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Jueves Santo. La Pasión vista por un cirujano.

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Tema: Jueves Santo. La Pasión vista por un cirujano.

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    Jueves Santo. La Pasión vista por un cirujano.

    La tortura de la crucifixión vista desde lo ojos de un cirujano.


    PIERRE BARBET

    Cirujano en Hospitales de París






    LA PASIÓN CORPORAL DE JESÚS





    Reflexiones sobre el SANTO SUDARIO







    BLIOTHECA SINDONIANA M a n u a l número 6


    Santander (España) 1950.



    Existe una leyenda arraigada en los espíritus, la de la dureza de corazón de los cirujanos; es decir, que la práctica enerva las sensaciones y esa costumbre, apoyada por la necesidad de conseguir el bien por el dolor, nos sitúa en un estado de serena impasibilidad. Eso es falso. Aunque resistimos a la emoción que no debe de aparecer ni siquiera en nuestro interior, entorpeciendo el acto quirúrgico, la piedad se mantiene en nosotros siempre viva, y hasta se perfecciona más con la edad. Cuando, durante años, se ha inclinado uno hacia los sufrimientos del prójimo, o cuando los experimentó en sí mismo, está sin duda más cerca de la compasión que de la indiferencia, porque mejor conoce el dolor y mejor percibe sus causas y efectos.



    Por lo mismo, desde el momento en que un cirujano ha meditado sobre los sufrimientos de la pasión de Jesucristo, ha examinado con detenimiento las fases y las circunstancias fisiológicas y se ha esmerado en reconstruir metódicamente todas las etapas del martirio de una noche y de un día, puede, mejor que el predicador más elocuente, mejor que el más santo de los ascetas (aparte los que han tenido una visión directa y quedaron arrobados), puede condolerse y revivir los sufrimientos de Cristo. Yo os aseguro que es cosa horrible; tanto, que por mi parte no quiero ni pensarlo. Sin duda eso es una cobardía; estimo que es preciso poseer una virtud heroica o no se comprende nada, se ha de ser un santo o un inconsciente para seguir el camino de la Cruz. Yo no puedo.



    Y precisamente es lo que se me pide, que describa un Vía Crucis. Y no quiero negarme, pues tengo la seguridad de que haré una buena obra. O bone et dulcissime Jesu, ¡ayúdame! Tú que los soportastes, haz que yo sepa explicar bien tus sufrimientos. Tal vez, esforzándome a permanecer objetivo, oponiendo a la emoción mi insensibilidad quirúrgica, tal vez pueda llegar al fin. Si rompo en sollozos antes de terminar, tú, lector, mi buen amigo, imítame y no to avergüences; es sencillamente que habrás comprendido. Sígueme, pues; tenemos por guía los Libros Sagrados y el SANTO SUDARIO de Turín, cuyo estudio científco me ha demostrado su autenticidad (Pierre Barbet‑Les cinq plaies du Christ. Etude anatomique et experimental)







    La Pasión, propiamente hablando, empieza con la Encarnación, puesto que Jesús, en su omnisciencia divina, siempre supo, vió y quiso los sufrimientos que esperaban a su Humanidad. La primera sangre vertida por nosotros lo es en la Circuncisión, a los ocho días de su Nacimiento. Ya puede uno imaginarse lo que debe de significar para un hombre la previsión exacta de su martirio.



    De hecho, el holocausto principia en Getsemaní. Después que Jesús da a comer a los suyos su carne y a beber su sangre, los lleva, ya entrada la noche, al Huerto de los Olivos, como era su costumbre. Los deja que campen a la entrada del recinto, conduce un poco más lejos a sus tres íntimos y El se aparta como un tiro de piedra para prepararse orando. Conoce que ha llegado su hora. El inismo ha ordenado al traidor Iscariote: Quod facis, fac citius, Lo que has de hacer, hazlo pronto (Jo 13, 27). Jesús tiene prisa por acabar: lo desea.

    Mas, como al encarnarse quedó revestido de la forma de esclavo a que pertenece nuestra humanidad, se identificó y se hizo tan una cosa con los hombres, que se revela en esta trágica lucha entre su voluntad y la naturaleza humana. Coepit pavere et toedere. Comenzó a turbarse y angustiarse (Mc., 14, 33).



