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NO AL ESTATUT ANTICATALÁN EN DIEZ ARTÍCULOS

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Tema: NO AL ESTATUT ANTICATALÁN EN DIEZ ARTÍCULOS

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    NO AL ESTATUT ANTICATALÁN EN DIEZ ARTÍCULOS

    Me pasan esta serie de art*culos de un periodista catalán contra el estatut. Se pueden sacar buenas ideas. Faltan dos entregas que adjuntaré cuando me las envien.

    __________________________________________________ ___________

    No al Estatut (I de X). El peor de todos los preámbulos posibles
    Infokrisis.- Abordamos una serie de diez art*culos sobre los motivos de nuestro NO al Estatut. Iniciamos la serie con un estudio sobre el polémico preámbulo, exceptuando la definición de Catalunya como "nación" que abordaremos en la segunda entrega. Esperamos que esta serie sea útil para todos aquellos que precisan argumentos para apoyar su opción de voto en el referéndum del 18 de junio.



    Introducción

    El Estatuto surgido del parlamento de Catalunya, aprobado, como pomposamente se dijo, por el “90% de los parlamentarios catalanes”, era un texto extremadamente malo donde no sólo ni siquiera se ten*a en cuenta los manifiestos elementos anticonstitucionales que figuraban en su articulado, sino que todo se hab*a quedado en una mera carrera para demostrar quién era “más nacionalista”, esto es, quién situaba el listón autonómico a más altura. Lo que ocurrió desde el momento en que se empezó a debatir el texto fue una enloquecida carrera centr*fuga, sin orden ni concierto ni consideración alguna para nuestra “ley de leyes”, la Constitución Española.

    El texto originario que llegó a Madrid no puede desvincularse del hecho de que hab*a sido construido por los partidos nacionalistas (CiU), e independentistas (ERC), a los que el PSC no hab*a sabido poner en su lugar. En las elecciones de 2003 Maragall no obtuvo la mayor*a. Si gobernó fue gracias a que la “llave” estaba en manos de Carod-Rovira. En el momento de firmar el Pacto del Tinell el “tripartito” estaba convencido de que el PP seguir*a otros cuatro años en el poder, tiempo en el que cualquier reforma estatutaria ser*a rechazada en el Parlamento Español y les permitir*a agudizar el proceso de “victimización” que tantos beneficios ha rendido al nacionalismo catalán. Pero las bombas del 11-M decidieron otra cosa y, a partir de entonces, y de la simetr*a electoral creada en el Parlamento de Madrid, Carod-Rovira primero y Artur Mas después, supieron extraer ventajas.

    Ahora bien, el Estatuto que llegó a Madrid era el producto de un acuerdo entre un gobierno autonómico que durante tres años ha mostrado la más absoluta incompetencia para gobernar, de cuya honestidad es l*cito dudar y que apenas ha hecho otra cosa que promover y trabajar por un Estatuto que, luego, con una conversación entre dos personas (Zapatero y Mas) quedó completamente recortado y desnaturalizado de su forma originaria. No es que el resultado de este pacto haya sido completamente diferente, pero s* que ha rebajado evidentemente su carga independentista.

    Es preciso no olvidar que el tripartito catalán, en sus tres años de gobierno, no ha hecho otra cosa que hablar y promover la reforma del Estatuto. Nada más. El gobierno tripartito puede ser calificado como el “trienio de la ineficacia y la ineptitud”. Pues bien, en este trienio la única actividad de los “ineficaces y de los ineptos” ha sido promover el nuevo Estatuto. Este Estatuto pasará a la historia como el “Estatuto de los Ineptos”.

    Ni siquiera se puede añadir al “tripartito” un t*tulo de honestidad. No, el tripartito ha sido el “gobierno del 3%”. ¿Hay que recordar que en plena crisis del Barrio de El Carmelo, el propio Maragall sacó a la superficie el tema del 3% para que, luego, tanto su partido como ICV-EUiA y ERC bloquearan la posibilidad de constituir una Comisión Parlamentaria de investigación? No, el tripartito ha sido un gobierno tan ineficaz como deshonesto. Pues bien, este gobierno es el “padre” del Estatuto.

    La ineficacia y la deshonestidad son los peores acompañamientos para un “legislador” y mucho más si lo que se pretende es promover una “ley orgánica”.

    Simplemente el hecho de que este texto estatutario hubiera sido promovido por el PSC, ERC e CiU, hubiera bastado para rechazarlo. Pero, en democracia, la sensación de que un partido es corrupto no puede tenerse en cuenta si no ha sido proclamado por un tribunal ordinario o por una comisión parlamentaria. Y, dado que la apreciación de ineptitud es subjetiva –aunque no por ello menos real–, hará falta dar algunos argumentos objetivos para apoyar el NO a este engendro legislativo.

    Estas son nuestras razones. Esperamos que sean también las de muchos ciudadanos honestos que decidan votar NO y frenar esta locura colectiva inducida por los pol*ticos nacionalistas e independentistas, junto con la pusilanimidad del PSC.

    I. Un preámbulo inextricable

    Cuando, en noviembre de 2005, el parlamento español hab*a recibido el texto estatutario y quedaba claro el carácter anticonstitucional de la inclusión del término “nación” en el articulado, el presidente del gobierno, Rodr*guez Zapatero dijo que exist*an muchas maneras de orillar este obstáculo. Una de ellas era utilizar sinónimos –se planteó el de “comunidad nacional”– y otra desplazar el término “nación” del articulado al Preámbulo. As* se hizo finalmente. Y as* es presentado a votación en el referéndum del 18 de junio.

    Llama la atención la ligereza con que el presidente del gobierno utiliza las palabras. Una nación es una nación en el preámbulo o en el articulado. Las sutilezas jur*dicas sirven para los especialistas en derecho, pero no para el grueso de la población. En un texto estatutario se trata, simplemente, de ser lo más claro posible. Esta claridad está completamente ausente en el preámbulo del Estatuto, una parte mal redactada, con una sintaxis defectuosa, absolutamente incomprensible y ante la que cualquiera puede demostrar lo que desea.

    En tanto que ciudadanos no podemos votar algo tan ambiguo y mal redactado como el preámbulo que se nos presenta. Es el primer motivo para VOTAR NO.

    Se dice, por ejemplo, “Cataluña ha ido construyéndose a lo largo del tiempo con las aportaciones de energ*as de muchas generaciones, de muchas tradiciones y culturas, que han encontrado en ella una tierra de acogida”. Har*a falta enumerar cuáles eran esas “tradiciones” y “culturas” o, de lo contrario, todos podemos llamarnos a engaño. Tradiciones y culturas tienen nombres y apellidos, no se ve exactamente por qué eludirlas, salvo que se pretenda ignorar que más de la mitad de los habitantes de Catalunya proceden del resto de regiones del Estado. Además, la ambigüedad de este texto se ampl*a si tenemos en cuenta que en la actualidad residen en Catalunya algo más de un millón de inmigrantes extranjeros, especialmente marroqu*es y ecuatorianos. ¿Se intenta equiparar a los inmigrantes españoles que llegaron a Catalunya y que se han asimilado perfectamente, con los inmigrantes llegados en los últimos siete años sin la más m*nima intención de integrarse?.

    Luego el texto realiza una particular interpretación de la Historia, o mejor dicho, la habitual falsificación nacionalista de la Historia, cuando dice: “El pueblo de Cataluña ha mantenido a lo largo de los siglos una vocación constante de autogobierno, encarnada en instituciones propias como la Generalitat —que fue creada en 1359 en las Cortes de Cervera— y en un ordenamiento jur*dico espec*fico recogido, entre otras recopilaciones de normas, en las «Constitucions i altres drets de Catalunya»”. No, resulta muy peligroso utilizar nociones y conceptos del siglo XIV con el significado del siglo XXI. En la Edad Media jamás se utilizó noción alguna de “autogobierno”. Los Condados catalanes, que no Catalunya, estaban integrados en la Corona de Aragón, que no era en modo alguno una “federación” (tal como sostiene el nacionalismo), sino un ente formado por los Condados catalanes, el Reino de Aragón, el Reino de Valencia y el Reino de Mallorca. Las relaciones “feudales” con las que se articulaban todas estas piezas no ten*an nada que ver con “federalismo” alguno. Es inadmisible que en el texto estatutario, aunque sea en el preámbulo, se contribuya a satisfacer las necesidades de falsificación histórica de los partidos nacionalistas e independentistas.

