Robert Zimmerman Otegui
Florida, U.S.A.

LECCIÓN DE HISTORIA

Uno se acuerda de las lecciones de la historia paseando por la desierta explanada del campo de concentración de Sachsenhausen, convertido hoy en museo y monumento nacional en el que los alemanes enseñan al mundo lo que hicieron o permitieron que otros hicieran hace 70 años. Los turistas que invaden BerlÃ*n y toda Alemania estos dÃ*as están mucho más interesados en el mundial de fútbol.

Pero ante la nada improbable posibilidad de que los vascos acabemos gobernados por personajes tan ilustres como Otegui, Ternera y otros terroristas, reconvertidos ahora por la doctrina oficial en "hombres de paz", conviene recordar que el mismo dÃ*a de la investidura de Adolf Hitler cuarenta de sus enemigos polÃ*ticos fueron internados en Oraniemburg, al norte de BerlÃ*n, en un recinto diseñado por las SA, 200.000 matones al servicio de nacional-socialismo y dispuestos a hacer la vida imposible, a tiros si hacÃ*a falta, a cualquiera que consideraran su enemigo. Era la continuación, ahora ya impune, del "ajuste de cuentas" con sus rivales polÃ*ticos: quema de librerÃ*as y negocios, vandalismo callejero, pintadas amenazadoras a los disidentes y asedios a las sedes de partidos polÃ*ticos, emisoras y periódicos no afines.

No veo diferencia alguna con lo que hemos sufrido los vascos no nacionalistas a manos de nuestros alegres y combativos "chicos de la gasolina", como los llamó Arzalluz. En el PaÃ*s Vasco la justificación del asedio y del asesinato polÃ*tico han sido "la construcción nacional" y el "algo habrá hecho" y recientemente hemos escuchado a un senador del PNV decir que "el que no se siente nacionalista no tiene derecho a vivir". Pero los vascos no somos los únicos, y como todo se pega, estamos siendo testigos estos dÃ*as de la justificación por parte de los nacionalistas catalanes, de sus medios afines, de un ministro del gobierno y del secretario de organización del Partido Socialista, entre otros, del ataque de fascistas catalanes a partidos rivales no nacionalistas. Un diputado de ERC, refiriéndose a estos ataques, ha sido más contundente: "les ha salido barato". Y los primeros sÃ*ntomas de la extensión del virus nacionalista totalitario se han visto ya en Galicia, Baleares, Canarias y otros puntos de España.

El Campo de Oranienburg enseguida se quedó pequeño y además estaba en el centro de la población y demasiado expuesto a miradas indiscretas, lo que hacÃ*a imposible desmentir los testimonios de los que consiguieron salir de allÃ* y de Alemania. Himmler, el jefe de las SS, las brutales sustitutas de las SA, no podÃ*a tolerarlo, asÃ* que lo cerró y lo sustituyó por el campo vecino de Sachsenhausen, que fue pionero en lo que enseguida se convirtió en la tupida red de campos de concentración que tan buen servicio prestaron al nacional-socialismo. Los nazis utilizaron el eufemismo de la "reeducación" para llamar a lo que fue el internamiento masivo y posterior exterminio de enemigos polÃ*ticos, judÃ*os, gitanos homosexuales, prisioneros de guerra, y cualquier otro elemento molesto para el régimen.

Para cuando empezó la guerra la reeducación no era suficiente y los reeducandos eran demasiados, asÃ* que hubo que pensar en medidas más expeditivas. Pero un buen dÃ*a de 1940, el camión que transportaba a algunos que habÃ*an tenido dificultades de reeducación al crematorio de la ciudad volcó, desparramando en mitad de una calle de BerlÃ*n un montón de cadáveres. Como esa imagen era nefasta para el régimen se decidió instalar hornos crematorios en el mismo campo, muy útiles para quemar los cadáveres que ya se empezaban a amontonar. A muchos se les "tallaba" en una habitación especial con una rendija en la pared desde la que un guardia de las SS les disparaba en la nuca mientras sonaba a todo volumen la música para tapar los tiros y para que el siguiente en ser tallado no sospechara nada.

En el PaÃ*s Vasco también llevamos muchos años con balazos en la nuca, balazos a veces con los hijos de los "ejecutados" como testigos, aunque en otros casos se prefirió la discreción por motivos tácticos como fue el caso del etarra Txapote disparando a la nuca de un Miguel Ángel Blanco arrodillado en un pinar guipuzcoano, ignoro si le pusieron el eusko gudariak de música de fondo.

No tardaron en llegar las cámaras de gas a Sachsenhausen, donde los ahorcamientos eran no sólo públicos sino de asistencia obligatoria: se hacÃ*a formar a todos los reclusos y estaba prohibido mirar para otro lado. El levantarse del camastro un minuto después de las 5 y media era motivo suficiente para ser ahorcado, cosa que siempre era mejor que ser ahogado en un retrete por un SS con un dÃ*a malo.