    Esta copa qua es preciso qua beba contiene dos amarguras. En primer lugar, los pecados de los hombres que debe de asumir El, el Justo, para redimir a sus hermanos y que, sin duda alguna, es lo más doloroso: una prueba que no podemos imaginarnos, puesto que los más santos de la tierra son los que sienten más a lo vivo su indignidad a infamia. Tal vez comprendamos mejor la previsión, el anticipo de las torturas físicas y padecimientos que Jesús ya sufre en su pensamiento; por lo mismo que ya hemos experimentado el estremecimiento retrospectivo de los sufrimientos pasados. Es algo indescriptible.



    Pater, si vis, transfer calicem istum a me; verumtamen, non mea voluntas, sed tua fiat: Padre mío, si es de tu agrado, aleja de mí este cáliz. Empero, hágase no lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú (Lucas, 22, 42). No cabe duda de que es su Humanidad la que habla y se somete, pues su Divinidad siente aquello que quiere desde la eternidad. El Hombre se halla en un momento crítico. Sus tres fieles duermen, proe tristitia, de tristeza (Luc 22, 45). ¡Pobres hombres!



    La lucha es espantosa. Desciende un ángel para reconfortarle, al tiempo que para recibir, según parece, su conformidad. Et factus in agonia, prolixius orabat. Et factus est sudor eius sicut guttoe sanguinis decurrentis in terram. Y entrando en agonía, más intensamente oraba. Y fué su sudor como gotas de sangre, que descendían hasta la tierra (Luc., 22, 44) . Es el sudor de sangre que ciertos exégetas racionalistas, a la caza de algún milagro, han considerado como símbolo. Es curioso comprobar los disparates que los materialistas modernos llegan a decir en materia científica. Hemos de hacer constar que es un médico el único Evangelista que relata el hecho. Y nuestro venerado colega Lucas, medicus carissimus, el médico muy amado (Ep. de San Pablo a los Colosenses), lo define con la precisión y concisión de un buen clínico.



    La hemathidrosis, sudor sanguíneo, es un fenómeno fisiológico rarísimo, pero bien descrito. Se produce, como lo define el doctor Le Bec, en condiciones completamente especiales: una gran debilidad física, acompañada de una conmoción moral, seguida de una intensa emoción y gran miedo. ( Le Bec.‑Le supplice de la croix. Etude physiologique de la Passion. En este estudio mi antiguo colega del Hospital S. José de Paris ha demostrado une presciencia asombrosa; mis sucesivos eaperimentos hen confirmado y precisado la mayoria de sus apreciaciones; a cuanto yo he añadido él prestó entusiasta adhesión, para mi muy valiosa).

    En efecto, Jesús comenzó a turbarse y angustiarse. El temor, el espanto son en este caso el máximum de la conmoción moral. Esto es lo que Lucas traduce por agonía, que en griego, agón, significa lucha y pavor. Y fué su sudor como gotas de sangre, que descendían hasta la tierra.



    ¿Para qué explicar el fenómeno? Una vasodilatación intensa de los capilares subcutáneos, que se rompen al contacto de la precipitación de millares de glándulas sudoríparas. La sangre se mezcla con el sudor, y esta mezcla es la que perlea, se reúne y corre por todo el cuerpo en cantidad suficiente para caer hasta el suelo. Nótese que esta hemorragia microscópica se produce en toda la piel cuando está lastimada, dolorida en cierto modo, ablandada por la suma de los sufrimientos futuros.



    Llega Judas con los servidores del Templo, armados de espadas, bastones y cuerdas; llevan linternas y antorchas. Vienen con ellos los esbirros del Sanhedrin y soldados de la cohorte, a las órdenes de su tribuno. Tienen muy buen cuidado de no alarmar a los Romanos y a la cohorte de la Torre Antonia; ya les llegará el turno, cuando los Judíos, pronunciada su sentencia, se la agencien para que la acepte el Procurador. Jesús se adelanta. Una palabra suya es suficiente para derribar a los agresores, última manifestación de su poder, antes de abandonarse a la voluntad divina. El generoso Pedro aprovecha la oportunidad y de un tajo corta la oreja derecha al sirviente del sumo sacerdote Malco, y, último, milagro, Jesús vuelve a reponérsela y déjale sano. Pero la chusma vociferante se recobra: sujeta fuertemente a Cristo, lo conduce sin miramientos, puede creerse al paso ligero de las comparsas. Ahora es el abandono, al menos en apariencia. Jesús está convencido de que Pedro y Juan les siguen a longe, de lejos (Mac., 15, 54; Jo., 19, 15), y que Marcos sólo escapará al arresto huyendo desnudo y dejando a la tropa la sábana que le recubre.