    A esto sigue una frase inextricable, ambigua y mal redactada a efectos de incluir el concepto de “libertad colectiva”. Véase el aborto: “La libertad colectiva de Catalunya encuentra en las instituciones de la Generalitat el nexo con una historia de afirmación y respeto de los derechos fundamentales y de las libertades públicas de la persona y de los pueblos; historia que los hombres y mujeres de Catalunya quieren proseguir con el fin de hacer posible la construcción de una sociedad democrática y avanzada, de bienestar y progreso, solidaria con el conjunto de España e incardinada en Europa”. El “legislador” ha querido satisfacer a nacionalistas, independentistas y al propio partido del gobierno. Pero una ley orgánica no puede incluir términos tan ambiguos y mal definidos como “sociedad democrática avanzada”, “libertad y progreso”, o el mismo de “libertad colectiva”. En párrafos siguientes se sigue repitiendo esta inclusión de términos vagos y con carga ideológica diferente según sea quien los utilice: “El pueblo catalán sigue proclamando hoy como valores superiores de su vida colectiva la libertad, la justicia y la igualdad, y manifiesta su voluntad de avanzar por una v*a de progreso que asegure una calidad de vida digna para todos los que viven y trabajan en Cataluña”.

    Es preciso, además, desmantelar la idea tópica arrastrada desde los inicios de la transición, según la cual “es catalán todo aquel que vive y trabaja en Catalunya”. No, por esta regla de tres, un marroqu* recién llegado a Catalunya puede ser considerado “catalán” con tanto derecho como alguien con los cuatro apellidos catalanes, que durante siglos ha contribuido con su esfuerzo y sus impuestos a construir Catalunya. No, si hay que definir a “los catalanes” de una manera objetiva y razonable, bastará decir que “catalán es todo aquel ciudadano español que vive y trabaja en Catalunya”. Ni un magreb*, ni un subsahariano, ni un andino, aspiran a ser considerados catalanes, ni lo son por el mero hecho de residir en territorio catalán. Marruecos, Ecuador, Ghana, no han compartido ningún episodio histórico, ni antiguo ni reciente, como para que haya nexos que permitan aplicar “graciosamente” la “nacionalidad catalana” a sus ciudadanos residentes en Catalunya. En cambio, esos nexos y la pertenencia a una Nación y a un Estado, son comunes cuando se habla de ciudadanos procedentes de otras regiones y nacionalidades españolas.

    Hay algo más que llama la atención en este ominoso preámbulo y que, luego, a lo largo del texto, volverá a emerger en varias ocasiones. Se trata de la irreprimible tendencia a meterse en lo que habitualmente se llama “camisa de once varas”. ¿De qué otra manera hay que entender frases como la que sigue? “Cataluña, desde su tradición humanista, afirma su compromiso con todos los pueblos para construir un orden mundial pac*fico y justo”. ¿Su “tradición humanista”? La de Llull, por ejemplo, era justo todo lo contrario. La del “rector de Vallfogona lo era tanto como cualquier literato de su tiempo. Y en cuanto a la de Jaime Balmes, ser*a mucho más oportuno aludir a la “tradición católica española” más que a cualquier otra. ¿La de mossen Collell? ¿ La de Verdaguer? ¿A quién se refieren y de qué se refiere el texto? Siempre nos quedará la duda hasta que el programa de estudios de un futuro gobierno nacionalista nos lo aclare por v*a de la falsificación histórica.

    Y lo peor del preámbulo es cuando se intenta reconciliar a los opuestos. La ambigüedad llega a extremos exasperantes: “El autogobierno de Cataluña se fundamenta en la Constitución, as* como en los derechos históricos del pueblo catalán que, en el marco de aquélla, dan origen en este Estatuto al reconocimiento de una posición singular de la Generalitat. Cataluña quiere desarrollar su personalidad pol*tica en el marco de un Estado que reconoce y respeta la diversidad de identidades de los pueblos de España”. Si se habla de la Constitución española, inevitablemente hay que equilibrar aludiendo a los “derechos históricos” (que nadie se preocupa de definir, enumerar y describir). Si se alude al “Estado Español”, inmediatamente es preciso tranquilizar a los nacionalistas realizando una precisión que les resulte cara y reconocer sus “diversas identidades”. Antes muerto que claro…

    Pero peor es cuando de la ambigüedad se pasa a la mentira pura y simple: “Cataluña es una comunidad de personas libres para personas libres donde cada uno puede vivir y expresar identidades diversas, con un decidido compromiso comunitario basado en el respeto a la dignidad de todas y cada una de las personas”. No, más adelante cuando veamos cómo trata el texto estatutario las ideas consideradas como “no progresistas”, entre las que se encuentran las propias ideas católicas, o simplemente, el absolutismo idiomático de la Generalitat, veremos que esta declaración es, pura y simplemente, falsa. Lo realmente triste es que el pueblo catalán es particularmente solidario e integrador, pero no as* la clase pol*tica nacionalista. Y es ella la que ha redactado el Estatuto.

    As* pues, cuando se dice en el mismo preámbulo: “La aportación de todos los ciudadanos y ciudadanas ha configurado una sociedad integradora, con el esfuerzo como valor y con capacidad innovadora y emprendedora, valores que siguen impulsando su progreso”, la clase pol*tica nacionalista está mintiendo. No sólo porque no tiene ningún interés integrador, sino porque aspira solamente a la asimilación de cualquier diferencia cultural a su propio concepto de Catalunya, sino porque además, lo que en un tiempo fue cierto, hoy ya no lo es. Veamos: aludir en el siglo XXI a la “capacidad innovadora y emprendedora de Catalunya” es aludir al pasado. Hoy, esa capacidad es la misma en cualquier lugar de España. Los tiempos en los que Catalunya era la única parte del Estado industrializada y donde, frente al caos decimonónico que reinaba en Madrid, Barcelona era “faro y gu*a” del desarrollo español, papel al que aspiraba la burgues*a catalana en la dirección de España, ya ha pasado. Hoy Barcelona es una ciudad en declive, cuyo consistorio se mira eternamente el ombligo frente a la pujanza mediterránea de Valencia o frente a Madrid. La “seriedad”, que antes era una cualidad considerada como espec*ficamente catalana, hoy no lo es tanto. Han bastado tres años del chusco gobierno de Pascual Maragall para que el mito del “seny” catalán saltara hecho pedazos. La idea expresada en el preámbulo del Estatuto ha sido sistemáticamente repetida desde que los regionalistas del siglo XIX la formularon por primera vez. Pero la “europeización” de España por un lado, su industrialización y, finalmente, el lastre que para Catalunya ha supuesto la hegemon*a pol*tica del nacionalismo desde 1979, han alterado el escenario. Cualquier otra región española tiene hoy “capacidad innovadora y emprendedora”.

    Y por lo demás, ¿a qué viene aludir otra vez a una “sociedad integradora”? A la vista de los últimos veinticinco años de pol*tica lingü*stica más habr*a que hablar de pol*tica “asimilacionista”. Y si nos referimos a los últimos sesenta años, veremos que la burgues*a catalana creó verdaderos guetos para la inmigración llegada de otras regiones. Ciudades dormitorio, inhóspitas, sin infraestructuras, apenas sin comunicaciones, sin mantenimiento, fueron el lugar destinado para las migraciones interiores. ¿A quién ha logrado “integrar” la Generalitat? La trampa está en que se alude a la “sociedad”, intentando equiparar la “Generalitat de Catalunya” con la “sociedad catalana”, la “Catalunya oficial” con la “Catalunya real”. Este desfase se percib*a ya en el ventenio “pujolista”, pero ha quedado en evidencia en el trienio “maragallano”. La Generalitat, a través de un control y una tutela absoluta sobre los medios de comunicación catalana, ha conseguido dar la sensación de que no existe una brecha entre instituciones y población. Pero esa brecha existe, ayer, cuando la corrupción se apoderó de la Catalunya pujolista, sin duda el área del Estado en donde las corruptelas estaban más extendidas y más cubiertas por los medios, y existe hoy, cuando un gobierno fantoche ha empleado tres años en elaborar un mal Estatuto eludiendo su responsabilidad de gobernar d*a a d*a.

