero ha quedado en evidencia en el trienio ‚Äúmaragallano‚ÄĚ. La Generalitat, a trav√©s de un control y una tutela absoluta sobre los medios de comunicaci√≥n catalana, ha conseguido dar la sensaci√≥n de que no existe una brecha entre instituciones y poblaci√≥n. Pero esa brecha existe, ayer, cuando la corrupci√≥n se apoder√≥ de la Catalunya pujolista, sin duda el √°rea del Estado en donde las corruptelas estaban m√°s extendidas y m√°s cubiertas por los medios, y existe hoy, cuando un gobierno fantoche ha empleado tres a√Īos en elaborar un mal Estatuto eludiendo su responsabilidad de gobernar d√*a a d√*a.

La obsesi√≥n ling√ľ√*stica tiene su parte en el pre√°mbulo del Estatuto. Se dice: ‚ÄúLa tradici√≥n c√*vica y asociativa de Catalu√Īa ha subrayado siempre la importancia de la lengua y la cultura catalanas, de los derechos y de los deberes, del saber, de la formaci√≥n, de la cohesi√≥n social, del desarrollo sostenible y de la igualdad de derechos, hoy, en especial, de la igualdad entre mujeres y hombres‚ÄĚ. Es evidente que la tendencia a la igualdad entre hombres y mujeres, la cohesi√≥n social, el desarrollo sostenible y dem√°s, no son ‚Äúrasgos diferenciales‚ÄĚ ni con el resto de regiones y nacionalidades espa√Īolas, ni con el resto de pa√*ses europeos. Est√°n presentes en todas partes y con la misma fuerza. ¬ŅPara qu√© mencionarlo? Simplemente para acompa√Īar al elemento emotivo y sentimental de la ‚Äúlengua catalana‚ÄĚ que, tradicionalmente, el nacionalismo considera como el √ļnico y verdadero rasgo diferencial a falta de otras diferencias marcadas de tipo √©tnico, cultural o antropol√≥gico. M√°s adelante volver√° a salir la omnipresente cuesti√≥n ling√ľ√*stica.

Queda todav√*a algo que merece ser tratado al margen del Pre√°mbulo, dada su importancia. La definici√≥n de Catalunya como ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ.

No al Estatut (II de X). La cuestión nacional.
Infokrisis.- En esta segunda entrega aludimos al punto capital del Estatut, la inclusi√≥n del t√©rmino "naci√≥n". Con esta inclusi√≥n concluye un largo proceso de confusiones y desprop√≥sitos que ha llevado desde la idea de "nacionalidad" a la de "naci√≥n", gracias a las circunstancias pol√*ticas del momento presente. Adem√°s, es a partir de este texto en donde empieza a entenderse el verdadero problema de este texto: su ambig√ľedad y falta de concreci√≥n.




II. Las naciones no se crean ni desaparecen en virtud de una votación

Una misma realidad no puede ser, a la vez, dos cosas completamente diferentes. Catalunya no puede ser a la vez ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ y ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ, de la misma forma que Espa√Īa no puede ser ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ compuesta por ‚Äúnaciones‚ÄĚ. Si Catalunya es Estado y Espa√Īa tambi√©n lo es, el Estado Espa√Īol est√° diferenciado del Estado Catal√°n.

Adem√°s, se a√Īade otro t√©rmino para que la confusi√≥n provocada por el Estatuto sea completa: la Uni√≥n Europea. Dice el texto estatutario: ‚ÄúCatalu√Īa, a trav√©s del Estado, participa en la construcci√≥n del proyecto pol√*tico de la Uni√≥n Europea, cuyos valores y objetivos comparte‚ÄĚ. Llama la atenci√≥n ese inter√©s estatutario en vincularse de alguna manera con la UE. Adem√°s, el texto miente. No hay que olvidar que estamos todav√*a en el pre√°mbulo, m√°s adelante veremos que ‚ÄúCatalu√Īa‚ÄĚ no solamente participa en la UE ‚Äúa trav√©s del Estado‚ÄĚ, sino que exige tener representantes propios en las negociaciones con la UE. Pero √©sta es otra historia que veremos m√°s adelante.

En el √ļltimo p√°rrafo del ‚Äúmaravilloso‚ÄĚ pre√°mbulo elaborado por el inextricable legislador se dice textualmente: ‚ÄúEl Parlamento de Catalu√Īa, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadan√*a de Catalu√Īa, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Catalu√Īa como naci√≥n‚ÄĚ. Tal era la magna aspiraci√≥n de los diputados de ERC y de CiU, con la pusilanimidad y la apat√*a de los diputados del PSC. Desde nuestro punto de vista, es completamente irrelevante que la referencia a la ‚Äúnaci√≥n catalana‚ÄĚ vaya incluida en el pre√°mbulo o en el articulado. El t√©rmino ya se ha deslizado y con √©l la confusi√≥n.

Porque todo este embrollo tiene mucho que ver con las confusiones derivadas del ‚Äúesp√*ritu de la transici√≥n‚ÄĚ. En efecto, al considerar a Espa√Īa como ‚Äúnaci√≥n compuesta por nacionalidades y regiones‚ÄĚ, se deslizaba el t√©rmino ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ, sin la consiguiente definici√≥n. Ha faltado que llegara a la Moncloa un ignorante absoluto en materia pol√*tica (o bien un c√*nico redomado) para que la confusi√≥n entre ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ y ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ fuera explotada h√°bilmente por nacionalistas e independentistas. Tiene raz√≥n el pre√°mbulo del Estatuto cuando dice que: ‚ÄúLa Constituci√≥n Espa√Īola, en su art√*culo segundo, reconoce la realidad nacional de Catalu√Īa como nacionalidad‚ÄĚ. Pues bien, ‚Äúrealidad nacional‚ÄĚ es una cosa, ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ es otra y ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ otra distinta.

Quiz√°s no sea √©ste el lugar m√°s oportuno para aludir a las diferencias, pero vale la pena recordarlas m√*nimamente para poder establecer d√≥nde reside la gran falacia de este aborto estatutario.

Una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ es una unidad hist√≥rica provista de una ‚Äúmisi√≥n‚ÄĚ y un ‚Äúdestino‚ÄĚ. La definici√≥n es de Ortega y Gasset, pero se acepta un√°nimemente. Espa√Īa no puede ser ignorada como ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ en tanto que todos los pueblos peninsulares han sido contemplados como una unidad desde el exterior y se han comportado en la mayor parte de su Historia como un mecanismo pol√*tico √ļnico. Roma llam√≥ a este rinc√≥n del Mediterr√°neo ‚ÄĚHispaniae‚ÄĚ y, solo a efectos administrativos, la dividi√≥ en dos (Citerior y Ulterior) y luego en tres (B√©tica, Lusitana y Tarraconense). M√°s tarde los visigodos instauraron aqu√* su reino y, finalmente, liquidaron el reino suevo de Galicia, acto que evidenciaba el concepto unitario. Despu√©s se formaron los reinos de la Reconquista, contemplando todos y sin excepci√≥n la posibilidad de reconstruir la unidad del reino visigodo. El propio Carlomagno llam√≥ a la marca del sur, ‚Äúmarca Hisp√°nica‚ÄĚ. Posteriormente, la convergencia din√°stica facilit√≥ la consolidaci√≥n de una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ que, poco a poco, termin√≥ siendo unitaria. Espa√Īa no precisa demostrar que es una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ.