    Jesús está ante Anás y el Sanhedrín. Altas horas de la noche. Sólo puede procederse a un sumario preliminar. Jesús se niega a contestar: El predicó su doctrina en público. Anás se queda desorientado, furioso. Uno de sus servidores, traduciendo el despecho de Anás, da un bastonazo al detenido. Sic respondes pontifici? ¿Así respondes al sumo sacerdote? (Jo., 18, 22). Esto no es nada. ( Según San Vicente Ferrer, le derribó. Y le hizo arrojar sangre por Ia boca, dice et piadoso Landulfo).



    Ahora es preciso esperar a la mañana siguiente para la audición de testigos. Arrastran a Jesús fuera de la sala, en el patio. El ve a Pedro, que le ha negado hasta tres veces; le perdona con una mirada tierna y penetrante. Empujan a Jesús al sótano; al1í la canalla de la servidumbre se harta contra el falso Profeta, villanamente atado, quien momentos antes les ha hecho morder el polvo como por arte de encantamiento. Le abruman a bofetones y puñetazos, le escupen a la cara, y puesto que no pueden dormir, tratan de divertirse un poco. Le tapan la cabeza con un velo, y uno a uno van turnándose, dándole sonoros bofetones con sus pesadas y groseras manos. A ver, Cristo, adivina: ¿quién te ha pegado? (Mt., 26, 68; Lc., 22, 64). Todo su cuerpo queda dolorido, su cabeza resuena como una campana; se apodera de El el vértigo... pero calla. Con sólo una palabra podría aniquilarlos; et non aperuit os suum, pero El no abrió su boca (Is 53, 7). Al fin se cansa la chusma, y Jesús espera.

    Al amanecer, segunda audiencia en el tribunal de Caifás: lamentable desfile de testigos falsos, que nada prueban. Es preciso que El mismo se condene, afirmando su filiación divina. Y aquel miserable his*trión de Caifás proclama la blasfemia, rasgándose las vestiduras. ¡Oh, tranquilicémonos! Esos buenos Ju*dios, tan prudentes y tan apegados al dinero, tienen siempre preparado un rasgón de su vestidura ligera*mente recosido, que puede servir cuando la ocasión se presenta. No hay nada más que obtener de Roma la sentencia condenatoria a muerte, que le está reser*vada en este país de protectorado.

    Jesús, rendido de fatiga, molido a golpes todo su cuerpo, es arrastrado al otro extremo de Jerusalén, en la parte alta de la ciudad, a la Torre Antonia, especie de fortaleza, desde donde la majestad romana asegu*ra a su albedrío el orden de la ciudad demasiado bu*lliciosa.



    La gloria de Roma está representada por un desgra*ciado funcionario, un romano insignificante de la clase de los caballeros, un medrador, muy contento de ejercer el gobierno dificil sobre un pueblo fanáti*co, hostil a hipócrita. Pilatos es muy celoso en lo to*cante a conservar su puesto y guarda el equilibrio en*tre las órdenes imperativas de la metrópoli y los ardides solapados de los Judios, que a menudo se in*clinan serviles delante de los emperadores. En resu*men. no es más que un pobre hombre. Sólo tiene una creencia, si es que cree en algo: la del divino César. Es el producto mediocre de la civilización bárbara, de la cultura materialista. Pero, ¿por qué tenerle tan*ta aversión? Es como lo han hecho. La vida de un hombre no tiene para él ningún valor, sobre todo si no se trata de un ciudadano romano. No le han educado en la piedad y sólo conoce un deber: mantener el orden (¡se creen en Roma que es cosa fácil!). Todos esos judíos pendencieros, embusteros y supersticiosos, con. todas sus creencias sagradas y sus manías de la*varse por cualquier cosa, su servilismo a insolencia y sus cobardes denuncias al Ministerio contra un ad*ministrador colonial que se interesa por ellos; todo eso le repugna: los desprecia... y los teme.



