El espacio comunicativo...

CONTABAN que en China, los chinos y las chinas, cuando no tenían qué hacer, tiraban piedras a lo alto y decían que iba a llover. Eso era antes, lo aprendí hace muchos años, de niño, en mi pueblo. Ahora por lo visto no deben de tener piedras, porque lo que hacen es venirse todos acá, poner un todo a cien y pasarse las horas y los días ocupadísimos. Aunque aquí ha habido siempre, y hay, ciertos chinos caseros -filólogos de academia- que tiran las piedras que tienen sobre su propio tejado, a modo de funcionarios de una funeraria multinacional cuyo eslogan publicitario bien podría ser: «¡Se soterren paraules vives!»
De niño -el niño es hombre desde la cuna, el hombre es niño hasta la sepultura- en la escuela me soterraron todas las palabras valencianas; aunque me enseñaron las castellanas y me he desenvuelto bastante bien en ellas; las valencianas las aprendí de mi madre, de mi abuela... y de no oír otras en la calle. Cuando empecé a hacerme mayorcito, ya oí decir a uno de esos sabiondos -sí, también lo escriben con hache intercalada- de los que sientan cátedra por los cantones -«eixe dona càtra de tot», decían de él- que «el valencià no té gramàtica». De entonces me viene toda aversión a ella, a toda normativa. Por eso estoy -como diría Unamuno- por «la resignación activa». Muchos gramáticos me han invitado a las exequias de muchas palabras vivas -les va la paz de los cementerios- proponiéndome su sustitución por otras, siempre en razón de una pretendida unidad de destino. En esto sigo a Alvar: «Me quedo con el hombre creador de lenguas antes que las codificaciones gramaticales hayan matado la palabra viva». En un libro publicado por la Academia Valenciana de la Lengua -¡algo tienen que hacer y eso hacen!- cuentan la historia de un periódico -«Acció Valenciana»- en el que se decía: «Sigues fort per a sacrificar els teus localismes com d´altres germans teus, d´altres contrades, els sacrifiquen en bé de la raça...».
Sea pues, una lengua racista, sin diferencias, sin matices, sin disidentes, todos a una santa Vedruna. Sea la lengua argamasa que una todas las piedras del mismo muro de Berlín que encoja y cierre la nacioneta. Ni el mismo Fuster era tan definitorio. En carta a Joan Sales (25-7-1961) escribe: «Para mí el ideal sería que todos escribiésemos un idioma sin color local, ni en el vocabulario, ni en los giros ni en nada. Los diálogos de las novelas, la literatura popular, el teatro, eso sí. Tanto color local como quieran». Es el mismo Fuster -contradictorio según venían los aires- que en un libro en castellano -«Maravillosa España»- decía: «La vida es de un localismo feroz, sólo los tontos, o los pillos, no son localistas». «Mirándolo bien -sigue en otra parte- pienso que en definitiva nos hallamos ante un callejón sin salida. Tú puedes propugnar la palabra «despedir» (la cual, si te interesa el legitimismo lingüístico, te diré que está documentada ya en el siglo XV: sor Isabel de Villena) para sustituir «acomiadar», que no ha echado raíces».
Así andamos. Días atrás escribió en estas páginas el historiador García de Cortázar, de los pocos que añaden a las citas de Cataluña, País Vasco y Galicia, a Baleares y a la C. Valenciana dentro de la inmersión lingüística: «La debilidad del Estado... ha permitido a sus autoridades regionales exhibir como normalización lo que, en realidad, es un proceso forzoso de planificación cultural implacable, una homogeneización descarada contraria al pluralismo». En eso están PSOE y ERC, pactando un ¡espacio comunicativo! TV3-Canal9. ¡Qué pena que el Ebro no lleve agua, que si no, pactarían su trasvase!...

Obdulio Jovani en ABC