Luces y sombras en un discurso para la envidia ('Wish you were here')

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Federico Quevedo - 22/01/2009

Les propongo un ejercicio que realicé ayer con el resultado esperado: impriman el discurso de Obama, pongan de fondo una canción que les motive, y léanlo despacio. Yo lo hice con un tema de Pink Floyd, Wish you were here, muy adecuado el título para la ocasión, y les puedo asegurar que cuando alcancé a ese punto en el que dice: “Ha llegado el momento de reafirmar nuestro espíritu de firmeza; de elegir nuestra mejor historia; de llevar hacia adelante ese valioso don, esa noble idea que ha pasado de generación en generación: la promesa divina de que todos son iguales, todos son libres y todos merecen la oportunidad de alcanzar la felicidad plena”, las lágrimas caían a chorros, y no me da pudor reconocerlo. Dicho lo cual, no deja de ser un sublime ejercicio de cursilería, muy típico de ese espíritu grandilocuente tan al gusto americano y que tan bien reflejan las grandes producciones de Hollywood. Los primeros compases del discurso de Obama, con las referencia a Dios y a las Sagradas Escrituras incluidas, son una reafirmación de la autoestima patria, y un reflejo de lo hondo que ha anclado en esa sociedad lo que hemos llamado el American Dream, y de lo mucho que cada americano ama a la nación que le da cobijo y su historia, breve, pero muy intensa. Nada que ver con nuestra propia idiosincrasia.



Intenten imaginarse al presidente Rodríguez leyendo ese discurso, y les entrará la risa. Intente imaginarse a Rajoy haciendo lo mismo, y acto seguido se darán cuenta de que si expresara en una intervención la mitad de la mitad de las ideas que el miércoles glosó Obama, al día siguiente la prensa progresista lo crucificaría. Ha dicho Rodríguez que el discurso de Obama es “netamente socialdemócrata”… Cuando, ¿antes o después de rezar el Padrenuestro? ¿Antes o después de reafirmarse en la cultura del esfuerzo frente al inmovilismo y el proteccionismo? ¿Antes o después de afirmar que el poder del mercado “para generar riqueza y expandir la libertad no tiene rival”? ¿Antes o después de que recordara a las generaciones que lucharon contra el fascismo y contra el comunismo? ¿Antes o después de que dijera aquello de que “no vamos a pedir perdón por nuestro estilo de vida” y les recordara a los enemigos de la libertad que “nuestro espíritu es más fuerte y no se puede romper; no podéis perdurar más que nosotros, y os venceremos”? ¿Antes o después de que afirmara que “lo viejos odios se desvanecerán algún día”? ¿Antes o después de que resaltara “la abnegación de los trabajadores que prefieren recortar sus horarios antes que ver a un amigo perder su puesto de trabajo”? ¿Antes o después de reconocer que “Dios nos llama a dar forma a un destino incierto, este es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo”? ¿Antes o después de agradecer al presidente saliente su servicio a la nación?



Rodríguez no puede encontrar puntos de comparación con Obama, salvo por la edad. No puede encontrarlos ni en la profundidad del discurso, ni en las formas. En las horas posteriores a la toma de posesión del nuevo presidente norteamericano, una de las ideas más repetidas entre analistas, políticos y periodistas es la de la envidia, una envidia sana, pero envidia al fin y al cabo, por la manera en que el pueblo americano es capaz de superar sus propios conflictos y trabajar juntos en un destino común y en la superación de sus dificultades. Son capaces de hacerlo, es verdad, cuando alguien como Obama les lidera y da ejemplo sumando en lugar de restar. Obama ha conseguido el respeto y la admiración tanto de los que le votaron, por supuesto, como de los que no le votaron, y es probable que hoy sea, sin duda, uno de los presidentes que más esperanza haya logrado transmitir al pueblo americano en su conjunto. Eso, y esta afirmación no es fruto de la discrepancia, sino de la evidencia, no lo ha conseguido, ni lo conseguirá nunca, Rodríguez Zapatero. La diferencia es muy simple, muy sencilla, muy fácil de palpar: Obama cree en su país y en sus ciudadanos, en todos, indistintamente de su procedencia, mientras que Rodríguez siempre ha tratado con desprecio a quienes no están con él.



Es verdad, sin embargo, que en el discurso de Obama hay sombras, tenues sombras que se refieren, sobre todo, a las incógnitas sobre lo que el nuevo presidente propone para salir de la crisis. En este terreno su intervención peca de demasiados lugares comunes, e igual ofrece argumentos a los partidarios de una mayor liberalización, como a los defensores de un nuevo intervencionismo. Defiende el mercado pero receta una mayor vigilancia del mismo, lo cual no está reñido con un posicionamiento liberal ya que la mayor parte de las escuelas son partidarias de un control y de unas normas que rijan el funcionamiento del mercado. También parece apostar por una acción decidida de la inversión pública a favor del crecimiento, pero no en gasto corriente sino en gasto productivo en aquellos sectores de la economía proclives a fomentar la actividad, especialmente las infraestructuras. Y si lo que la izquierda entiende por socialdemocracia es la apuesta decidida por las nuevas fuentes de energía alternativa, como consuelo puede pasar, pero no como argumento sólido. De hecho, ese debe ser un objetivo de todos, independientemente de ideologías, pero tampoco Obama renuncia a las fuentes tradicionales de energía salvo para recordar que cuanto menos dependa Estados Unidos del petróleo en manos de países que son sus enemigos, mejor. ¿Alguien puede cuestionar ese deseo, perfectamente importable?



Y, sin embargo, el resto de su discurso rechinaría en los oídos de buena parte de los dirigentes de la izquierda que hoy aplauden las palabras de Obama, escuchado de labios de Rajoy, pero lo cierto es que muchos de los mensajes del nuevo presidente son transportables a un lenguaje de oposición a este lado del Atlántico. La defensa de su país como nación poderosa -recurrente en las intervenciones de Rajoy contra el Estatuto-, el recuerdo de los antepasados y su lucha por la libertad, y la exaltación de su Constitución -habitual en el líder del PP la mención de los héroes del 2 de Mayo y, sobre todo, de los padres de la Constitución de Cádiz-, la idea de una nación de ciudadanos libres e iguales –no tendría ni que traerlo a la memoria-, los mensajes de austeridad en el gasto, la idea de mérito y esfuerzo, el sometimiento al Imperio de la Ley, la búsqueda del consenso y, sobre todo, la responsabilidad como eje de la acción política, son recursos permanentes en el discurso del líder de la oposición por los que, sin embargo, se le recrimina y se le critica, no solo desde los despachos del poder o del partido que lo apoya, sino también desde las páginas de los periódicos que hoy, y ayer, y mañana, miran a Obama como la gran esperanza del planeta. ¡Cuánto cinismo!