    Jesús, por el contrario, a pesar del estado en que se presenta ante él, cubierto de magullamientos y sa*livazos, Jesús le infunde respeto y le es simpático. Hará todo cuanto pueda por soltarle de las garras de aquellos energúmenos: et quaerebat dimittere illum: Pilatos procuraba librarle (Jo I9, 12) .

    Jesús es galileo; que lo lleven ante ese viejo canalla de Herodes, que representa a los reyezuelos negros y presume de ser alguien.

    Pero Jesús desprecia a aquel zorro, no le contes*ta una palabra.

    Helo aquí otra vez ante Pilatos, en medio de la turba que aúlla y esos insoportables fariseos que chi*llan en tonos agudos, agitando la perilla.

    ¡Odiosa gentuza! Que se quede fuera; pues también ellos se creerían impuros sólo por entrar en un pretorio romano. Pilatos interroga a este pobre hombre, que le inte*resa. Y Jesús no le desprecia. Le compadece por su ignorancia invencible: le contesta con dulzura y al mismo tiempo trata de instruirle.

    ¡ Ah, si sólo se tratase de esa canalla que aúlla: ahí fuera; una salida certera de la cohorte cum gla*dio, la espada en la mano, pronto haría callar a los más escandalosos y ahuyentaría a los demás. No hace mucho tiempo que mandé degollar en el Templo a algunos galileos de los más excitados. ¡Sí, sí..., pero* los soldados del Sanhedrín empiezan a insinuar que no soy amigo del César, y con esto no se puede gastar bromas ! Vamos a ver, ¡ por Hércules !, ¿Qué signifi*can esos cuentos de rey de los Judíos, de Hijo de Dios y de Mesías?

    Si Pilatos hubiese leído las Escrituras, tal vez hu*biese sido otro Nicodemo, pues Nicodemo también fue un cobarde; sin embargo, será su cobardía la que romperá las barreras.

    Este hombre es un justo; le haré flagelar (¡oh lógica romana!). Tal vez esos bárbaros se compadez*can. Pero yo también soy un cobarde; pues si me en*tretengo en defender a ese quirite lamentable, es sólo por retardar mi dolor.

    Tunc ergo apprehendit Pilatus lesum et flagella*vit: Entonces Pilatos mandó atar a Jesús y azotarle*(Jo 19, 1).



    Los soldados de la guardia conducen a Jesús al atrio del Pretorio y llaman para que les ayuden a toda la cohorte (en los países de ocupación son raras las distracciones). Sin embargo, el Señor había con fre*cuencia manifestado una simpatia especial por los militares. ¡Cuánto habia El admirado la confianza y la humildad de aquel centurión y su afectuosa solici*tud por su siervo, al cual Jesús había curado! (Nada podrá convencerme de que no fuera el ordenanza de este lugarteniente de infantería colonial.) Pero muy pronto ése será el centurión de guardia que en el Cal*vario proclamará el primero su Divinidad.



    La cohorte parece poseída de un delirio colectivo, cosa que Pilatos no había previsto. Allí está Satán, que les comunica su odio. Ya hay suficiente. Bas*ta de discursos; sólo golpes. Y se apresuran a termi*nar. Le desnudan y le atan, completamente en cueros, a una columna del atrio. Le estiran los brazos hacia arriba, atándole por las muñecas.