A lo largo de la Historia de todas las naciones, la idea de ‚Äúmisi√≥n‚ÄĚ y ‚Äúdestino‚ÄĚ ha estado muy presente o bien se ha diluido. Ha estado presente en la medida en que han existido patriotas y hombres de Estado, capaces de redefinirlo. Hoy esta raza de pol√*ticos est√° ausente.

La ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ es otra cosa. Es, sobre todo, una unidad geogr√°fica y cultural con relativa homogeneidad que forma parte de una entidad pol√*tica mayor. Desde la m√°s remota antig√ľedad, los ‚Äúimperios‚ÄĚ han estado formados por ‚Äúnacionalidades‚ÄĚ. Catalunya tiene especificidades suficientes como para ser consideradas una ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ, pero en absoluto una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ. La lengua (dejando aparte las distintas variedades dialectales), la cultura (dejando aparte que la Catalu√Īa actual es un agregado de distintas identidades), cierta unidad √©tnica y antropol√≥gica, mucho m√°s que la historia (muy diversa, por otra parte‚Ķ, por ejemplo, ‚ÄúCatalunya‚ÄĚ no apoy√≥ un√°nimemente al archiduque austriaco en la Guerra de Sucesi√≥n, ni toda Catalunya se opuso a los borbones en el mismo conflicto) y el continuum geogr√°fico definen a Catalunya como ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ. Lo mismo podr√*a aplicarse a Galicia y otro tanto al Pa√*s Vasco. Pero es rigurosamente falso que se trate de ‚Äúnaciones‚ÄĚ en el sentido moderno de la palabra.

La Historia es importante para definir la diferencia entre ‚Äúnaciones‚ÄĚ y ‚Äúnacionalidades‚ÄĚ. El mundo antiguo conoci√≥ ‚Äúnacionalidades‚ÄĚ e ‚Äúimperios‚ÄĚ. Los imperios estaban formados por nacionalidades a partir de un pueblo que se impon√*a por su potencia militar y su superior cultura y modelo de civilizaci√≥n. El concepto de naci√≥n, por el contrario, es relativamente reciente. Aparece con las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII, como cristalizaci√≥n √ļltima de un proceso que se hab√*a iniciado en los √ļltimos siglos de la Edad Media, cuando se destruye el ecumene medieval. A decir verdad, el gran problema del nacionalismo y del independentismo es demostrar que Catalu√Īa en alguna ocasi√≥n haya sido ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ. No lo ha sido m√°s que en los cerebros calenturientos de los nacionalistas e independentistas actuales. Sus precedentes, los fundadores del regionalismo rom√°ntico catal√°n alud√*an solo a ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ (el t√*tulo de la obra de Prat de la Riba es significativo al respecto: ‚ÄúLa nacionalidad catalana‚ÄĚ).

Catalu√Īa nunca ha sido naci√≥n y no lo ser√° por decisi√≥n de unos tristes parlamentarios procedentes de una legislatura que ha defraudado en gran medida al electorado catal√°n, ni por el resultado de un refer√©ndum. Hay algo que define a las naciones reales y es la continuidad generacional. Espa√Īa sigue existiendo porque sigue habiendo hombres y mujeres que creen en su destino nacional. La continuidad generacional es la persistencia t√°cita de la idea de naci√≥n a lo largo de las generaciones. Una votaci√≥n o un refer√©ndum pueden tener consecuencias pol√*ticas, pero no desde luego hist√≥ricas. Indica solamente la cristalizaci√≥n de una determinada coyuntura pol√*tica, nada m√°s. Para que exista una naci√≥n es preciso algo m√°s. La clase pol√*tica catalana, aquejada de un irreprimible complejo de tiranismo, se ha cre√*do capaz de ‚Äúcrear naciones‚ÄĚ mediante un mero debate parlamentario, argumentando que representan al ‚Äú90% de los parlamentarios catalanes‚ÄĚ. Si, pero en un momento concreto. Ni antes ha existido una voluntad de considerar a Catalu√Īa como ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ, ni probablemente ma√Īana tampoco se dar√° esa misma circunstancia. Ni siquiera, si no hubiera estado presente un pol√*tico irresponsable, carente de idea del Estado y de cualquier cosa digna de llamarse patriotismo, como Zapatero, esa idea hubiera logrado ser llevada a refer√©ndum.

El Estatuto pretende variar la continuidad generacional necesaria para definir el término nación, por un providencialismo inmediatista del que se han aureolado los diputados que lo han aprobado. Por eso lo rechazamos.

Pero lo m√°s sorprendente es que en el Art√*culo 1 del Estatuto se dice: ‚ÄúCatalu√Īa, como nacionalidad, ejerce su autogobierno constituida en Comunidad Aut√≥noma de acuerdo con la Constituci√≥n y con el presente Estatuto, que es su norma institucional b√°sica‚ÄĚ. Lo que era naci√≥n en el pre√°mbulo, ahora, por arte de las conveniencias parlamentarias y del equilibrio de la confusi√≥n, se convierte nuevamente en nacionalidad. La clase pol√*tica catalana del 3% ha pretendido hacer de Catalu√Īa una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ y tambi√©n una ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ y de seguir los consejos de Prat de la Riba en su libro antes citado, seguramente tambi√©n un ‚Äúimperio‚ÄĚ, pues no en vano uno de los cap√*tulos de esta obrita se titula significativamente ‚ÄúEl imperialismo catal√°n‚ÄĚ.

Estas consideraciones son las que permiten a los ‚Äúlegisladores‚ÄĚ poner ‚Äúpatas arriba‚ÄĚ todo lo que ha sido Catalunya hasta este momento. Se trata, simplemente, de dar marcha atr√°s a la rueda de la historia y restablecer las instituciones que hab√*an existido antes. Sustituir las provincias por ‚Äúveguer√*as‚ÄĚ, especialmente, creando un sistema administrativo excepcionalmente denso y tupido en el que la intenci√≥n inicial con la que se aprobaron los estatutos de autonom√*a en la transici√≥n (la descentralizaci√≥n del Estado y la disminuci√≥n de la burocracia) d√© nacimiento a un fen√≥meno completamente nuevo presente en este Estatuto desde el Art√*culo 2.2.: la creaci√≥n de una burocracia catalana omnipresente y la burocratizaci√≥n de la vida catalana, tal como veremos m√°s adelante. Se dice: ‚ÄúLos municipios, las veguer√*as, las comarcas y los dem√°s entes locales que las leyes determinen, tambi√©n integran el sistema institucional de la Generalitat, como entes en los que √©sta se organiza territorialmente, sin perjuicio de su autonom√*a". ‚ÄúMunicipios‚ÄĚ, ‚Äúveguer√*as‚ÄĚ, ‚Äúcomarcas‚ÄĚ e incluso ‚Äúdem√°s entes locales‚Ä̂Ķ generan unos mecanismos tan complejos de decisi√≥n que constrastan con la realidad de Catalu√Īa cuya primera caracter√*stica es el desequilibrio territorial entre un ‚Äú√Ārea Metropolitana‚ÄĚ de Barcelona en la que se agrupan dos terceras partes de la poblaci√≥n catalana, y el resto de comarcas catalanas, algunas de las cuales particularmente deprimidas. El Estatuto no reconoce esta realidad, sino que la traviste en una innecesaria multiplicaci√≥n de niveles administrativos y burocr√°ticos capaces de absorber todo el clientelismo derivado de la clase pol√*tica nacionalista y socialista.