    La obsesión lingü*stica tiene su parte en el preámbulo del Estatuto. Se dice: “La tradición c*vica y asociativa de Cataluña ha subrayado siempre la importancia de la lengua y la cultura catalanas, de los derechos y de los deberes, del saber, de la formación, de la cohesión social, del desarrollo sostenible y de la igualdad de derechos, hoy, en especial, de la igualdad entre mujeres y hombres”. Es evidente que la tendencia a la igualdad entre hombres y mujeres, la cohesión social, el desarrollo sostenible y demás, no son “rasgos diferenciales” ni con el resto de regiones y nacionalidades españolas, ni con el resto de pa*ses europeos. Están presentes en todas partes y con la misma fuerza. ¿Para qué mencionarlo? Simplemente para acompañar al elemento emotivo y sentimental de la “lengua catalana” que, tradicionalmente, el nacionalismo considera como el único y verdadero rasgo diferencial a falta de otras diferencias marcadas de tipo étnico, cultural o antropológico. Más adelante volverá a salir la omnipresente cuestión lingü*stica.

    Queda todav*a algo que merece ser tratado al margen del Preámbulo, dada su importancia. La definición de Catalunya como “nación”.

    No al Estatut (II de X). La cuestión nacional.
    Infokrisis.- En esta segunda entrega aludimos al punto capital del Estatut, la inclusión del término "nación". Con esta inclusión concluye un largo proceso de confusiones y despropósitos que ha llevado desde la idea de "nacionalidad" a la de "nación", gracias a las circunstancias pol*ticas del momento presente. Además, es a partir de este texto en donde empieza a entenderse el verdadero problema de este texto: su ambigüedad y falta de concreción.




    II. Las naciones no se crean ni desaparecen en virtud de una votación

    Una misma realidad no puede ser, a la vez, dos cosas completamente diferentes. Catalunya no puede ser a la vez “nación” y “nacionalidad”, de la misma forma que España no puede ser “nación” compuesta por “naciones”. Si Catalunya es Estado y España también lo es, el Estado Español está diferenciado del Estado Catalán.

    Además, se añade otro término para que la confusión provocada por el Estatuto sea completa: la Unión Europea. Dice el texto estatutario: “Cataluña, a través del Estado, participa en la construcción del proyecto pol*tico de la Unión Europea, cuyos valores y objetivos comparte”. Llama la atención ese interés estatutario en vincularse de alguna manera con la UE. Además, el texto miente. No hay que olvidar que estamos todav*a en el preámbulo, más adelante veremos que “Cataluña” no solamente participa en la UE “a través del Estado”, sino que exige tener representantes propios en las negociaciones con la UE. Pero ésta es otra historia que veremos más adelante.

    En el último párrafo del “maravilloso” preámbulo elaborado por el inextricable legislador se dice textualmente: “El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadan*a de Cataluña, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación”. Tal era la magna aspiración de los diputados de ERC y de CiU, con la pusilanimidad y la apat*a de los diputados del PSC. Desde nuestro punto de vista, es completamente irrelevante que la referencia a la “nación catalana” vaya incluida en el preámbulo o en el articulado. El término ya se ha deslizado y con él la confusión.

    Porque todo este embrollo tiene mucho que ver con las confusiones derivadas del “esp*ritu de la transición”. En efecto, al considerar a España como “nación compuesta por nacionalidades y regiones”, se deslizaba el término “nacionalidad”, sin la consiguiente definición. Ha faltado que llegara a la Moncloa un ignorante absoluto en materia pol*tica (o bien un c*nico redomado) para que la confusión entre “nación” y “nacionalidad” fuera explotada hábilmente por nacionalistas e independentistas. Tiene razón el preámbulo del Estatuto cuando dice que: “La Constitución Española, en su art*culo segundo, reconoce la realidad nacional de Cataluña como nacionalidad”. Pues bien, “realidad nacional” es una cosa, “nación” es otra y “nacionalidad” otra distinta.

    Quizás no sea éste el lugar más oportuno para aludir a las diferencias, pero vale la pena recordarlas m*nimamente para poder establecer dónde reside la gran falacia de este aborto estatutario.

    Una “nación” es una unidad histórica provista de una “misión” y un “destino”. La definición es de Ortega y Gasset, pero se acepta unánimemente. España no puede ser ignorada como “nación” en tanto que todos los pueblos peninsulares han sido contemplados como una unidad desde el exterior y se han comportado en la mayor parte de su Historia como un mecanismo pol*tico único. Roma llamó a este rincón del Mediterráneo ”Hispaniae” y, solo a efectos administrativos, la dividió en dos (Citerior y Ulterior) y luego en tres (Bética, Lusitana y Tarraconense). Más tarde los visigodos instauraron aqu* su reino y, finalmente, liquidaron el reino suevo de Galicia, acto que evidenciaba el concepto unitario. Después se formaron los reinos de la Reconquista, contemplando todos y sin excepción la posibilidad de reconstruir la unidad del reino visigodo. El propio Carlomagno llamó a la marca del sur, “marca Hispánica”. Posteriormente, la convergencia dinástica facilitó la consolidación de una “nación” que, poco a poco, terminó siendo unitaria. España no precisa demostrar que es una “nación”.

    A lo largo de la Historia de todas las naciones, la idea de “misión” y “destino” ha estado muy presente o bien se ha diluido. Ha estado presente en la medida en que han existido patriotas y hombres de Estado, capaces de redefinirlo. Hoy esta raza de pol*ticos está ausente.

    La “nacionalidad” es otra cosa. Es, sobre todo, una unidad geográfica y cultural con relativa homogeneidad que forma parte de una entidad pol*tica mayor. Desde la más remota antigüedad, los “imperios” han estado formados por “nacionalidades”. Catalunya tiene especificidades suficientes como para ser consideradas una “nacionalidad”, pero en absoluto una “nación”. La lengua (dejando aparte las distintas variedades dialectales), la cultura (dejando aparte que la Cataluña actual es un agregado de distintas identidades), cierta unidad étnica y antropológica, mucho más que la historia (muy diversa, por otra parte…, por ejemplo, “Catalunya” no apoyó unánimemente al archiduque austriaco en la Guerra de Sucesión, ni toda Catalunya se opuso a los borbones en el mismo conflicto) y el continuum geográfico definen a Catalunya como “nacionalidad”. Lo mismo podr*a aplicarse a Galicia y otro tanto al Pa*s Vasco. Pero es rigurosamente falso que se trate de “naciones” en el sentido moderno de la palabra.

    La Historia es importante para definir la diferencia entre “naciones” y “nacionalidades”. El mundo antiguo conoció “nacionalidades” e “imperios”. Los imperios estaban formados por nacionalidades a partir de un pueblo que se impon*a por su potencia militar y su superior cultura y modelo de civilización. El concepto de nación, por el contrario, es relativamente reciente. Aparece con las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII, como cristalización última de un proceso que se hab*a iniciado en los últimos siglos de la Edad Media, cuando se destruye el ecumene medieval. A decir verdad, el gran problema del nacionalismo y del independentismo es demostrar que Cataluña en alguna ocasión haya sido “nación”. No lo ha sido más que en los cerebros calenturientos de los nacionalistas e independentistas actuales. Sus precedentes, los fundadores del regionalismo romántico catalán alud*an solo a “nacionalidad” (el t*tulo de la obra de Prat de la Riba es significativo al respecto: “La nacionalidad catalana”).

    Cataluña nunca ha sido nación y no lo será por decisión de unos tristes parlamentarios procedentes de una legislatura que ha defraudado en gran medida al electorado catalán, ni por el resultado de un referéndum. Hay algo que define a las naciones reales y es la continuidad generacional. España sigue existiendo porque sigue habiendo hombres y mujeres que creen en su destino nacional. La continuidad generacional es la persistencia tácita de la idea de nación a lo largo de las generaciones. Una votación o un referéndum pueden tener consecuencias pol*ticas, pero no desde luego históricas. Indica solamente la cristalización de una determinada coyuntura pol*tica, nada más. Para que exista una nación es preciso algo más. La clase pol*tica catalana, aquejada de un irreprimible complejo de tiranismo, se ha cre*do capaz de “crear naciones” mediante un mero debate parlamentario, argumentando que representan al “90% de los parlamentarios catalanes”. Si, pero en un momento concreto. Ni antes ha existido una voluntad de considerar a Cataluña como “nación”, ni probablemente mañana tampoco se dará esa misma circunstancia. Ni siquiera, si no hubiera estado presente un pol*tico irresponsable, carente de idea del Estado y de cualquier cosa digna de llamarse patriotismo, como Zapatero, esa idea hubiera logrado ser llevada a referéndum.