Impresiona ver los métodos de tortura de la Gestapo y las celdas de aislamiento donde muchos eran encerrados. También Ortega Lara sufrió esa tortura a manos de ETA, durante año y medio estuvo encerrado en un inmundo cuchitril, otros acabaron su secuestro asesinados.

Los archivos de las SS reflejan lo que en nombre de la superioridad de la raza aria ocurrió en el pabellón médico del campo, donde se hacÃ*an aberrantes experimentos con las razas inferiores y los mismos presos eran obligados a practicar las autopsias de sus compañeros antes de bajarlos a la morgue, capaz de alojar a 200 cadáveres, para luego llevarlos amontonados en carros tirados por ellos mismos a su destino final: los hornos crematorios.

Los vecinos de Oranienburg, los ciudadanos de BerlÃ*n y los de toda Alemania estuvieron ciegos, sordos, mudos y ni siquiera se extrañaron por olor del humo que salÃ*a por las chimeneas de los campos de concentración.

Los vascos hemos sido testigos de parecidos sÃ*ntomas en nuestra tierra, donde tantos parecen no haberse enterado, y si se han enterado lo han disimulado muy bien, del asesinato de 850 personas, de los miles de heridos y mutilados, de los secuestros, las amenazas, las extorsiones, el acoso y las agresiones que han propiciado la huÃ*da de decenas de miles de vascos y el silencio atemorizado de la mitad de la población que, igual que en la Alemania de los años treinta, no se atreve a hablar por miedo a nuestras SS con capucha y txapela. El terror funcionó en Alemania y ha funcionado aquÃ*, y los ejecutores de esta nueva limpieza étnica en aras de la pureza de la raza vasca amenazan con culminar su obra, ahora con la aquiescencia del Gobierno de la Nación, apoyado por las sanguijuelas nacionalistas que se aprovechan de su debilidad, de su cobardÃ*a y de su irresponsabilidad.

No se qué serÃ*an capaces de hacer Otegui,Ternera y compañÃ*a con los que se atrevieron a plantar cara al terror y con sus rivales polÃ*ticos en aras de la construcción de la Euskal HerrÃ*a independiente y socialista con la que sueñan si les fuera otorgada la barra libre del control de la prensa, la justicia y la policÃ*a. DifÃ*cilmente podrÃ*an superar el horror de lo que ocurrió aquÃ* hace setenta años. Pero si lo que ha ocurrido hace apenas diez en la antigua Yugoslavia es una indicación de hasta donde puede llegar el racismo, el odio y el ajuste de cuentas con el vecino de enfrente, nuestros gobernantes harÃ*an bien en visitar los barracones de Sachsenhausen y también en recordar que de la unión de nacionalismo y socialismo sale una palabra muy fea.

No me consuela que uno de los purgados de la Euskal HerrÃ*a con que nos amenazan pudiera ser un personaje como Arzalluz, que habiendo vivido en Alemania seguro que conoce bien lo que pasó aquÃ*, y que a pesar de ser uno de los mas firmes defensores de la raza vasca y uno de los creadores del monstruo en absoluto serÃ*a inmune a su ajuste de cuentas. No lo fueron muchos de los que ayudaron a Hitler a llegar al poder ni lo serÃ*an los vascos como Arzalluz que sin mancharse las manos de sangre se han beneficiado obscenamente de la matanza de sus enemigos polÃ*ticos.

Cuando los rusos liberaron el campo de Sachsenhausen nadie pensó que los seres humanos fueran capaces de repetir semejante monstruosidad, cinco años después otros 60.000 presos habÃ*an pasado por ese mismo campo y en esos mismos barracones, en ese mismo pabellón médico casi 12.000 habÃ*an perdido la vida en nombre de otro totalitarismo, muchos de ellos de hambre.

Los que tanto cedieron ante los desmanes del nacional-socialismo de Hitler en aras de un pacifismo a ultranza, llamaron agorero a Winston Churchill cuando advirtió a Chamberlain después de que éste firmara el infame Pacto de Munich, que supuestamente garantizaba la paz: "Le dieron a elegir entre la guerra y el deshonor, eligió usted el deshonor, y tendrá la guerra".

También ahora nos llaman agoreros a los que no entendemos "el proceso de paz" emprendido por RodrÃ*guez Zapatero con una ETA que estaba acorralada y con un nacionalismo que sabemos que es insaciable. Ojalá Zapatero leyera a Churchill y visitara Sachsenhausen, si aún no ha visto las orejas al lobo, quizá esta lección de historia le ayudara a hacerlo.