En el Art√*culo 3 se vuelve a aludir a la pol√*tica de equilibrios en la que se mueve el nacionalismo, el independentismo y el socialismo pusil√°nime catal√°n. Se trata de establecer distancias que permitan aparecer a Catalu√Īa como ‚Äúrealidad nacional‚ÄĚ (t√©rmino vago que no se sabr√° jam√°s si se refiere a ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ o ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ. Se dice, por ejemplo en el par√°grafo 2 de dicho art√*culo: ‚ÄúCatalu√Īa tiene en el Estado espa√Īol y en la Uni√≥n Europea su espacio pol√*tico y geogr√°fico de referencia e incorpora los valores, los principios y las obligaciones que derivan del hecho de formar parte de los mismos‚ÄĚ. Si se aludiera solamente al ‚ÄúEstado espa√Īol‚ÄĚ quedar√*a muy clara la vinculaci√≥n de la Generalitat con ‚ÄúEspa√Īa‚ÄĚ, pero si se introduce la innecesaria referencia a la Uni√≥n Europea, esta vinculaci√≥n queda diluida. Y decimos innecesaria porque es evidente que, con menci√≥n o sin ella, Catalu√Īa est√° vinculada a trav√©s de Espa√Īa a la UE. Dicho sea de paso: es significativo que se escriba con min√ļsculas ‚ÄúEstado espa√Īol‚ÄĚ pero con may√ļsculas ‚ÄúUni√≥n Europea‚ÄĚ. Hasta en los peque√Īos detalles este estatuto evidencia la mezquindad y estupidez de quienes lo han redactado.

Asimismo, parece incre√*ble que el par√°grafo 1 de dicho Art√*culo 3 haya sido aprobado por los diputados de partidos ‚Äúestatales‚ÄĚ como el socialista en el parlamento espa√Īol. Se dice en este art√*culo: ‚ÄúLas relaciones de la Generalitat con el Estado se fundamentan en el principio de la lealtad institucional mutua y se rigen por el principio general seg√ļn el cual la Generalitat es Estado, por el principio de autonom√*a, por el de bilateralidad y tambi√©n por el de multilateralidad‚ÄĚ. Depende de quien lea esto y de la voluntad con la que se lea, este art√*culo puede aludir al mismo Estado o a dos Estados diferentes. ¬ŅQu√© se quiere decir con la expresi√≥n ‚Äúla Generalitat es Estado‚ÄĚ? ¬ŅNo hubiera sido mucho m√°s claro explicar que la Generalitat es un organismo incluido en el Estado Espa√Īol? ¬ŅO era precisamente esa idea la que se intentaba esquivar? ¬ŅY qu√© se quiere decir afirmando que las relaciones entre la Generalitat y el Estado se ‚Äúfundamentan en el principio de la lealtad institucional mutua‚ÄĚ? Lo que se est√° queriendo decir es que entre la Generalitat y el Estado existe una igualdad intr√*nseca, en lugar de un principio de jerarqu√*a: el Estado es el ‚Äútodo‚ÄĚ y la Generalitat una ‚Äúparte‚ÄĚ. Las partes son siempre inferiores al todo.

Por otra parte, y ya que estamos en esto, ¬Ņqu√© ‚Äúlealtad‚ÄĚ puede ofrecer una Generalitat que hace de la colocaci√≥n de una bandera ‚Äúestatal‚ÄĚ en el Castillo de Montjuich una cuesti√≥n de principios? ¬ŅDe qu√© lealtad puede hablar un Carod-Rovira que se ha declarado independentista o un nacionalismo cuya lealtad solamente queda asegurada por la contrapartida econ√≥mica en la que se tasa? ¬ŅDe qu√© lealtad puede hablar una Generalitat que intenta erradicar completamente las tradiciones ‚Äúespa√Īolas‚ÄĚ del √°mbito catal√°n? ¬ŅO que afirma con una seriedad pasmosa la ‚Äúco-oficialidad‚ÄĚ del catal√°n, entendiendo que es la √ļnica lengua oficial en Catalu√Īa y que es en el resto del Estado en donde el catal√°n debe ser cooficial? El recurso a la patra√Īa de la ‚Äúlealtad‚ÄĚ viene obligada para dar una salida honorable a los diputados socialistas que, despu√©s de meses y meses de abominar del Estatuto, a la hora de la verdad, votaron SI en el parlamento espa√Īol.

Por todo ello VOTAR NO, no es solamente una obligaci√≥n pol√*tica, sino una alta tarea moral.

No al Estatut (III de X). ¬ŅEstatuto o constituci√≥n frustrada por las circunstancias?
Infokrisis.- El T√*tulo Preliminar del Estatuto trata sobre los "deberes", los "derechos hist√≥ricos", la "lengua", la "condicion pol√*tica" y los "s√*mbolos", temas desarrollados de manera ambigua en ocasiones ("derechos hist√≥ricos") y en otras de forma extremadamente detallista ("s√*mbolos"). En estos art√*culos se percibe la asimetr√*a del Estatuto (lo que interesa al nacionalismo se resalta y lo que no, se elude), as√* como las peligrosas ambig√ľedades conceptuales que encierra.





Una fotocopia reducida de la Constitución

A los art√*fices del Estatuto les ha parecido conveniente elaborar un texto en el que se reitere lo que ya ha quedado expuesto en la Constituci√≥n. As√* demuestran su vocaci√≥n, frustrada por las circunstancias, de haber aspirado a redactar la Constituci√≥n que corresponde a una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ, tal como la definida en el pre√°mbulo. A toda Naci√≥n corresponde un Estado, y a todo Estado una Constituci√≥n. El Estatuto, por tanto, no es tal, sino una Constituci√≥n frustrada. Los defensores del Estatuto dir√°n que esta intenci√≥n es falsa. No hace falta discutir este punto: basta con leer el articulado ‚Äďalgo que no suele hacerse ante ning√ļn refer√©ndum ‚Äď para darse cuenta de su intenci√≥n constitucional.

Que esta intenci√≥n no haya podido concretarse se debe, no a la intenci√≥n de sus promotores (para ERC se trataba de confeccionar un Estatuto previo a la independencia catalana y para el PSC se trataba de elaborar un texto que, en el fondo, ser√*a una miniconstituci√≥n en un marco de ‚Äúfederalismo asim√©trico‚ÄĚ, ya descrito por Maragall, y que Zapatero ense√Ī√≥ a sus alumnos en su breve tr√°nsito como profesor de derecho constitucional), sino a que los sondeos, absolutamente desfavorables para ZP en el mes de enero, le convencieron de la necesidad de romper amarras con ERC y forzar la ruptura del tripartito y, con ello, la necesidad de limar el Estatuto de sus aspectos m√°s descaradamente anticonstitucionales.