    El Estatuto pretende variar la continuidad generacional necesaria para definir el término nación, por un providencialismo inmediatista del que se han aureolado los diputados que lo han aprobado. Por eso lo rechazamos.

    Pero lo más sorprendente es que en el Art*culo 1 del Estatuto se dice: “Cataluña, como nacionalidad, ejerce su autogobierno constituida en Comunidad Autónoma de acuerdo con la Constitución y con el presente Estatuto, que es su norma institucional básica”. Lo que era nación en el preámbulo, ahora, por arte de las conveniencias parlamentarias y del equilibrio de la confusión, se convierte nuevamente en nacionalidad. La clase pol*tica catalana del 3% ha pretendido hacer de Cataluña una “nación” y también una “nacionalidad” y de seguir los consejos de Prat de la Riba en su libro antes citado, seguramente también un “imperio”, pues no en vano uno de los cap*tulos de esta obrita se titula significativamente “El imperialismo catalán”.

    Estas consideraciones son las que permiten a los “legisladores” poner “patas arriba” todo lo que ha sido Catalunya hasta este momento. Se trata, simplemente, de dar marcha atrás a la rueda de la historia y restablecer las instituciones que hab*an existido antes. Sustituir las provincias por “veguer*as”, especialmente, creando un sistema administrativo excepcionalmente denso y tupido en el que la intención inicial con la que se aprobaron los estatutos de autonom*a en la transición (la descentralización del Estado y la disminución de la burocracia) dé nacimiento a un fenómeno completamente nuevo presente en este Estatuto desde el Art*culo 2.2.: la creación de una burocracia catalana omnipresente y la burocratización de la vida catalana, tal como veremos más adelante. Se dice: “Los municipios, las veguer*as, las comarcas y los demás entes locales que las leyes determinen, también integran el sistema institucional de la Generalitat, como entes en los que ésta se organiza territorialmente, sin perjuicio de su autonom*a". “Municipios”, “veguer*as”, “comarcas” e incluso “demás entes locales”… generan unos mecanismos tan complejos de decisión que constrastan con la realidad de Cataluña cuya primera caracter*stica es el desequilibrio territorial entre un “Área Metropolitana” de Barcelona en la que se agrupan dos terceras partes de la población catalana, y el resto de comarcas catalanas, algunas de las cuales particularmente deprimidas. El Estatuto no reconoce esta realidad, sino que la traviste en una innecesaria multiplicación de niveles administrativos y burocráticos capaces de absorber todo el clientelismo derivado de la clase pol*tica nacionalista y socialista.

    En el Art*culo 3 se vuelve a aludir a la pol*tica de equilibrios en la que se mueve el nacionalismo, el independentismo y el socialismo pusilánime catalán. Se trata de establecer distancias que permitan aparecer a Cataluña como “realidad nacional” (término vago que no se sabrá jamás si se refiere a “nación” o “nacionalidad”. Se dice, por ejemplo en el parágrafo 2 de dicho art*culo: “Cataluña tiene en el Estado español y en la Unión Europea su espacio pol*tico y geográfico de referencia e incorpora los valores, los principios y las obligaciones que derivan del hecho de formar parte de los mismos”. Si se aludiera solamente al “Estado español” quedar*a muy clara la vinculación de la Generalitat con “España”, pero si se introduce la innecesaria referencia a la Unión Europea, esta vinculación queda diluida. Y decimos innecesaria porque es evidente que, con mención o sin ella, Cataluña está vinculada a través de España a la UE. Dicho sea de paso: es significativo que se escriba con minúsculas “Estado español” pero con mayúsculas “Unión Europea”. Hasta en los pequeños detalles este estatuto evidencia la mezquindad y estupidez de quienes lo han redactado.

    Asimismo, parece incre*ble que el parágrafo 1 de dicho Art*culo 3 haya sido aprobado por los diputados de partidos “estatales” como el socialista en el parlamento español. Se dice en este art*culo: “Las relaciones de la Generalitat con el Estado se fundamentan en el principio de la lealtad institucional mutua y se rigen por el principio general según el cual la Generalitat es Estado, por el principio de autonom*a, por el de bilateralidad y también por el de multilateralidad”. Depende de quien lea esto y de la voluntad con la que se lea, este art*culo puede aludir al mismo Estado o a dos Estados diferentes. ¿Qué se quiere decir con la expresión “la Generalitat es Estado”? ¿No hubiera sido mucho más claro explicar que la Generalitat es un organismo incluido en el Estado Español? ¿O era precisamente esa idea la que se intentaba esquivar? ¿Y qué se quiere decir afirmando que las relaciones entre la Generalitat y el Estado se “fundamentan en el principio de la lealtad institucional mutua”? Lo que se está queriendo decir es que entre la Generalitat y el Estado existe una igualdad intr*nseca, en lugar de un principio de jerarqu*a: el Estado es el “todo” y la Generalitat una “parte”. Las partes son siempre inferiores al todo.

    Por otra parte, y ya que estamos en esto, ¿qué “lealtad” puede ofrecer una Generalitat que hace de la colocación de una bandera “estatal” en el Castillo de Montjuich una cuestión de principios? ¿De qué lealtad puede hablar un Carod-Rovira que se ha declarado independentista o un nacionalismo cuya lealtad solamente queda asegurada por la contrapartida económica en la que se tasa? ¿De qué lealtad puede hablar una Generalitat que intenta erradicar completamente las tradiciones “españolas” del ámbito catalán? ¿O que afirma con una seriedad pasmosa la “co-oficialidad” del catalán, entendiendo que es la única lengua oficial en Cataluña y que es en el resto del Estado en donde el catalán debe ser cooficial? El recurso a la patraña de la “lealtad” viene obligada para dar una salida honorable a los diputados socialistas que, después de meses y meses de abominar del Estatuto, a la hora de la verdad, votaron SI en el parlamento español.

    Por todo ello VOTAR NO, no es solamente una obligación pol*tica, sino una alta tarea moral.

    No al Estatut (III de X). ¿Estatuto o constitución frustrada por las circunstancias?
    Infokrisis.- El T*tulo Preliminar del Estatuto trata sobre los "deberes", los "derechos históricos", la "lengua", la "condicion pol*tica" y los "s*mbolos", temas desarrollados de manera ambigua en ocasiones ("derechos históricos") y en otras de forma extremadamente detallista ("s*mbolos"). En estos art*culos se percibe la asimetr*a del Estatuto (lo que interesa al nacionalismo se resalta y lo que no, se elude), as* como las peligrosas ambigüedades conceptuales que encierra.





    Una fotocopia reducida de la Constitución

    A los art*fices del Estatuto les ha parecido conveniente elaborar un texto en el que se reitere lo que ya ha quedado expuesto en la Constitución. As* demuestran su vocación, frustrada por las circunstancias, de haber aspirado a redactar la Constitución que corresponde a una “nación”, tal como la definida en el preámbulo. A toda Nación corresponde un Estado, y a todo Estado una Constitución. El Estatuto, por tanto, no es tal, sino una Constitución frustrada. Los defensores del Estatuto dirán que esta intención es falsa. No hace falta discutir este punto: basta con leer el articulado –algo que no suele hacerse ante ningún referéndum – para darse cuenta de su intención constitucional.

    Que esta intención no haya podido concretarse se debe, no a la intención de sus promotores (para ERC se trataba de confeccionar un Estatuto previo a la independencia catalana y para el PSC se trataba de elaborar un texto que, en el fondo, ser*a una miniconstitución en un marco de “federalismo asimétrico”, ya descrito por Maragall, y que Zapatero enseñó a sus alumnos en su breve tránsito como profesor de derecho constitucional), sino a que los sondeos, absolutamente desfavorables para ZP en el mes de enero, le convencieron de la necesidad de romper amarras con ERC y forzar la ruptura del tripartito y, con ello, la necesidad de limar el Estatuto de sus aspectos más descaradamente anticonstitucionales.