    La flagelación se lleva a cabo con un látigo, sobre el que van sujetas, a cierta distancia del extremo libre, dos balas de plomo o bien huesecillos. (Al me*nos, éste es el tipo de flagrum a que responden las se*ñales del SANTO SUDARIO.) El número de azotes fi*jado por la ley hebraica era de treinta y nueve. Pero estos verdugos son soldados desenfrenados y no se preocupan ya, y se ensañan a placer, hasta dejarlo sin sentido. En realidad, las huellas del SUDARIO son innumerables y casi todas en la parte posterior del cuerpo, porque la frontal estuvo de cara a la colum*na. Se las ve en los hombros, en la espalda, en los ri*ñones. Los latigazos descienden por los muslos y las piernas. Los verdugos son dos, uno a cada lado, de estatura desigual; todo esto se deduce de la orientación de las señales del SUDARIO. Le azotan de firme, des*piadadamente, con gran frenesí. A los primeros gol*pes, el flagrum deja huellas profundas, amoratadas, equimosis. Recuérdese que la piel ha sufrido anterior*mente una alteración, dolorida por los millares de pe*queñas hemorragias intradérmicas del sudor de san*gre. Las balas de plomo marcan huellas más netas. Luego la piel, infiltrada de sangre, reblandecida, se abre a la presión de los nuevos golpes. Brota la san*gre, desgárrase la piel; toda la parte posterior del cuerpo no es más que una superficie roja, sobre la que se destacan grandes surcos azulados; y aquí y al1á, por todas partes, las llagas más profundas que ha pro*ducido el flagrum. Todos estos estigmas quedaron im*presos en el SUDARIO en forma de pesas, es decir, dos balas con la vara entre ellas.



    A cada azote se estremece el cuerpo en dolorosos so*bresaltos. Pero Jesús no abre la boca, y ese mu*tismo acrecienta la rabia satánica de sus verdugos. No es ya la fría ejecución de una orden judicial; son demonios desencadenados. La sangre se escurre des*de los hombros hasta el suelo: las anchas losas del patio quedan cubiertas; y a cada levantarse de los lá*tigos, llega la sangre en lluvia menuda pasta las clá*mides de los espectadores. Ahora ya desfallecen las fuerzas del condenado: un sudor frío inunda su fren*te, se le va la cabeza, siente vértigos nauseabundos, le corren escalofríos a lo largo del espinazo, las pier*nas flaquean bajo el peso del cuerpo, y si no estuviese atado tan alto por las muñecas, se desplomaría en un charco de sangré. La cuenta de los azotes sale cabal, si bien es verdad que nadie ha contado. Después de todo, nadie ha recibido la orden de matarlo a lati*gazos. Déjanle que se reponga; aun podrán divertirse con El.



    Oh, ese simplon que pretende ser rey, corno si eso pudiera ser bajo las águilas romanas! Y aun es más: ¡quiere ser rey de los Judíos! Es el colmo de la ridiculez. Tiene dificultades con sus súbditos. ¡Va! ¿Eso qué importa? Nosotros te seremos leales. Pron*to, un manto y un cetro.

    Le sientan en el pilar de una columna. ¡No está muy sólida su majestad!

    Una clámide vieja de legionario sobre los hombros desnudos le confiere la púrpura real; una caña basta en la mano derecha, y ya está listo todo si no le faltase una corona; en fin, algo original.

    A los diecinueve siglos le reconocerán por esta co*rona, que ningún crucificado habrá llevado.



    En un rincón hay un haz de matojos de los arboli*llos que abundan en los chaparrales de los subur*bios. Son ramas flexibles, llenas de espinas largas, mu*cho más largas, más agudas y más duras que las aca*cias. Trenzan con precaución una especie de fondo de canastilla, lo aplican sobre el cráneo, aplastan los bordes y con una tira de juncos torcidos se la ciñen a la cabeza, entre la nuca y la frente. Las espinas penetran en el cuero cabelludo y éste sangra (nosotros, los cirujanos, sabemos cómo sangra el cuero cabelludo). Ya el tegumento del cráneo se ve pegajoso de coágulos; hilos de sangre se deslizan sobre la frente, bajo las tiras del junco; empapan los bucles de la cabellera en desorden y salpican hasta la barba.



    Empieza la farsa de la adoración. Cada uno a su tur*no se acerca ante El, doblando la rodilla, hacien*do una mueca horrible, seguida de un bofetón. ¡Sal*ve, rey de los Judíos! El no contesta. Su pobre figura desolada y pálida no hace el más leve movimiento. ¡En verdad, esto no es divertido! Exasperados, los súbditos fieles le escupen a la cara.

    Tú no sabes aguantar el cetro. Trae acá.

    Y, ¡zás! , un porrazo sobre el sombrero de espi*nas, que se encasqueta un poco más. Y caen otros golpes.