Derechos irrealizables y reiterados

Los ‚Äúderechos‚ÄĚ de los ciudadanos de Catalunya ya est√°n impl√*citos en la Constituci√≥n espa√Īola. No hace falta reiterarlos, porque la Generalitat no es el ‚ÄúEstado‚ÄĚ encargado de velar por ellos, sino un mero mecanismo de descentralizaci√≥n administrativa. Por lo tanto, resulta absolutamente fuera de lugar lo reflejado en el Art√*culo 4, par√°grafo 1, donde se dice: ‚ÄúLos poderes p√ļblicos de Catalu√Īa deben promover el pleno ejercicio de las libertades y los derechos que reconocen el presente Estatuto, la Constituci√≥n, la Uni√≥n Europea, la Declaraci√≥n Universal de Derechos Humanos, el Convenio Europeo para la Protecci√≥n de los Derechos Humanos y los dem√°s tratados y convenios internacionales suscritos por Espa√Īa que reconocen y garantizan los derechos y las libertades fundamentales‚ÄĚ. Si √©sta es la funci√≥n de la Generalitat de Catalunya, entonces ¬Ņcu√°l es la funci√≥n del Estado?.

En realidad, lo que los independentistas y nacionalistas han pretendido realizar, con la aquiescencia y sumisión bovina del PSC es, no solamente un vaciado de competencias del Estado, sino también y sobre todo, una suplantación de las funciones del Estado en el territorio de Catalunya.

En los dos par√°grafos siguientes esta tendencia queda todav√*a m√°s resaltada, incorporando la ret√≥rica habitual de todas las constituciones. Decimos ret√≥rica en sentido absolutamente despreciativo, en la medida en que siempre, inevitablemente, quedan como letra muerta bonitas declaraciones de principios a t√*tulo de inventario que nadie tiene la m√°s m√*nima intenci√≥n de cristalizar en medidas concretas. Cuando se dice que todos los espa√Īoles tienen derecho a la vivienda, no quiere decir que el Estado tenga la m√°s m√*nima intenci√≥n de hacer real tal derecho; ni siquiera que tiene intenci√≥n de atajar la especulaci√≥n inmobiliaria que, en realidad, es el factor que impide la materializaci√≥n de ese derecho, especialmente entre los j√≥venes y las clases desfavorecidas. Estos excesos ret√≥ricos, absolutamente t√≥picos y, si se nos apura, altamente desagradables, est√°n presentes en la Constituci√≥n Espa√Īola y tambi√©n en el nuevo Estatuto. Se dice, por ejemplo: ‚ÄúLos poderes p√ļblicos de Catalu√Īa deben promover las condiciones para que la libertad y la igualdad de los individuos y de los grupos sean reales y efectivas; deben facilitar la participaci√≥n de todas las personas en la vida pol√*tica, econ√≥mica, cultural y social, y deben reconocer el derecho de los pueblos a conservar y desarrollar su identidad‚ÄĚ, y m√°s adelante: ‚ÄúLos poderes p√ļblicos de Catalu√Īa deben promover los valores de la libertad, la democracia, la igualdad, el pluralismo, la paz, la justicia, la solidaridad, la cohesi√≥n social, la equidad de g√©nero y el desarrollo sostenible‚ÄĚ. Tales colecciones de t√≥picos, a fuerza de ser repetidos invariablemente, no deben impedir recordar que ni una sola Constituci√≥n. de pa√*s alguno, ha hecho nada por llevar a la pr√°ctica esos derechos. Ya va siendo hora de ir recordando que una Ley Fundamental debe ser clara y aplicativa, no un conjunto de t√≥picos irrealizables. Dejando aparte, naturalmente, que la reiteraci√≥n de promesas de derechos en la Constituci√≥n y en el Estatuto no garantiza la aplicaci√≥n pr√°ctica de los mismos.

Derechos históricos a medida de manipuladores históricos

El Art√*culo 5 del Estatuto est√° consagrado a los llamados ‚Äúderechos hist√≥ricos‚ÄĚ. Y aqu√* hay mucho que decir. Empieza el art√*culo afirmando que ‚ÄúEl autogobierno de Catalu√Īa se fundamenta tambi√©n en los derechos hist√≥ricos del pueblo catal√°n, en sus instituciones seculares y en la tradici√≥n jur√*dica catalana‚ÄĚ. El redactado es mucho m√°s ambiguo de lo que parece. Si se trata de ‚Äúderechos hist√≥ricos‚ÄĚ hubiera sido deseable que se hubiera definido el concepto y, acto seguido, se hubieran enumerado tales derechos y su alcance actual. Es demasiado sencillo reivindicar cualquier derecho imaginable partiendo de la base de que Catalunya fue, en alg√ļn momento, independiente y, por tanto, le corresponde cualquier derecho ejercido por un Estado independiente. Y no es as√*. Catalunya nunca fue una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ independiente.

La referencia a las ‚Äúinstituciones seculares‚ÄĚ es tambi√©n muy discutible. El hecho de que existiera, desde el siglo XIV, una instituci√≥n llamada ‚ÄúGeneralitat de Catalunya‚ÄĚ no implica que tuviera nada que ver con la actual Generalitat. La Generalitat hist√≥rica era una estructura org√°nica, corporativa y estamental que no ten√*a nada que ver con el aparato jur√*dico-administrativo de un Estado-Naci√≥n o nada similar. El concepto actual de ‚ÄúGeneralitat‚ÄĚ es radicalmente diferente: se trata de una estructura de autogobierno basada en la democracia formal o de partidos: en la democracia inorg√°nica.

El ‚Äútruco‚ÄĚ utilizado por el nacionalismo catal√°n ha consistido en intentar trazar un v√*nculo entre el presente y el pasado. Las instituciones catalanas actuales no ser√*an m√°s que la continuaci√≥n de las instituciones tradicionales. Y √©stas se justifican por ‚Äútradici√≥n‚ÄĚ. En 1977 llam√≥ particularmente la atenci√≥n que Josep Tarradellas, ‚Äúpresident‚ÄĚ de la Generalitat ‚Äúen el exilio‚ÄĚ, elegido en condiciones anormales y -en cualquier caso- en absoluto democr√°ticas, regresara a Catalunya ostentando un t√*tulo y un cargo vac√*o y hueco. Porque la Generalitat dej√≥ de existir, en la pr√°ctica, cuando las tropas republicanas se replegaron hacia Francia tras la rotura del Frente del Ebro. Y lo que sobrevivi√≥ de la Generalitat despu√©s de 1939 fue perdiendo, con el paso del tiempo, su soporte democr√°tico y popular. Pero Tarradellas ‚Äúexigi√≥‚ÄĚ ser reconocido como ‚Äúpresident leg√*timo‚ÄĚ, para luego poder entregar poderes a Jordi Pujol, presidente de la ‚ÄúGeneralitat reconstituida‚ÄĚ y ya elegido democr√°ticamente. As√* quedaba salvaguardada la ‚Äútradici√≥ catalana‚ÄĚ desde el siglo XIV hasta Pujol.