    Derechos irrealizables y reiterados

    Los “derechos” de los ciudadanos de Catalunya ya están impl*citos en la Constitución española. No hace falta reiterarlos, porque la Generalitat no es el “Estado” encargado de velar por ellos, sino un mero mecanismo de descentralización administrativa. Por lo tanto, resulta absolutamente fuera de lugar lo reflejado en el Art*culo 4, parágrafo 1, donde se dice: “Los poderes públicos de Cataluña deben promover el pleno ejercicio de las libertades y los derechos que reconocen el presente Estatuto, la Constitución, la Unión Europea, la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y los demás tratados y convenios internacionales suscritos por España que reconocen y garantizan los derechos y las libertades fundamentales”. Si ésta es la función de la Generalitat de Catalunya, entonces ¿cuál es la función del Estado?.

    En realidad, lo que los independentistas y nacionalistas han pretendido realizar, con la aquiescencia y sumisión bovina del PSC es, no solamente un vaciado de competencias del Estado, sino también y sobre todo, una suplantación de las funciones del Estado en el territorio de Catalunya.

    En los dos parágrafos siguientes esta tendencia queda todav*a más resaltada, incorporando la retórica habitual de todas las constituciones. Decimos retórica en sentido absolutamente despreciativo, en la medida en que siempre, inevitablemente, quedan como letra muerta bonitas declaraciones de principios a t*tulo de inventario que nadie tiene la más m*nima intención de cristalizar en medidas concretas. Cuando se dice que todos los españoles tienen derecho a la vivienda, no quiere decir que el Estado tenga la más m*nima intención de hacer real tal derecho; ni siquiera que tiene intención de atajar la especulación inmobiliaria que, en realidad, es el factor que impide la materialización de ese derecho, especialmente entre los jóvenes y las clases desfavorecidas. Estos excesos retóricos, absolutamente tópicos y, si se nos apura, altamente desagradables, están presentes en la Constitución Española y también en el nuevo Estatuto. Se dice, por ejemplo: “Los poderes públicos de Cataluña deben promover las condiciones para que la libertad y la igualdad de los individuos y de los grupos sean reales y efectivas; deben facilitar la participación de todas las personas en la vida pol*tica, económica, cultural y social, y deben reconocer el derecho de los pueblos a conservar y desarrollar su identidad”, y más adelante: “Los poderes públicos de Cataluña deben promover los valores de la libertad, la democracia, la igualdad, el pluralismo, la paz, la justicia, la solidaridad, la cohesión social, la equidad de género y el desarrollo sostenible”. Tales colecciones de tópicos, a fuerza de ser repetidos invariablemente, no deben impedir recordar que ni una sola Constitución. de pa*s alguno, ha hecho nada por llevar a la práctica esos derechos. Ya va siendo hora de ir recordando que una Ley Fundamental debe ser clara y aplicativa, no un conjunto de tópicos irrealizables. Dejando aparte, naturalmente, que la reiteración de promesas de derechos en la Constitución y en el Estatuto no garantiza la aplicación práctica de los mismos.

    Derechos históricos a medida de manipuladores históricos

    El Art*culo 5 del Estatuto está consagrado a los llamados “derechos históricos”. Y aqu* hay mucho que decir. Empieza el art*culo afirmando que “El autogobierno de Cataluña se fundamenta también en los derechos históricos del pueblo catalán, en sus instituciones seculares y en la tradición jur*dica catalana”. El redactado es mucho más ambiguo de lo que parece. Si se trata de “derechos históricos” hubiera sido deseable que se hubiera definido el concepto y, acto seguido, se hubieran enumerado tales derechos y su alcance actual. Es demasiado sencillo reivindicar cualquier derecho imaginable partiendo de la base de que Catalunya fue, en algún momento, independiente y, por tanto, le corresponde cualquier derecho ejercido por un Estado independiente. Y no es as*. Catalunya nunca fue una “nación” independiente.

    La referencia a las “instituciones seculares” es también muy discutible. El hecho de que existiera, desde el siglo XIV, una institución llamada “Generalitat de Catalunya” no implica que tuviera nada que ver con la actual Generalitat. La Generalitat histórica era una estructura orgánica, corporativa y estamental que no ten*a nada que ver con el aparato jur*dico-administrativo de un Estado-Nación o nada similar. El concepto actual de “Generalitat” es radicalmente diferente: se trata de una estructura de autogobierno basada en la democracia formal o de partidos: en la democracia inorgánica.

    El “truco” utilizado por el nacionalismo catalán ha consistido en intentar trazar un v*nculo entre el presente y el pasado. Las instituciones catalanas actuales no ser*an más que la continuación de las instituciones tradicionales. Y éstas se justifican por “tradición”. En 1977 llamó particularmente la atención que Josep Tarradellas, “president” de la Generalitat “en el exilio”, elegido en condiciones anormales y -en cualquier caso- en absoluto democráticas, regresara a Catalunya ostentando un t*tulo y un cargo vac*o y hueco. Porque la Generalitat dejó de existir, en la práctica, cuando las tropas republicanas se replegaron hacia Francia tras la rotura del Frente del Ebro. Y lo que sobrevivió de la Generalitat después de 1939 fue perdiendo, con el paso del tiempo, su soporte democrático y popular. Pero Tarradellas “exigió” ser reconocido como “president leg*timo”, para luego poder entregar poderes a Jordi Pujol, presidente de la “Generalitat reconstituida” y ya elegido democráticamente. As* quedaba salvaguardada la “tradició catalana” desde el siglo XIV hasta Pujol.

    Pero, contrariamente a la pretensión de la Generalitat, la continuidad histórica se ha roto en tantas ocasiones, y lo que ha seguido ha sido tan absolutamente distinto de lo anterior, que no podemos hablar de “continuidad” o de “legitimidad”. Sino de distintas fórmulas de “autogobierno” sin más relación unas con otras que el mismo nombre de la institución: la Generalitat. Como si las comparsas de moros y cristianos de las ciudades levantinas quisieran reivindicar una “legitimidad histórica” con los “berimerines”, los “cristianos viejos”, los “piratas” o los “almohades”. Seamos serios y defendamos las verdades históricas en lugar de los mitos pol*ticamente correctos.

    La Generalitat, como cualquier organismo de descentralización administrativa, se justifica SOLAMENTE por la eficacia de su gestión, no por sus aspiraciones “legitimistas”. Los tiempos en los que las monarqu*as se preocupaban de anclar su legitimidad histórica en la más remota antigüedad ya han pasado. Hoy, una institución del siglo XXI se legitima, solamente, por la eficacia en su gestión o, de lo contrario, se caer*a en una especie de animismo mágico: una institución surgida de la noche de los tiempos es leg*tima por “tradición”. No, eso val*a para el per*odo de las monarqu*as de derecho divino, pero no para las instituciones modernas.

    El problema del nacionalismo es que se autolegitima a través de una interpretación unilateral y teleológica de la Historia. Y eso tiene valor, solamente, si se acepta la versión falsificada de la Historia. Pero si se pone en duda, todo el edificio se hunde. El Estatuto de los nacionalistas e independentistas, el Estatuto de los apáticos del PSC, es una pieza MODERNA que no tiene nada que ver –salvo en nombre de Generalitat- con la tradición catalana.

    ¿Derechos históricos ? No, por favor. La Historia es algo dinámico: los derechos de ayer son diferentes hoy. Quienes los encarnaron en otro tiempo no son los mismos que quienes los asumirán mañana. No existen derechos históricos fijos e inamovibles salvo para el dogmatismo nacionalista.

    Cuando Catalunya se mira permanentemente el ombligo

    Catalunya es una región situada en la Nación española situada en el noreste de la Pen*nsula Ibérica, o bien es una “nacionalidad” del Estado Español. Catalunya es, para los catalanes, tan importante como Extremadura lo pueda ser para los extremeños o Pomerania para los pomeranios. Catalunya no es un ente excepcional acreedor de privilegios históricos excepcionales, a los que cualquier otra nacionalidad o región podr*a aspirar retorciendo la Historia en beneficio propio. A fuerza de considerarse como algo excepcional y radicalmente diferente a cualquier otra parte de la galaxia, el nacionalismo catalán ha terminado por hacer caer a Catalunya en un provincianismo exasperante, progresivamente más empobrecido. En el d*a de hoy, cuando escribimos estas l*neas, la prensa publica que la compañ*a de vuelos “Iberia” estudia seriamente cancelar los 32 vuelos diarios que despegan de aeropuertos catalanes, ante su creciente inviabilidad económica. Sabemos también que la Feria de Muestras de Barcelona ha sido barrida por la Feria de Muestras de Madrid y que el puerto de Barcelona ha sido derrotado en la competencia comercial por el de Valencia. Sabemos, as* mismo, que las universidades catalanas se están despoblando de estudiantes extranjeros a causa de las trabas lingü*sticas impuestas por la Conselleria de Educación. Y mientras Cataluña sigue perdiendo posiciones dentro de España, el nacionalismo y el independentismo siguen presos de su esquema decimonónico, afirmando que Catalunya es la “parte seria de España”… Pues bien, éste Estatuto es precisamente el instrumento para que Catalunya siga mirándose el ombligo y manteniendo imparable su proceso de provincianización.

