BALTASAR BUENO Bastantes domingos al mediodía hemos visto a enfermos mentales y sus familiares dar vueltas a la plaza de la Virgen de Valencia, silenciosos y portando pancartas sobre el drama y tragedia que sufren, abandonados de la asistencia pública oficial, especialmente de la Conselleria de Bienestar Social, que dirige el promotor de las fiestas sesquicentenarias del manicomio, Juan Cotino.
Son no pocos los hogares donde hay un enfermo mental, con su vida rota, y que ha roto también la vida de sus familias, algunos de sus miembros no pueden llevar una vida normal, ni ir a trabajar a ganarse el pan, porque alguien tiene que hacer por ellos lo que no hace la Administración, sin ser especialistas, sin estar preparados, capacitados o apoyados para ello.
Muchos de estos enfermos deambulan por las calles, donde viven abandonados, expuestos a todos los peligros, o viven solos en sus casas sin ninguna ayuda, o no debidamente atendidos, porque no ya no funciona, como ejemplarmente fue así siempre, el hospital psiquiátrico de Valencia, quedando de él un residuo testimonial.
Los hospitales psiquiátricos, diga lo que diga la nueva psiquiatría, funcionan en todas partes, siguen siendo necesarios, porque los enfermos necesitan de una atención y cuidado especiales, son seres humanos revestidos de dignidad y tienen derecho a que se les trate como tales, así como sus familiares tienen derecho a que se les auxilie y favorezca en la pesada carga que les ha correspondido vivir.
En Valencia, hace 600 años surgió la humanísima idea de crear un hospital psiquiátrico, porque a los locos, los dementes, se les tenía tratados inhumanamente, en casa encadenados, o iban sueltos por las calles con riesgo para la integridad de sus personas, o, si eran muy peligrosos, el problema se resolvía por la vía expedita de embarcarlos y arrojarlos por la borda en alta mar.
«En la present ciutat ha molta obra pia e de gran Caritat e sustentacio, empero una hi manca, que es de gran necesitat, ço es, un hospital o casa hon los pobres ignoscens o furiosos fosen acollits. Car molts pobres ignoscens van per aquesta ciutat, los quals pasen grans desaires de fam, fret e injuries».
Es lo que vino a señalar el padre Jofré en el sermón de cuaresma del domingo 24 de febrero de 1409 en la catedral de Valencia, impresionado al contemplar cómo estaban apaleando, lapidando e insultando a un demente en una callejuela de la ciudad en su camino al templo para predicar, tierna y bella estampa que ha inmortalizado Sorolla.
Teníamos en Valencia un hospital psiquiátrico ejemplar y los políticos, sin consultar a los familiares de los enfermos mentales y tampoco a éstos, fueron desmantelándolo poco a poco, sin sustituir su razón de ser y practicidad por algo mejor, basándose en la teoría de que los locos se curan en casa y en la calle.
La carga del enfermo mental la trasladaron a las familias que no tienen los conocimientos médicos, medios humanos y técnicos necesarios para cuidarlos. A la vida ya destrozada del enfermo, hay que sumar las destrozadas de cada miembro de la familia y la penosa sobrecarga que han de soportar y sufrir en solitario. Y para el caso de enfermos sin familia o rechazados por ésta, a los dementes no les queda más que un callejón sin salida, el de la marginación o abandono, la exposición del indefenso a mil riesgos.
El mismo día en que Cotino lanzaba las campanas al vuelo del 600 aniversario del sermón madre del primer psiquiátrico del mundo, y Camps se felicitaba por este hito histórico, la Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental expresaba su «gran preocupación por el futuro incierto» de los centros y servicios de atención a personas con enfermedad mental en la Comunitat Valenciana, porque la Generalitat, Cotino y Camps no cumplen con el pago de las ridículas subvenciones que les dan por toda ayuda, debiéndoseles las aportaciones económicas de 2008 y de lo que llevamos de 2009, entre otras graves quejas y reivindicaciones.
Por ello, que hayan montado otro numerito, con ofrenda de flores al padre Jofré ante su tumba -vacía, porque no quedan restos de él- en el monasterio del Puig y profusión de cámaras y fotos -que no falten-dentro del culebrón de fiestas y carnavales, al que tan aficionados son, por cuando menos repugna la sensibilidad humana.
Más que fiestas, Camps-Cotino deberían tener la humanidad y dignidad de prestar mayor atención a los enfermos mentales y familiares, aprender del padre Jofré y hacer un buen hospital psiquiátrico, y mientras eso no llegue, que, al menos, paguen lo que legalmente y en conciencia deben, que si hay 18 millones para la caja privada de Ecclestone por la F-1, más se merecen nuestros enfermos mentales.