Extret d´un diari publicat en 2007


Con la sanguinaria Batalla de Almansa no sólo se proclamó a Felipe V como el primer monarca Borbón sino que se acabó con las fronteras que trazó el rey Jaime I en 1238
Con la sanguinaria Batalla de Almansa no sólo se proclamó a Felipe V como el primer monarca Borbón sino que se acabó con las fronteras que trazó el rey Jaime I en 1238

La batalla comenzó poco antes de las 15 horas hace 300 años. Almansa se convirtió en el desgarrador escenario de una carnicería espantosa sin precedentes en la península ibérica aquel 25 de abril. Causó 1.500 bajas en las filas francoespañolas y otras 7.500 en el ejército austracista. Fue una derrota cuyas consecuencias se arrastran tres siglos después y aún así la efeméride se conmemora. ¿Por qué? Para no olvidar el día en que el entonces reconocido Reino de Valencia comenzó a ser “aniquilado políticamente”, según el antropólogo Joan Francesc Mira, autor de Almansa 1707 després de la batalla.

La contienda, en la que dos ejércitos luchaban por que se reconociera a sus reyes (Felipe V, por la dinastía borbónica, o el archiduque Carlos, por los Austrias) la soberanía de los territorios de la Corona de Aragón y el Reino de Castilla, ha sido ampliamente estudiada por su valor militar y estratégico. “Fue de las primeras batallas que se disputaban en la península con la participación de huestes de diez naciones”, explicó Miguel Jover i Cerdà, de la RACV.

A partir de la derrota, el ejército borbónico tomó el Reino de Valencia, que fundó Jaime I en 1238, para exterminarlo como entidad, según Joan F. Mira, quien añade: “Desde Almansa, los duques de Berwick y de Orleans se dirigieron hacia Valencia. En primer lugar, aseguraron el camino de Castilla y la conquista de Requena, Chiva y Cheste para controlar así el centro y sur de los territorios valencianos”.

Las autoridades locales pidieron a los ejércitos austracistas que detuvieran la retirada, pero fue en vano. El 7 de mayo de 1707 el Consell General, constando que se encontraban “sin defensa y sin virrey”, acordó la capitulación. El jurat en cap (lo que hoy sería el pleno municipal) consideró más prudente, a juicio de Joan F. Mira, “volver a la obediencia de Felipe V”. La decisión de abrir las puertas al enemigo provocó un alboroto tal que la gente entraba a la Casa de la Ciutat (lo que hoy sería el Ayuntamiento) no sólo amenazó a las autoridades, sino que pidió armas y pólvora para defender las murallas.

El 8 de mayo de 1707 el mariscal de campo Antonio del Valle, que posteriormente fue nombrado gobernador de la ciudad, con un destacamento de tropas castellanas se presentó en Valencia. El goteo de las ciudades del Reino que caían al bando borbónico fue persistente: Alzira lo hizo el 28 de mayo, Alcoi a principios de 1708 y Alicante el 19 de abril. La conquista del Reino de Valencia resultó definitiva.

El archiduque Carlos, que en 1703 fue proclamado rey de los territorios peninsulares en Viena y admitido como tal dos años después en Dénia tras la revuelta a cargo del general Basset, huyó a Barcelona y ésta cayó en 1714.

El enfrentamiento de los dos bandos no sólo suponía la rivalidad de dos dinastías regias, sino también “dos formas de gobierno completamente distintas”, el modelo “centralista y de monarquía absoluta borbónica y el de autonomía territorial de los Austrias”. Además, el desenlace fue diferente en la península, donde venció Francia, que en el resto de Europa, donde ganaron los aliados. Eduard Mira explica esta duplicidad de vencidos: “Almansa, con su diversidad de pueblos enfrentados, vendría a ser para la Europa del siglo XVIII como el polvorín de los Balcanes para la I Guerra Mundial”.

La Batalla de Almansa, que se enmarca dentro de la Guerra de Sucesión española, no se entiende sin el interés de las naciones europeas por controlar el comercio marítimo (desde las costas de la península ibérica) con América. De ahí que después de la contienda albaceteña, las armas continuarán alzadas en Europa hasta 1713.

“En la guerra se jugaba el futuro del gran comercio atlántico o el dominio del mar”, escribe Joan F. Mira. Inglaterra y Holanda no podían tolerar el bloque hegemónico francoespañol en manos de la dinastía borbónica porque dicha unión les privaba de la relación con las nuevas tierras. Querían limitar o anular los privilegios y ventajas que los franceses habían conseguido en el comercio internacional, tanto en las rutas atlánticas como en los territorios peninsulares y declararon la guerra en 1701. Otro ejemplo que clarifica el interés económico del conflicto es que cuando en 1703 Portugal se sumó con Holanda e Inglaterra, ésta se aseguró “el derecho preferente de importar vinos portugueses y exportar telas y otras manufacturas al Brasil, donde se había encontrado oro en abundancia”.

En el tratado de Utrecht (1713) se firmó que Inglaterra obtenía Gibraltar, Menorca y el navío de permiso (derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el asiento de negros (para comerciar con esclavos en las Indias), según Eduard Mira. Este tratado también consagró la pérdida de titularidad hispánica sobre las tierras europeas, que recalaron en Austria.

¿Todo esto se podría haber evitado? Los investigadores no son partidarios de hacer “historia-ficción”, pero si Luis XIV no hubiera testamentado “en el último momento y bajo presión” a favor de su nieto, no hubiera atacado Holanda y no hubiera reconocido los derechos de Felipe V a la corona francesa “la guerra no se habría producido o habría sido limitada