    El último parágrafo del Art*culo 5 es un nuevo canto a esa ambigüedad a la que hemos aludido desde el principio: “…el presente Estatuto incorpora y actualiza al amparo del art*culo 2, la disposición transitoria segunda y otros preceptos de la Constitución, de los que deriva el reconocimiento de una posición singular de la Generalitat en relación con el derecho civil, la lengua, la cultura, la proyección de éstas en el ámbito educativo, y el sistema institucional en que se organiza la Generalitat”. Esta exaltación de lo que separa es una constante en el nacionalismo. Se exalta la lengua catalana, no como expresión tradicional del sustrato catalán originario, sino como “rasgo diferencial”. Se exalta lo poco que queda de derecho civil catalán, no por el interés que nadie tenga en él, sino en tanto que nuevo y tenue “rasgo diferencial”. Y en cuanto a la “cultura catalana”: si abandonamos la retórica que acompaña a todo nacionalismo, literalmente, no sabremos como definirla ni como se diferencia de la que está al otro lado del Ebro o de la Franja de Poniente… La cantidad de productos culturales que se consume en las cuatro provincias catalanas es tan similar a la que se consume en el resto de Europa o de Occidente, que desnaturaliza completamente el carácter que un d*a pudo tener la “cultura catalana”.

    En la Catalunya de Maragall ha triunfado “El Código Da Vinci”. La pel*cula más vista en el 2005 ha sido la misma que en Madrid. Se han visto las mismas series de televisión y se ha bailado a los mismos ritmos. La gente se ha intoxicado con las mismas drogas y con los mismos estupefacientes pseudoculturales. Los mismos talk-shows, idénticos reality-shows han encontrado en Catalunya su tierra de promisión como en el resto del Estado y, por lo demás, el hecho de que el Barça haya ganado la liga no implica que su juego sea radicalmente diferente a cualquier otro equipo l*der de cualquier liga. Porque el Barça es solamente un club y apenas nada más que un club. Si en otro tiempo fue algo más, de eso ya no queda hoy más que el recuerdo. En cuando a los castellers, las sardanas, las grallas y las cantadas de habaneras, son muy tenues muestras de cultura popular que apenas sobreviven a golpes de subvención en la UVI de las culturas en v*as de extinción. Si eso es la “cultura catalana” es bien poca cosa, y si tenemos en cuenta que la “Cultura Catalana” con mayúsculas es, en buena medida, tributaria del antiguo Reino de Valencia, veremos que para situar el término “cultura catalana” en un texto jur*dico –en el fondo ZP ha querido que sea una Ley Orgánica y como tal la consideramos– hubiera hecho falta entrar en un amplio debate que no se hizo durante la transición y que el nacionalismo y el independentismo han evitado trocándolo por jugosas subvenciones. Si los conceptos están mal definidos no sirven como elementos introducibles en normas jur*dicas.

    El nacionalismo y el independentismo han dado por sentado que existe una “cultura catalana”, aun cuando no han establecido ni sus fronteras, ni sus l*mites, ni sus pautas. Si existiera una edición en catalán del Play-Boy ¿se la podr*a considerar como “cultura catalana”? ¿Es solamente cultura catalana aquella que se realiza en catalán y que subvenciona la Generalitat? Los castellers que, en los últimos tiempos, suelen colocar anxenetas musulmanas o sudamericanas, ¿son manifestaciones culturales catalanas? ¿Subsistir*an si se les dejara de subvencionar? ¿Puede considerarse “cultura popular” una cultura subvencionada? Dicho lo cual, la última frase del parágrafo resulta absolutamente terror*fica, cuando el texto “amenaza” con proyectar todas estas especificidades en el “ámbito educativo”. Se parte de una visión unilateral de Catalunya, de una visión hemipléjica de la realidad cultural catalana, para subvencionar primero a los “amigos”, y luego absolutizar mediante el sistema educativo los valores de esa cultura subvencionada.

    Un Estatuto que promueve tales ambigüedades y que corre el riesgo de acentuar un triple “desenganche” de Catalunya (“desenganche” con la realidad del siglo XXI, “desenganche” con el resto del Estado y “desenganche” con todo lo que en la propia Catalunya se ve libre de nacionalismo e independentismo) no puede ser defendido más que como el escenario más favorable para la perpetuación de los errores que han ido provincianizando a Catalunya en los últimos treinta años. Por todo ello, VOTAR NO es una alta responsabilidad para todos los catalanes conscientes de la naturaleza perversa y decadente de este triple proceso de “desenganche”.

    No al Estatuto (IV de X). Ni co-oficialidad, ni coexistencia lingü*stica.
    Infokrisis.- El catalán es el único puntal sólido sobre el que se apoya el "hecho diferencial catalán". Esto se sab*a desde los tiempos de Prat de la Riba y del vizconde de Güell. De no existir la lengua catalana, el nacionalismo carecer*a de su principio de razón suficiente. No es raro, pues, que, a un estatuto nacionalista corresponda una defensa cerrada de la lengua catalana y, consiguientemente, un intento de erradicación del castellano, de todas las áreas de la administración.





    En media docena de art*culos se hace referencia al catalán en un contexto proteccionista extremado y exasperado. Las alusiones al catalán son, para los que nos expresamos normalmente en catalán pero carecemos de “impulso” nacionalista, a todas luces exageradas. Empieza la retah*la de alusiones al catalán en el Art*culo 6, titulado “La lengua propia y las lenguas oficiales”, en el que puede leerse, en su parágrafo 1: “La lengua propia de Cataluña es el catalán. Como tal, el catalán es la lengua de uso normal y preferente de las administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos de Cataluña, y es también la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza”. Y aqu* habr*a que matizar, porque la “lengua propia de Cataluña es el catalán”… salvando el hecho de que desde el siglo XIX se ha producido una llegada masiva de españoles, procedentes de otras regiones del Estado, para integrarse en la naciente industria catalana; y esto ha dado lugar a que, sobre el suelo de Catalunya, coexistan dos identidades culturales que se expresan a través de dos lenguas vehiculares: el catalán y el castellano.
    El punto central del nacionalismo es negar el hecho evidente de que sobre el territorio catalán coexisten dos identidades y no una sola. De ah* la dificultad y el riesgo de llamar a Catalunya “nacionalidad” (lo cual es aceptable) o “nación” (lo que resulta irreal, ficticio y falso). Se tiene tendencia a pensar que una “nación” es algo homogéneo y que a toda “nación” corresponde una “identidad”. Pero no es as*: basta mirar la realidad sociológica catalana, después de 25 años de Estatuto de Autonom*a para advertir lo que ya hemos dicho: la existencia de una Catalunya provista de dos “identidades”, la catalana y la castellana, en función de la lengua utilizada.

    El Estatuto parte de la base de que es obligación de todos los “catalanes” (es decir, de todos “los que viven y trabajan en Catalunya”, aprender “su” lengua. Pero se trata de un razonamiento falso, una falacia autoritaria. Catalunya forma parte del “Estado Español” y, por supuesto, de la “Nación Española”. Por tanto, la lengua propia de todo ciudadano español residente en Catalunya es, en primer lugar, el castellano (no decimos “español” ya que, en sentido estricto, el catalán es también una lengua “española”).

    En el fondo se trata de aceptar algo que el Estatuto nacionalista niega: la existencia de una jerarqu*a institucional. Primero el Estado, y, como parte del Estado, es decir, subordinado a él, las instituciones autonómicas. Primero el Estado, luego las instituciones autonómicas. No al revés. Y este es el punto que todo el Estatuto contornea: evitar reconocer que la Generalitat es una parte de un “todo”, el Estado, y no un “todo” que compite con otro “todo”. Para el esp*ritu del Estatuto el “Estado” en Catalunya se llama “Generalitat” (primera falacia) y la “lengua de Catalunya es el catalán” (segunda falacia), lo que lleva, irremisiblemente, a la erradicación del castellano del territorio geográfico catalán.