Pero, contrariamente a la pretensi√≥n de la Generalitat, la continuidad hist√≥rica se ha roto en tantas ocasiones, y lo que ha seguido ha sido tan absolutamente distinto de lo anterior, que no podemos hablar de ‚Äúcontinuidad‚ÄĚ o de ‚Äúlegitimidad‚ÄĚ. Sino de distintas f√≥rmulas de ‚Äúautogobierno‚ÄĚ sin m√°s relaci√≥n unas con otras que el mismo nombre de la instituci√≥n: la Generalitat. Como si las comparsas de moros y cristianos de las ciudades levantinas quisieran reivindicar una ‚Äúlegitimidad hist√≥rica‚ÄĚ con los ‚Äúberimerines‚ÄĚ, los ‚Äúcristianos viejos‚ÄĚ, los ‚Äúpiratas‚ÄĚ o los ‚Äúalmohades‚ÄĚ. Seamos serios y defendamos las verdades hist√≥ricas en lugar de los mitos pol√*ticamente correctos.

La Generalitat, como cualquier organismo de descentralizaci√≥n administrativa, se justifica SOLAMENTE por la eficacia de su gesti√≥n, no por sus aspiraciones ‚Äúlegitimistas‚ÄĚ. Los tiempos en los que las monarqu√*as se preocupaban de anclar su legitimidad hist√≥rica en la m√°s remota antig√ľedad ya han pasado. Hoy, una instituci√≥n del siglo XXI se legitima, solamente, por la eficacia en su gesti√≥n o, de lo contrario, se caer√*a en una especie de animismo m√°gico: una instituci√≥n surgida de la noche de los tiempos es leg√*tima por ‚Äútradici√≥n‚ÄĚ. No, eso val√*a para el per√*odo de las monarqu√*as de derecho divino, pero no para las instituciones modernas.

El problema del nacionalismo es que se autolegitima a trav√©s de una interpretaci√≥n unilateral y teleol√≥gica de la Historia. Y eso tiene valor, solamente, si se acepta la versi√≥n falsificada de la Historia. Pero si se pone en duda, todo el edificio se hunde. El Estatuto de los nacionalistas e independentistas, el Estatuto de los ap√°ticos del PSC, es una pieza MODERNA que no tiene nada que ver ‚Äďsalvo en nombre de Generalitat- con la tradici√≥n catalana.

¬ŅDerechos hist√≥ricos ? No, por favor. La Historia es algo din√°mico: los derechos de ayer son diferentes hoy. Quienes los encarnaron en otro tiempo no son los mismos que quienes los asumir√°n ma√Īana. No existen derechos hist√≥ricos fijos e inamovibles salvo para el dogmatismo nacionalista.

Cuando Catalunya se mira permanentemente el ombligo

Catalunya es una regi√≥n situada en la Naci√≥n espa√Īola situada en el noreste de la Pen√*nsula Ib√©rica, o bien es una ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ del Estado Espa√Īol. Catalunya es, para los catalanes, tan importante como Extremadura lo pueda ser para los extreme√Īos o Pomerania para los pomeranios. Catalunya no es un ente excepcional acreedor de privilegios hist√≥ricos excepcionales, a los que cualquier otra nacionalidad o regi√≥n podr√*a aspirar retorciendo la Historia en beneficio propio. A fuerza de considerarse como algo excepcional y radicalmente diferente a cualquier otra parte de la galaxia, el nacionalismo catal√°n ha terminado por hacer caer a Catalunya en un provincianismo exasperante, progresivamente m√°s empobrecido. En el d√*a de hoy, cuando escribimos estas l√*neas, la prensa publica que la compa√Ī√*a de vuelos ‚ÄúIberia‚ÄĚ estudia seriamente cancelar los 32 vuelos diarios que despegan de aeropuertos catalanes, ante su creciente inviabilidad econ√≥mica. Sabemos tambi√©n que la Feria de Muestras de Barcelona ha sido barrida por la Feria de Muestras de Madrid y que el puerto de Barcelona ha sido derrotado en la competencia comercial por el de Valencia. Sabemos, as√* mismo, que las universidades catalanas se est√°n despoblando de estudiantes extranjeros a causa de las trabas ling√ľ√*sticas impuestas por la Conselleria de Educaci√≥n. Y mientras Catalu√Īa sigue perdiendo posiciones dentro de Espa√Īa, el nacionalismo y el independentismo siguen presos de su esquema decimon√≥nico, afirmando que Catalunya es la ‚Äúparte seria de Espa√Īa‚Ä̂Ķ Pues bien, √©ste Estatuto es precisamente el instrumento para que Catalunya siga mir√°ndose el ombligo y manteniendo imparable su proceso de provincianizaci√≥n.

El √ļltimo par√°grafo del Art√*culo 5 es un nuevo canto a esa ambig√ľedad a la que hemos aludido desde el principio: ‚Äú‚Ķel presente Estatuto incorpora y actualiza al amparo del art√*culo 2, la disposici√≥n transitoria segunda y otros preceptos de la Constituci√≥n, de los que deriva el reconocimiento de una posici√≥n singular de la Generalitat en relaci√≥n con el derecho civil, la lengua, la cultura, la proyecci√≥n de √©stas en el √°mbito educativo, y el sistema institucional en que se organiza la Generalitat‚ÄĚ. Esta exaltaci√≥n de lo que separa es una constante en el nacionalismo. Se exalta la lengua catalana, no como expresi√≥n tradicional del sustrato catal√°n originario, sino como ‚Äúrasgo diferencial‚ÄĚ. Se exalta lo poco que queda de derecho civil catal√°n, no por el inter√©s que nadie tenga en √©l, sino en tanto que nuevo y tenue ‚Äúrasgo diferencial‚ÄĚ. Y en cuanto a la ‚Äúcultura catalana‚ÄĚ: si abandonamos la ret√≥rica que acompa√Īa a todo nacionalismo, literalmente, no sabremos como definirla ni como se diferencia de la que est√° al otro lado del Ebro o de la Franja de Poniente‚Ķ La cantidad de productos culturales que se consume en las cuatro provincias catalanas es tan similar a la que se consume en el resto de Europa o de Occidente, que desnaturaliza completamente el car√°cter que un d√*a pudo tener la ‚Äúcultura catalana‚ÄĚ.

En la Catalunya de Maragall ha triunfado ‚ÄúEl C√≥digo Da Vinci‚ÄĚ. La pel√*cula m√°s vista en el 2005 ha sido la misma que en Madrid. Se han visto las mismas series de televisi√≥n y se ha bailado a los mismos ritmos. La gente se ha intoxicado con las mismas drogas y con los mismos estupefacientes pseudoculturales. Los mismos talk-shows, id√©nticos reality-shows han encontrado en Catalunya su tierra de promisi√≥n como en el resto del Estado y, por lo dem√°s, el hecho de que el Bar√ßa haya ganado la liga no implica que su juego sea radicalmente diferente a cualquier otro equipo l√*der de cualquier liga. Porque el Bar√ßa es solamente un club y apenas nada m√°s que un club. Si en otro tiempo fue algo m√°s, de eso ya no queda hoy m√°s que el recuerdo. En cuando a los castellers, las sardanas, las grallas y las cantadas de habaneras, son muy tenues muestras de cultura popular que apenas sobreviven a golpes de subvenci√≥n en la UVI de las culturas en v√*as de extinci√≥n. Si eso es la ‚Äúcultura catalana‚ÄĚ es bien poca cosa, y si tenemos en cuenta que la ‚ÄúCultura Catalana‚ÄĚ con may√ļsculas es, en buena medida, tributaria del antiguo Reino de Valencia, veremos que para situar el t√©rmino ‚Äúcultura catalana‚ÄĚ en un texto jur√*dico ‚Äďen el fondo ZP ha querido que sea una Ley Org√°nica y como tal la consideramos‚Äď hubiera hecho falta entrar en un amplio debate que no se hizo durante la transici√≥n y que el nacionalismo y el independentismo han evitado troc√°ndolo por jugosas subvenciones. Si los conceptos est√°n mal definidos no sirven como elementos introducibles en normas jur√*dicas.