    Yo no recuerdo bien. ¿Sería uno de estos legiona*rios o bien recibió este golpe de la gente del Sanhe*drín? Pues veo en el SUDARIO que un bastonazo dado oblicuamente le deja en la mejilla una horrible contusión y que su hermosa nariz semítica, tan noble, queda deformada por una lesión del cartílago. La san*gre se escurre de la nariz al bigote. ¡Basta, Dios mío!



    Llega Pilatos, algo inquieto por el preso.

    ¿Qué habrán hecho esos brutos? Vaya, ¡qué bien lo han arreglado! Si ahora no están contentos lus Judios...

    Lo saca al balcón del pretorio, vestido de rey, asombrándose él mismo de sentir cierta compasión por esta miseria humana. Pero él no ha contado con el odio. Tolle. Crucifige, crucifige eum. Quítalo. Sea crucificado (Jo 19, 15; Mt 27, 22). ¡Ah, los demo*nios! Y el terrible argumento contra él: Se ha procla*mado rey; si lo absuelves, señal de que no eres amigo del César. Entonces el cobarde se abandona y se lava las manos. Mas, como escribe San Agustín: No fuiste tú, Pilatos, quien lo mataste, sino los Judíos con sus lenguas afinadas. Tú, en comparación con ellos, eres mucho más inocente.



    Le arrancan la clámide que ya se le ha pegado a todas las heridas. La sangre vuelve a deslizarse. Jesús sufre un fuerte estremecimiento. Vuelven a po*nerle sus vestidos, que se tiñen de rojo. La cruz está dispuesta; se la cargan sobre los hombros. ¿Por qué milagro de energías puede permanecer de pie, bajo aquel peso? Aún no es la cruz completa, sino sólo la viga grande horizontal, el patibulum, que debe de lle*var hasta el Gólgota; mas, así y todo, pesa cerca de cincuenta kilos. La estaca vertical o esteba ha sido levantada con anterioridad en el Calvario.



    Y la marcha empieza: pies descalzos, por las calles de suelo rústico sembrado de piedras. Los solda*dos tiran de las cuerdas que le atan, impacientes por saber si llegará hasta el final. Dos ladrones le siguen en la misma forma. Afortunadamente no es muy lar*go el camino, unos seiscientos metros, y la colina del Calvario está casi en las afueras de la puerta de Efraím. Pero el trayecto está lleno de baches y desniveles, lo mismo que en la parte interior de las mu*rallas. Jesús, con mucho trabajo, echa un pie hacia adelante, y con frecuencia se hunde. Cae de rodillas, que pronto se convierten en una pura llaga. Los sol*dados de la escolta le levantan, sin maltratarlo dema*siado: temen que muy bien podría morirse por el camino.



    Y siempre esta viga sobre el hombro, guardando el equilibrio, que lo desgarra con sus asperezas y que parece querer penetrar a viva fuerza. Yo sé, lo que es esto: he prestado mis servicios, en otros tiem*pos, en el 5.° Regimiento de Ingenieros y he cargado los travesaños de las vias férreas, bien pulimentados. ¡Ah!, yo conozco la sensación de penetración en un hombro fuerte y sano. Pero El... Su hombro está cu*bierto de llagas, que vuelven a abrirse y se ensanchan y hunden a cada paso. Está agotado. Sobre su túnica sin costura una mancha enorme de sangre va ensan*chándose cada vez más, hasta extenderse par la es*palda. Vuelve a caer, y esta vez con todo el cuerpo. Se le escapa el madero. ¿Podrá levantarse? Afortu*nadamente pasa por allí un hombre; viene del cam*po; es Simón de Cirene, y lo mismo él que sus hijos Alejandro y Rufo pronto serán buenos cristianos. Los soldados le requieren para que lleve el madero. EI buen hombre no desea otra cosa. <<Oh>> Ya no queda para subir más que la pendiente del Gólgota; con mucho trabajo llegan a la cumbre. Jesús se desploma en el suelo.