    De hecho es cierto, como dice el Estatuto, que el catalán es “la lengua normalmente utilizada” en Catalunya, pero le queda por decir, “por los que la utilizan”, de la misma forma que puede decirse sin engañar a nadie que el castellano es la lengua normalmente utilizada en Catalunya por los que deciden expresarse en esa lengua.

    El problema es que, a partir de este momento, el Estatuto se convierte en un conjunto de imposiciones autoritarias que indican al “buen catalán” lo que debe hacer, decir y en qué idioma hacerlo. La libertad lingü*stica que implica expresarse en la lengua que se prefiera –algo que es aceptado en el d*a a d*a del pueblo catalán, pero que el Estatuto tintado con una fuerte carga ideológica nacionalista, niega- es negada en el esp*ritu del texto estatutario.

    Por eso de nada valen las especificaciones hechas en el art*culo 2, que no hacen sino aumentar las confusiones a la espera de que una nueva legislación lingü*stica, realizada por nacionalistas, independentistas y pusilánimes socialistas, consagre el esp*ritu anticastellano del Estatuto. Se dice: “El catalán es la lengua oficial de Cataluña. También lo es el castellano, que es la lengua oficial del Estado español. Todas las personas tienen derecho a utilizar las dos lenguas oficiales y los ciudadanos de Cataluña el derecho y el deber de conocerlas. Los poderes públicos de Cataluña deben establecer las medidas necesarias para facilitar el ejercicio de estos derechos y el cumplimiento de este deber. De acuerdo con lo dispuesto en el art*culo 32, no puede haber discriminación por el uso de una u otra lengua”. A tenor de lo visto en la pol*tica lingü*stica en los últimos 25 años, es evidente que este parágrafo es un falseamiento de la realidad y una mentira deliberada puesta ah* para sacar las castañas del fuego a Zapatero y evitar su hundimiento en las encuestas en el resto del Estado. Si, porque ha existido discriminación lingü*stica en Catalunya. En los medios de comunicación catalanes, incluidos los amamantados por el PSC –BTV, por ejemplo- , se insiste en que la totalidad de los invitados hablen -y los programas se realicen- en catalán. La lengua no deber*a ser, a la vista de este parágrafo, un obstáculo para el desarrollo de profesiones y, sin embargo, lo es. Se valora el nivel de catalán con la misma importancia que una carrera para puntuar en un concurso-oposición. Y as* sucesivamente.

    Puede aceptarse que a partir de 1939 el franquismo primara y priorizara la utilización del castellano, si bien es rigurosamente falso que el catalán estuviera prohibido. Desde 1941 la Caixa d’Estalvis publicaba libros en catalán (los poemas de Verdaguer, por ejemplo), hecho histórico que ha sido ocultado deliberadamente. Desde 1965 se publicaba el semanario catalán “Tele|Estel” y exist*a, desde antes, una tupida red de boletines y revistas impresas en catalán, as* como la Editorial Milla publicaba desde los años 50 libros en esta lengua. No exist*an obstáculos para la enseñanza de la lengua catalana. Nosotros mismos tuvimos, a mediados de los años 60, una clase de lengua catalana a partir del 4º de Bachillerato en el colegio de los Escolapios…

    Entonces ¿cuál era el problema? Era doble: por una parte que la enseñanza se realizaba en castellano –la lengua del Estado al que pertenec*a y pertenece Catalunya- y que la cultura catalana en la época no estaba subvencionada. Estos dos elementos son fundamentales para entender lo que se quiere decir cuando se afirma que la cultura catalana estuvo “perseguida” durante el franquismo, concepto dramático que, en realidad, se reduce a estos dos obstáculos: ni subvención, ni carácter oficial.

    Lo cierto es que recordamos como, en nuestra infancia, en el Penedés se hablaba catalán habitualmente sin ningún obstáculo ni limitación… a diferencia de ahora, cuando tras veinticinco años de catalanización por decreto-ley cada vez se oye hablar más castellano. Es aceptable que entre 1979 y 2006, la Generalitat haya cuidado particularmente el catalán, para que pudiera recuperar el terreno perdido entre 1939 y 1976… bien. Pero ¿cuándo se va a juzgar que el catalán ya ha recuperado esa cuota del mercado lingü*stico que le correspond*a y se restablezca una “normalidad” en las distintas posibilidades de cada idioma?

    Pero, aún hoy, la Generalitat sigue apoyando SOLAMENTE a la inviable industria del libro en catalán, subvencionándola indirectamente gracias a las compras masivas de libros en catalán por parte de la Xarxa de Bilioteques de la Generalitat o de la Conseller*a d’Ensenyament. Los ejemplos de esta discriminación son muchos y no vale la pena enumerarlos, están en la mente de todos. El hecho de que los programas de RTVC sean TODOS en catalán, sin que quede hueco alguno abierto a los 3.500.000 de catalanes que PREFIEREN EXPRESARSE EN CASTELLANO, es suficientemente significativo de la situación.

    El nacionalismo es una forma de irrealismo pol*tico que magnifica el “rasgo diferencial”, exaltándolo hasta más allá de cualquier l*mite razonable. En Europa hay casi 70 idiomas con un seguimiento similar al catalán. Es evidente que la UE no puede tenerlos a todos en cuenta y que hay que ceñirse a los idiomas más habituales, no solamente en Europa, sino en el mundo: francés, inglés, alemán y… español. Un idioma utilizado por 450 millones de personas, incluso en lugares claves como son los EEUU (hoy un candidato a la presidencia de los EEUU no puede ignorar el castellano si quiere salir elegido) o Brasil (que ha aceptado como “segunda lengua” el castellano de cara a facilitar y reforzar sus enlaces en Iberoamérica), no puede compararse a un muy digno, pero pequeño idioma, hablado solamente por 3.000.000 de personas y cuyo seguimiento es todav*a menor en el Antiguo Reino de Valencia.

    A este respecto hace falta decir en voz bien alta que el catalán y el valenciano son dos formas diferentes que tienen el mismo origen (el “llemos*”) que hablado en las cuatro provincias del Principat se ha llamado “catalán” y en las tres provincias del Reino de Valencia se ha llamado “valenciano”, con importantes diferencias en su estructura gramatical y en su léxico.

    Resulta absolutamente incre*ble que por la abulia del gobierno español y por el impulso nacionalista, se niegue al castellano algo que resulta evidente en todo el mundo: su pujanza, a despecho de cualquier subvención e incluso en circunstancias muy desfavorables en su competencia con el inglés en EEUU. Resulta surrealista que sea precisamente en la tierra-madre del castellano, España, donde se intente limitar más su uso.

    Pues bien, el castellano, hoy, es una lengua internacional que permite viajar prácticamente a todo el mundo. Por eso es completamente rid*cula la desproporcionada reivindicación de sentar al catalán en la UE. En el parágrafo 3 se dice: “La Generalitat y el Estado deben emprender las acciones necesarias para el reconocimiento de la oficialidad del catalán en la Unión Europea y la presencia y la utilización del catalán en los organismos internacionales y en los tratados internacionales de contenido cultural o lingü*stico”. El esfuerzo realizado en pro de la Constitución de la UE no puede ser ralentizado u obstaculizado por los micronacionalismos deseosos de imponer sus pequeños rasgos diferenciales, recargando la burocracia de la Unión.

    El hecho de que el Estatuto, y mucho menos el nacionalismo, no reconozca la gradación jerárquica entre las instituciones, lleva directamente a este maximalismo lingü*stico: si se ignora que el Estado Español está sobre la Generalitat de Catalunya, se ignora as* mismo que la Unión Europea está por encima del Estado Español y, por consiguiente, la Generalitat de Catalunya, en cualquier acuerdo internacional o en sus relaciones con la UE, debe pasar A TRAVÉS DEL ESTADO ESPAÑOL en lugar de ese maximalismo lingü*stico reflejado en el Estatuto.