El nacionalismo y el independentismo han dado por sentado que existe una ‚Äúcultura catalana‚ÄĚ, aun cuando no han establecido ni sus fronteras, ni sus l√*mites, ni sus pautas. Si existiera una edici√≥n en catal√°n del Play-Boy ¬Ņse la podr√*a considerar como ‚Äúcultura catalana‚ÄĚ? ¬ŅEs solamente cultura catalana aquella que se realiza en catal√°n y que subvenciona la Generalitat? Los castellers que, en los √ļltimos tiempos, suelen colocar anxenetas musulmanas o sudamericanas, ¬Ņson manifestaciones culturales catalanas? ¬ŅSubsistir√*an si se les dejara de subvencionar? ¬ŅPuede considerarse ‚Äúcultura popular‚ÄĚ una cultura subvencionada? Dicho lo cual, la √ļltima frase del par√°grafo resulta absolutamente terror√*fica, cuando el texto ‚Äúamenaza‚ÄĚ con proyectar todas estas especificidades en el ‚Äú√°mbito educativo‚ÄĚ. Se parte de una visi√≥n unilateral de Catalunya, de una visi√≥n hemipl√©jica de la realidad cultural catalana, para subvencionar primero a los ‚Äúamigos‚ÄĚ, y luego absolutizar mediante el sistema educativo los valores de esa cultura subvencionada.

Un Estatuto que promueve tales ambig√ľedades y que corre el riesgo de acentuar un triple ‚Äúdesenganche‚ÄĚ de Catalunya (‚Äúdesenganche‚ÄĚ con la realidad del siglo XXI, ‚Äúdesenganche‚ÄĚ con el resto del Estado y ‚Äúdesenganche‚ÄĚ con todo lo que en la propia Catalunya se ve libre de nacionalismo e independentismo) no puede ser defendido m√°s que como el escenario m√°s favorable para la perpetuaci√≥n de los errores que han ido provincianizando a Catalunya en los √ļltimos treinta a√Īos. Por todo ello, VOTAR NO es una alta responsabilidad para todos los catalanes conscientes de la naturaleza perversa y decadente de este triple proceso de ‚Äúdesenganche‚ÄĚ.

No al Estatuto (IV de X). Ni co-oficialidad, ni coexistencia ling√ľ√*stica.
Infokrisis.- El catal√°n es el √ļnico puntal s√≥lido sobre el que se apoya el "hecho diferencial catal√°n". Esto se sab√*a desde los tiempos de Prat de la Riba y del vizconde de G√ľell. De no existir la lengua catalana, el nacionalismo carecer√*a de su principio de raz√≥n suficiente. No es raro, pues, que, a un estatuto nacionalista corresponda una defensa cerrada de la lengua catalana y, consiguientemente, un intento de erradicaci√≥n del castellano, de todas las √°reas de la administraci√≥n.





En media docena de art√*culos se hace referencia al catal√°n en un contexto proteccionista extremado y exasperado. Las alusiones al catal√°n son, para los que nos expresamos normalmente en catal√°n pero carecemos de ‚Äúimpulso‚ÄĚ nacionalista, a todas luces exageradas. Empieza la retah√*la de alusiones al catal√°n en el Art√*culo 6, titulado ‚ÄúLa lengua propia y las lenguas oficiales‚ÄĚ, en el que puede leerse, en su par√°grafo 1: ‚ÄúLa lengua propia de Catalu√Īa es el catal√°n. Como tal, el catal√°n es la lengua de uso normal y preferente de las administraciones p√ļblicas y de los medios de comunicaci√≥n p√ļblicos de Catalu√Īa, y es tambi√©n la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la ense√Īanza‚ÄĚ. Y aqu√* habr√*a que matizar, porque la ‚Äúlengua propia de Catalu√Īa es el catal√°n‚Ä̂Ķ salvando el hecho de que desde el siglo XIX se ha producido una llegada masiva de espa√Īoles, procedentes de otras regiones del Estado, para integrarse en la naciente industria catalana; y esto ha dado lugar a que, sobre el suelo de Catalunya, coexistan dos identidades culturales que se expresan a trav√©s de dos lenguas vehiculares: el catal√°n y el castellano.
El punto central del nacionalismo es negar el hecho evidente de que sobre el territorio catal√°n coexisten dos identidades y no una sola. De ah√* la dificultad y el riesgo de llamar a Catalunya ‚Äúnacionalidad‚ÄĚ (lo cual es aceptable) o ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ (lo que resulta irreal, ficticio y falso). Se tiene tendencia a pensar que una ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ es algo homog√©neo y que a toda ‚Äúnaci√≥n‚ÄĚ corresponde una ‚Äúidentidad‚ÄĚ. Pero no es as√*: basta mirar la realidad sociol√≥gica catalana, despu√©s de 25 a√Īos de Estatuto de Autonom√*a para advertir lo que ya hemos dicho: la existencia de una Catalunya provista de dos ‚Äúidentidades‚ÄĚ, la catalana y la castellana, en funci√≥n de la lengua utilizada.

El Estatuto parte de la base de que es obligaci√≥n de todos los ‚Äúcatalanes‚ÄĚ (es decir, de todos ‚Äúlos que viven y trabajan en Catalunya‚ÄĚ, aprender ‚Äúsu‚ÄĚ lengua. Pero se trata de un razonamiento falso, una falacia autoritaria. Catalunya forma parte del ‚ÄúEstado Espa√Īol‚ÄĚ y, por supuesto, de la ‚ÄúNaci√≥n Espa√Īola‚ÄĚ. Por tanto, la lengua propia de todo ciudadano espa√Īol residente en Catalunya es, en primer lugar, el castellano (no decimos ‚Äúespa√Īol‚ÄĚ ya que, en sentido estricto, el catal√°n es tambi√©n una lengua ‚Äúespa√Īola‚ÄĚ).

En el fondo se trata de aceptar algo que el Estatuto nacionalista niega: la existencia de una jerarqu√*a institucional. Primero el Estado, y, como parte del Estado, es decir, subordinado a √©l, las instituciones auton√≥micas. Primero el Estado, luego las instituciones auton√≥micas. No al rev√©s. Y este es el punto que todo el Estatuto contornea: evitar reconocer que la Generalitat es una parte de un ‚Äútodo‚ÄĚ, el Estado, y no un ‚Äútodo‚ÄĚ que compite con otro ‚Äútodo‚ÄĚ. Para el esp√*ritu del Estatuto el ‚ÄúEstado‚ÄĚ en Catalunya se llama ‚ÄúGeneralitat‚ÄĚ (primera falacia) y la ‚Äúlengua de Catalunya es el catal√°n‚ÄĚ (segunda falacia), lo que lleva, irremisiblemente, a la erradicaci√≥n del castellano del territorio geogr√°fico catal√°n.