    La crucifixión empieza. ¡Oh, no es cosa complicada! Los verdugos conocen su trabajo. Ante todo es preciso desnudarle. Los vestidos de encima no ofre*cen dificultad. Pero la túnica está pegada a las llagas, mejor dicho a todo su cuerpo, y este despojo es simplemeute cruel. ¿Ha intentado usted alguna vez le*vantar de una herida contusa el primer vendaje, que se haya secado sobre ella? ¿O acaso ha sufrido esa prueba que a veces requiere una anestesia total? Si lo ha probado, usted puede muy bien saber algo de lo que se trata. Cada hilo de la tela queda pegado en la superficie desnuda, y al ser levantado el vendaje arranca una de las innumerables terminaciones ner*viosas, en carne viva, de la herida. Estos miles de choques se adicionan y multiplican, aumentando por momentos la sensibilidad del sistema nervioso. Y para Jesús no se trata sólo de una lesión local, sino de casi toda la superficie del cuerpo, y en particular de aque*lla dolorida espalda. Los verdugos van de prisa y sin miramientos. Tal vez sea mejor. Mas, ¿cómo es que este dolor tan agudo y atroz no causa desmayo al Se*ñor? Por la misma razón que El mismo se impone, domina y dirige, del principio al final, su pasión.



    La sangre mana de nuevo. Le tienden de espalda en el suelo. ¿Dónde han echado la faja estrecha que el recato de los Judíos autoriza para que la lleven los condenados? Confieso que no sé nada de ella; pero eso no tiene importancia; de todos modos, también estará desnudo cuando lo envuelvan en el SUDARIO. Entretanto penetran el polvo y la arena en las llagas de la espalda, de los muslos y las piernas. Ya está Jesús tendido a los pies del esteba, los hombros sobre el travesaño horizontal, el patibulum. Los verdugos toman las medidas. Taladran con una barrena los agujeros en que han de ir los clavos.



    Empieza el horrible holocausto. Un mozo le estira un brazo, la palma hacia arriba. El verdugo coge el clavo: un clavo largo, puntiagudo, cuadrado, que mide ocho milímetros de ancho cerca de la cabeza; le pincha en la muñeca, en el pliegue anterior, que conoce por experiencia. Un solo martillazo: ya está el clavo fijo en el madero; algunos golpes más, con fuerza, y queda sólidamente clavado. Jesús no se queja, pero su rostro se contrae horriblemente. ¡Ah!, yo he visto al mismo tiempo su dedo pulgar ponerse en oposición de la palma por un imperioso y violento movimiento: le han tocado el nervio mediano. Entonces siento en mí lo que El sufre: un dolor indecible, fulgurante, que se extiende por sus dedos, brota como un dardo de fuego, llega hasta el hombro y explota en su cerebro. Es el dolor más irresistible que pueda sufrir un hombre; el que produce la herida en los grandes troncos nerviosos. Pues casi siempre lleva en sí el desmayo, que en cierto modo es una suerte.



    Jesús no quiere perder el conocimiento. Aun cuando tuviese el nervio completamente destrozado. Pero no es así. Yo sé por mis experimentos que sólo es una destrucción parcial; la herida del tronco nervioso queda en contacto con el clavo y sobre él, dentro de poco, cuando el cuerpo quede suspendido, tendido, estirado fuertemente, como una cuerda de violín sobre su arco. Y vibrará a cada sacudida, a cada movimiento, reviviendo el cruel dolor.

    Y aun durará tres horas aparte. El mozo tira del otro brazo. Se repiten los mismos gestos y los mismos dolores. Pero esta vez El sabe to que le espera. Ya está sujeto al madero, al cual se ciñe estrechamente, desde los hombros a to largo de ambos brazos.



    Ya ha formado la cruz. ¡Qué sublimidad divinamente trágica!

    ¡A levantarla! El verdugo y su ayudante cogen el patibulum por los extremos y levantan al sentenciado. Queda éste, primero, sentado al suelo, después de pie; luego ellos retroceden con él y lo apoyan contra el esteba. Pero, antes, estirando sus manos clavadas (¡oh, sus nervios medianos!) Haciendo un gran esfuerzo, a fuerza de brazos, puesto que la estaca no está muy alta, y con gran rapidez porque pesa mucho, cuelgan con gesto hábil el travesaño del patibulum en lo alto del esteba vertical. A su cima, dos clavos sujetan el título trilingüe de la condena.