    Ese maximalismo está presente en el parágrafo siguiente cuando se alude a una supuesta “proyección exterior del catalán”. En su concatenación de ensimismamientos nacionalistas, alguien ha cre*do que el catalán tiene posibilidades de “exportación”. Recientemente hemos visto como, en un viaje organizado por la Presidencia de la Generalitat, se ha firmado un acuerdo de cooperación lingü*stico-cultural con Egipto ¿con Egipto? Si, con Egipto, pa*s en el que se abrirán cursos de catalán… Se dice, en el parágrafo 4: “La Generalitat debe promover la comunicación y la cooperación con las demás comunidades y los demás territorios que comparten patrimonio lingü*stico con Cataluña. A tales efectos, la Generalitat y el Estado, según proceda, pueden suscribir convenios, tratados y otros mecanismos de colaboración para la promoción y la difusión exterior del catalán”. La pretensión quimérica, ya lo sabemos, es competir con el castellano.

    Nada que decir sobre la alusión al aranés en el Estatuto. En el parágrafo 5 se dice: “La lengua occitana, denominada aranés en Arán, es la lengua propia de este territorio y es oficial en Cataluña, de acuerdo con lo establecido por el presente Estatuto y las leyes de normalización lingü*stica”. Nada que decir, salvo una cosa. Pensemos lo que sucede en las escuelas aranesas: se reconoce al aranés como lengua propia y se enseña. Luego se enseña también el catalán, lengua de la Generalitat, y por supuesto el castellano, lengua del Estado. Además, en las escuelas aranesas, como en las del resto del Estado, se enseña una lengua extranjera, el francés o el inglés… ¿queda alguna hora para enseñar matemáticas o filosof*a? Pocas, desde luego. La tolerancia y benevolencia del Estatut para con el aranés no puede hacer olvidar el desastre educativo que una medida de este tipo, en principio bienintencionada, puede acarrear entre los destinatarios.

    Las lenguas sobreviven por el impulso de los pueblos que las encarnan. No por subvenciones, decretos ley, ni leyes de represión lingü*stica. El aranés y el catalán sobrevivirán o morirán por que la gente se sienta beneficiada o no con su uso, no por otra cosa.

    Lo dicho hasta aqu* bastar*a para que el Estatuto hubiera dejado claro las preferencias hacia el catalán. Pero no. Esto era sólo el entremés. Esto no ha hecho nada más que comenzar. El resto del Estatuto está plagado de alusiones tendentes a recalcar el poder omn*voro del catalán.

    As*, por ejemplo, en el Art*culo 12, que trata sobre “Los territorios con v*nculos históricos, lingü*sticos y culturales con Cataluña” insiste: “La Generalitat debe promover la comunicación, el intercambio cultural y la cooperación con las comunidades y los territorios, pertenecientes o no al Estado español, que tienen v*nculos históricos, lingü*sticos y culturales con Cataluña. A tales efectos, la Generalitat y el Estado, según proceda, pueden suscribir convenios, tratados y otros instrumentos de colaboración en todos los ámbitos, que pueden incluir la creación de organismos comunes”. Este art*culo es antológico. Se alude a unos “territorios” que en absoluto se enumeran, quizás para evitar que los destinatarios nieguen los pretendidos “v*nculos históricos”. Desde la batalla de Muret, a principios del siglo XIII, la Corona de Aragón renunció a sus pretensiones de expansión hacia el norte de los Pirineos. El Tratado de los Pirineos selló la vinculación a Francia del Rosellón y la Cerdaña. Hab*a catalanes en los momentos más trágicos de la ca*da de Constantinopla (como también hab*a castellanos) y se sabe de la expedición de los catalanes a Grecia y la fundación de los ducados de Atenas y Neopatria. También hubo catalanes en Cuba y un barrio catalán en La Habana. Y en el Algher… Se habla algo de catalán en la Franja de Poniente, perte

  2. #2
    Cavaller Centenar
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    PORQUE NO SE VAN YA??

    ¿Y YO ME PREGUNTO ..? OS IMAGINAIS QUE DE UNA VEZ POR TODAS CATALUÑA Y VASCONGADAS SE FUESEN DE ESPAÑA ??? NO NOS CAERA ESA BREVA!!! TE IMAGINAS A NUESTRO PARLAMENTO, A ESE QUE NOSOTROS PAGAMOS CON LO QUE NOS QUITAN EN LA RENTA, IVA, ETC... SIN HABLAR DE ESTOS MANDRANGAS??? LLEVO 26 AÑOS POR AQUI, Y LA VERDAD ME CANSA PONER EL TELEDIARIO Y NO OIR HABLAR MAS QUE DE ELLOS, ELLOS Y ELLOS SIEMPRE, QUE CANSINO DE VERDAD!!! PODRIAMOS HABLAR CON MAS LIBERTAD, PODRIAMOS APOYAR UNA SELECCIÓN SIN COMPLEJOS, NUESTROS POLITICOS PASARIAN MAS TIEMPO HABLANDO DE COMO HACERNOS MAS FUERTES FRENTE AL EXTERIOR EN VEZ DE VER QUIEN ES MAS FUERTE EN EL INTERIOR, PODRIAN ESTAR HABLANDO MAS TIEMPO SOBRE NUESTROS SUELDOS , EL DE LOS TRABAJADORES QUE AFRONTAMOS EL DIA A DIA CON UN SUELDO IDENTICO AL DE HACE 10 AÑOS , PERO CON UNOS PRECIOS QUE NI MUCHO MENOS SON LOS MISMOS, YA NO TENDRIAN QUE PACTAR NUESTROS PARTIDOS MAYORITARIOS CON ESOS PEQUEÑAJOS QUE TODAS LAS INVERSIONES SE LLEVAN PARA VASCONGADAS Y CATALUÑA, PQ SI NO SE ENFADAN Y NO LES APOYAN... NO CREES QUE SE HABLARIA MAS DE LA VIVIENDA??? QUE LOS JOVENES LO VEMOS COMO UN HORIZONTE LEJANO!!! DE LOS MAYORES, DE LA INTOLERANCIA, DE LA SOLIDARIDAD, DE LOS DISMINUIDOS, DE LAS EMPRESAS QUE SEAN MAS COMPETITIVAS PARA PODER OFRECER UN MEJOR EMPLEO, BUFF, DE RESPETAR DE UNA VEZ POR TODAS , AL MENOS DENTRO DEL ESTADO ESPAÑOL Y EUROPA LA LENGUA VALECIANA, YA QUE CATALUÑA NO TIENE NADA QUE VER YA CON NOSOTROS, ALGO ASI COMO PORTUGAL AHORA, QUE NI PIENTA NI CORTA CON EL GALLEGO, BUFF, QUE BUENO, SE RESPETARIAN LAS DOS LENGUAS QUE QUEDARIAN EN ESPAÑA Y QUE VIVEN EN ARMONIA Y SIN CONFLICTOS, EL GALLEGO Y EL VALENCIANO, PERO TENDRIAMOS TODOS UNA LENGUA HISTORICA, FUERTE Y ENVIDIABLE ANTE EL MUNDO, EL CASTELLANO. DE VERDAD CREEIS QUE LAS GRANDES MULTINACIONALES SEGUIRIA INVIRTIENDO EN CATALUÑA O VASCONGADAS??? NO SEÑORES NO, INVERTIRIAN EN UN PAIS PROSPERO, CON UNA LENGUA INTERNACIONAL, Y QUE RESPETA AL RESTO DE CULTURAS QUE EN EL CONVIVEN, ES DECIR, INVERTIRIAN EN FRANCIA O EN ESPAÑA, SI TU FUESES UN EMPRESARIO AMERICANO P.E., SINCERAMENTE, DONDE INVERTIRIAS??? EN UN PAIS ABIERTO COMO ES ESPAÑA, O EN UN PAIS RENEGADO, PEQUEÑO Y SECTARIO COMO ES CATALONIA CON MENTALIDAD MAS PROPIAMENTE CASTRISTA QUE NO DEMOCRATA EUROPEA ??? NO SEAMOS INGENUOS, ESTE ESTATUT SE QUEDA CORTO, PARA QUE GANEMOS EL RESTO DE ESPAÑOLES, Y SOBRE TODO LOS VALENCIANOS, NUESTRO REINO DE VALENCIA, QUE TRANQUILOS Y QUE BIEN Y CUANTO PROGRESARIA NUESTRA SOCIEDAD Y NUESTRA POLITICA SIN ESTOS "TROPEZONES" QUE SIEMPRE ESTAN EN LA PAELLA, (PARA COMERSELA CLARO ESTA). COMO DICEN POR MI TIERRA... ANDA Y QUE SE VALLAN A FER LA A MA!!!
    F.P.

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