De hecho es cierto, como dice el Estatuto, que el catal√°n es ‚Äúla lengua normalmente utilizada‚ÄĚ en Catalunya, pero le queda por decir, ‚Äúpor los que la utilizan‚ÄĚ, de la misma forma que puede decirse sin enga√Īar a nadie que el castellano es la lengua normalmente utilizada en Catalunya por los que deciden expresarse en esa lengua.

El problema es que, a partir de este momento, el Estatuto se convierte en un conjunto de imposiciones autoritarias que indican al ‚Äúbuen catal√°n‚ÄĚ lo que debe hacer, decir y en qu√© idioma hacerlo. La libertad ling√ľ√*stica que implica expresarse en la lengua que se prefiera ‚Äďalgo que es aceptado en el d√*a a d√*a del pueblo catal√°n, pero que el Estatuto tintado con una fuerte carga ideol√≥gica nacionalista, niega- es negada en el esp√*ritu del texto estatutario.

Por eso de nada valen las especificaciones hechas en el art√*culo 2, que no hacen sino aumentar las confusiones a la espera de que una nueva legislaci√≥n ling√ľ√*stica, realizada por nacionalistas, independentistas y pusil√°nimes socialistas, consagre el esp√*ritu anticastellano del Estatuto. Se dice: ‚ÄúEl catal√°n es la lengua oficial de Catalu√Īa. Tambi√©n lo es el castellano, que es la lengua oficial del Estado espa√Īol. Todas las personas tienen derecho a utilizar las dos lenguas oficiales y los ciudadanos de Catalu√Īa el derecho y el deber de conocerlas. Los poderes p√ļblicos de Catalu√Īa deben establecer las medidas necesarias para facilitar el ejercicio de estos derechos y el cumplimiento de este deber. De acuerdo con lo dispuesto en el art√*culo 32, no puede haber discriminaci√≥n por el uso de una u otra lengua‚ÄĚ. A tenor de lo visto en la pol√*tica ling√ľ√*stica en los √ļltimos 25 a√Īos, es evidente que este par√°grafo es un falseamiento de la realidad y una mentira deliberada puesta ah√* para sacar las casta√Īas del fuego a Zapatero y evitar su hundimiento en las encuestas en el resto del Estado. Si, porque ha existido discriminaci√≥n ling√ľ√*stica en Catalunya. En los medios de comunicaci√≥n catalanes, incluidos los amamantados por el PSC ‚ÄďBTV, por ejemplo- , se insiste en que la totalidad de los invitados hablen -y los programas se realicen- en catal√°n. La lengua no deber√*a ser, a la vista de este par√°grafo, un obst√°culo para el desarrollo de profesiones y, sin embargo, lo es. Se valora el nivel de catal√°n con la misma importancia que una carrera para puntuar en un concurso-oposici√≥n. Y as√* sucesivamente.

Puede aceptarse que a partir de 1939 el franquismo primara y priorizara la utilizaci√≥n del castellano, si bien es rigurosamente falso que el catal√°n estuviera prohibido. Desde 1941 la Caixa d‚ÄôEstalvis publicaba libros en catal√°n (los poemas de Verdaguer, por ejemplo), hecho hist√≥rico que ha sido ocultado deliberadamente. Desde 1965 se publicaba el semanario catal√°n ‚ÄúTele|Estel‚ÄĚ y exist√*a, desde antes, una tupida red de boletines y revistas impresas en catal√°n, as√* como la Editorial Milla publicaba desde los a√Īos 50 libros en esta lengua. No exist√*an obst√°culos para la ense√Īanza de la lengua catalana. Nosotros mismos tuvimos, a mediados de los a√Īos 60, una clase de lengua catalana a partir del 4¬ļ de Bachillerato en el colegio de los Escolapios‚Ķ

Entonces ¬Ņcu√°l era el problema? Era doble: por una parte que la ense√Īanza se realizaba en castellano ‚Äďla lengua del Estado al que pertenec√*a y pertenece Catalunya- y que la cultura catalana en la √©poca no estaba subvencionada. Estos dos elementos son fundamentales para entender lo que se quiere decir cuando se afirma que la cultura catalana estuvo ‚Äúperseguida‚ÄĚ durante el franquismo, concepto dram√°tico que, en realidad, se reduce a estos dos obst√°culos: ni subvenci√≥n, ni car√°cter oficial.

Lo cierto es que recordamos como, en nuestra infancia, en el Pened√©s se hablaba catal√°n habitualmente sin ning√ļn obst√°culo ni limitaci√≥n‚Ķ a diferencia de ahora, cuando tras veinticinco a√Īos de catalanizaci√≥n por decreto-ley cada vez se oye hablar m√°s castellano. Es aceptable que entre 1979 y 2006, la Generalitat haya cuidado particularmente el catal√°n, para que pudiera recuperar el terreno perdido entre 1939 y 1976‚Ķ bien. Pero ¬Ņcu√°ndo se va a juzgar que el catal√°n ya ha recuperado esa cuota del mercado ling√ľ√*stico que le correspond√*a y se restablezca una ‚Äúnormalidad‚ÄĚ en las distintas posibilidades de cada idioma?

Pero, a√ļn hoy, la Generalitat sigue apoyando SOLAMENTE a la inviable industria del libro en catal√°n, subvencion√°ndola indirectamente gracias a las compras masivas de libros en catal√°n por parte de la Xarxa de Bilioteques de la Generalitat o de la Conseller√*a d‚ÄôEnsenyament. Los ejemplos de esta discriminaci√≥n son muchos y no vale la pena enumerarlos, est√°n en la mente de todos. El hecho de que los programas de RTVC sean TODOS en catal√°n, sin que quede hueco alguno abierto a los 3.500.000 de catalanes que PREFIEREN EXPRESARSE EN CASTELLANO, es suficientemente significativo de la situaci√≥n.

El nacionalismo es una forma de irrealismo pol√*tico que magnifica el ‚Äúrasgo diferencial‚ÄĚ, exalt√°ndolo hasta m√°s all√° de cualquier l√*mite razonable. En Europa hay casi 70 idiomas con un seguimiento similar al catal√°n. Es evidente que la UE no puede tenerlos a todos en cuenta y que hay que ce√Īirse a los idiomas m√°s habituales, no solamente en Europa, sino en el mundo: franc√©s, ingl√©s, alem√°n y‚Ķ espa√Īol. Un idioma utilizado por 450 millones de personas, incluso en lugares claves como son los EEUU (hoy un candidato a la presidencia de los EEUU no puede ignorar el castellano si quiere salir elegido) o Brasil (que ha aceptado como ‚Äúsegunda lengua‚ÄĚ el castellano de cara a facilitar y reforzar sus enlaces en Iberoam√©rica), no puede compararse a un muy digno, pero peque√Īo idioma, hablado solamente por 3.000.000 de personas y cuyo seguimiento es todav√*a menor en el Antiguo Reino de Valencia.

A este respecto hace falta decir en voz bien alta que el catal√°n y el valenciano son dos formas diferentes que tienen el mismo origen (el ‚Äúllemos√*‚ÄĚ) que hablado en las cuatro provincias del Principat se ha llamado ‚Äúcatal√°n‚ÄĚ y en las tres provincias del Reino de Valencia se ha llamado ‚Äúvalenciano‚ÄĚ, con importantes diferencias en su estructura gramatical y en su l√©xico.

Resulta absolutamente incre√*ble que por la abulia del gobierno espa√Īol y por el impulso nacionalista, se niegue al castellano algo que resulta evidente en todo el mundo: su pujanza, a despecho de cualquier subvenci√≥n e incluso en circunstancias muy desfavorables en su competencia con el ingl√©s en EEUU. Resulta surrealista que sea precisamente en la tierra-madre del castellano, Espa√Īa, donde se intente limitar m√°s su uso.

Pues bien, el castellano, hoy, es una lengua internacional que permite viajar pr√°cticamente a todo el mundo. Por eso es completamente rid√*cula la desproporcionada reivindicaci√≥n de sentar al catal√°n en la UE. En el par√°grafo 3 se dice: ‚ÄúLa Generalitat y el Estado deben emprender las acciones necesarias para el reconocimiento de la oficialidad del catal√°n en la Uni√≥n Europea y la presencia y la utilizaci√≥n del catal√°n en los organismos internacionales y en los tratados internacionales de contenido cultural o ling√ľ√*stico‚ÄĚ. El esfuerzo realizado en pro de la Constituci√≥n de la UE no puede ser ralentizado u obstaculizado por los micronacionalismos deseosos de imponer sus peque√Īos rasgos diferenciales, recargando la burocracia de la Uni√≥n.

El hecho de que el Estatuto, y mucho menos el nacionalismo, no reconozca la gradaci√≥n jer√°rquica entre las instituciones, lleva directamente a este maximalismo ling√ľ√*stico: si se ignora que el Estado Espa√Īol est√° sobre la Generalitat de Catalunya, se ignora as√* mismo que la Uni√≥n Europea est√° por encima del Estado Espa√Īol y, por consiguiente, la Generalitat de Catalunya, en cualquier acuerdo internacional o en sus relaciones con la UE, debe pasar A TRAV√ČS DEL ESTADO ESPA√ĎOL en lugar de ese maximalismo ling√ľ√*stico reflejado en el Estatuto.

Ese maximalismo est√° presente en el par√°grafo siguiente cuando se alude a una supuesta ‚Äúproyecci√≥n exterior del catal√°n‚ÄĚ. En su concatenaci√≥n de ensimismamientos nacionalistas, alguien ha cre√*do que el catal√°n tiene posibilidades de ‚Äúexportaci√≥n‚ÄĚ. Recientemente hemos visto como, en un viaje organizado por la Presidencia de la Generalitat, se ha firmado un acuerdo de cooperaci√≥n ling√ľ√*stico-cultural con Egipto ¬Ņcon Egipto? Si, con Egipto, pa√*s en el que se abrir√°n cursos de catal√°n‚Ķ Se dice, en el par√°grafo 4: ‚ÄúLa Generalitat debe promover la comunicaci√≥n y la cooperaci√≥n con las dem√°s comunidades y los dem√°s territorios que comparten patrimonio ling√ľ√*stico con Catalu√Īa. A tales efectos, la Generalitat y el Estado, seg√ļn proceda, pueden suscribir convenios, tratados y otros mecanismos de colaboraci√≥n para la promoci√≥n y la difusi√≥n exterior del catal√°n‚ÄĚ. La pretensi√≥n quim√©rica, ya lo sabemos, es competir con el castellano.

Nada que decir sobre la alusi√≥n al aran√©s en el Estatuto. En el par√°grafo 5 se dice: ‚ÄúLa lengua occitana, denominada aran√©s en Ar√°n, es la lengua propia de este territorio y es oficial en Catalu√Īa, de acuerdo con lo establecido por el presente Estatuto y las leyes de normalizaci√≥n ling√ľ√*stica‚ÄĚ. Nada que decir, salvo una cosa. Pensemos lo que sucede en las escuelas aranesas: se reconoce al aran√©s como lengua propia y se ense√Īa. Luego se ense√Īa tambi√©n el catal√°n, lengua de la Generalitat, y por supuesto el castellano, lengua del Estado. Adem√°s, en las escuelas aranesas, como en las del resto del Estado, se ense√Īa una lengua extranjera, el franc√©s o el ingl√©s‚Ķ ¬Ņqueda alguna hora para ense√Īar matem√°ticas o filosof√*a? Pocas, desde luego. La tolerancia y benevolencia del Estatut para con el aran√©s no puede hacer olvidar el desastre educativo que una medida de este tipo, en principio bienintencionada, puede acarrear entre los destinatarios.

Las lenguas sobreviven por el impulso de los pueblos que las encarnan. No por subvenciones, decretos ley, ni leyes de represi√≥n ling√ľ√*stica. El aran√©s y el catal√°n sobrevivir√°n o morir√°n por que la gente se sienta beneficiada o no con su uso, no por otra cosa.

Lo dicho hasta aqu√* bastar√*a para que el Estatuto hubiera dejado claro las preferencias hacia el catal√°n. Pero no. Esto era s√≥lo el entrem√©s. Esto no ha hecho nada m√°s que comenzar. El resto del Estatuto est√° plagado de alusiones tendentes a recalcar el poder omn√*voro del catal√°n.

As√*, por ejemplo, en el Art√*culo 12, que trata sobre ‚ÄúLos territorios con v√*nculos hist√≥ricos, ling√ľ√*sticos y culturales con Catalu√Īa‚ÄĚ insiste: ‚ÄúLa Generalitat debe promover la comunicaci√≥n, el intercambio cultural y la cooperaci√≥n con las comunidades y los territorios, pertenecientes o no al Estado espa√Īol, que tienen v√*nculos hist√≥ricos, ling√ľ√*sticos y culturales con Catalu√Īa. A tales efectos, la Generalitat y el Estado, seg√ļn proceda, pueden suscribir convenios, tratados y otros instrumentos de colaboraci√≥n en todos los √°mbitos, que pueden incluir la creaci√≥n de organismos comunes‚ÄĚ. Este art√*culo es antol√≥gico. Se alude a unos ‚Äúterritorios‚ÄĚ que en absoluto se enumeran, quiz√°s para evitar que los destinatarios nieguen los pretendidos ‚Äúv√*nculos hist√≥ricos‚ÄĚ. Desde la batalla de Muret, a principios del siglo XIII, la Corona de Arag√≥n renunci√≥ a sus pretensiones de expansi√≥n hacia el norte de los Pirineos. El Tratado de los Pirineos sell√≥ la vinculaci√≥n a Francia del Rosell√≥n y la Cerda√Īa. Hab√*a catalanes en los momentos m√°s tr√°gicos de la ca√*da de Constantinopla (como tambi√©n hab√*a castellanos) y se sabe de la expedici√≥n de los catalanes a Grecia y la fundaci√≥n de los ducados de Atenas y Neopatria. Tambi√©n hubo catalanes en Cuba y un barrio catal√°n en La Habana. Y en el Algher‚Ķ Se habla algo de catal√°n en la Franja de Poniente, perte