    El cuerpo, pendiente de los brazos que se alargan oblicuos, queda un poco hundido. Los hombros, heridos por los latigazos y por la carga de la cruz, raspan dolorosamente contra el madero áspero. La nuca, que sobresale al patibulum, al ser éste levantado, golpea contra el esteba. Las pumas afiladas de las espinas le destrozan el cráneo, clavándose cada vez más. La pobre cabeza cuelga hacia delante, puesto que el espesor de la corona le impide reposar sobre el madero; y cada vez que se levanta, revive los pinchazos.



    El cuerpo se sostiene sólo por los clavos fijados en los carpos (¡oh, los nervios medianos!). Podría ya aguantarse; no se inclinaría. Pero el reglamento ordena fijar los pies. Para hacer eso no se necesita repisa. ¿Por qué dar trabajo a un carpintero? No es el caso aliviar las penas de un crucificado. Le doblan las rodillas y le estiran los pies hasta ponerlos planos sobre el madero. Preparan, primero, el pie izquierdo. De un solo martillazo horadan con el clavo en el centro, entre el segundo y tercero metatarsiano. El ayudante dobla también la otra rodilla y el verdugo apoya el pie izquierdo encima del derecho, que el mozo mantiene plano, y lo taladra de un solo golpe, en el mismo sitio. Todo esto es muy sencillo. Luego, con unos martillazos, hunde el clavo dentro del madero. Para dos hombres, todo este trabajo no ha durado más que dos minutos y las llagas casi no han sangrado. Esta vez –¡gracias, Dios mio!– *ha sido un dolor menos águdo, que se pierde en el terrible conjunto de los que le agobian.

    Luego se ocupan de los dos ladrones; para éstos basta con dos cuerdas. Y las tres cruces se levantan de cara a la ciudad deicida.

    No escuchemos a esos santones de Israel que celebran el triunfo e insultan el dolor de Jesús. El ya los ha perdonado, puesto que no saben lo que hacen. Jesús está anonadado. Después de tantas torturas, para un cuerpo extenuado esta inmovilidad casi parece un descanso, coincidiendo con un descenso de su vitalidad.

    Pero tiene sed. Oh, aún El no lo ha hicho... Antes de que le tendiesen en el madero ha rechazado la poción analgésica de vino mezclado con mirra y aromas que le han ofrecido unas mujeres caritativas de Jerusalén. El quiere que su sufrimiento sea consciente y completo. Sabe que lo dominará. Tiene sed, sin duda. Adhaesit lingua mea faucibus meis, Mi lengua está pegada a mi paladar (Ps., 21, 6) . El no ha bebido nada ni comido desde ayer tarde. Es mediodía. El sudor vertido en Getsemaní, todas sus angustias, la fuerte hemorragia en el pretorio y las sucesivas, y esta sangre que aún se desprende de sus heridas, todo ello le ha sustraído una gran cantidad de su caudal. Tiene sed. Se han contraído sus facciones, su rostro macilento está surcado de sangre que se coagula por todas panes. Tiene la boca entreabierta, y el labio inferior comienza a colgarle. Mezclado con sangre que sale de las narices lesionadas, resbala por su barba un poco de saliva. Su garganta está seca, irritada: ya no puede tragar. Tiene sed.



    Quién podría reconocer en este rostro tumefacto, sangrante y deforme al más hello de los hijos de los hombres? Vermis sum et non homo, Soy un gusano y no un hombre (Sal 21, 6). Sería espantoso, si, a pesar de todo, no se viese en El la majestad serena del Dios que quiere salvar a sus hermanos. Tiene sed. Y dentro de poco El lo dirá, para que se cumplan las Escrituras. Y un soldadote, disimulando su com*pasión bajo una burla grosera, empapará en acetum, dicen los Evangelistas, una esponja y se la tenderá a la punta de una caña. ¿Beberá El tan sólo una gota? Dicen que el hecho de beber produce a los po*bres condenados un síncope mortal. Entonces, ¿cómo, después de haber recibido la posca, podrá hablar dos o tres veces todavía? No, no; morirá cuando llegue la hora. Tiene sed.



    Al cabo de un momento se produce un extraño fenómeno. Los músculos de los brazos se ponen tensos en una contracción que tiende a acentuarse. Sus deltoides y bíceps están tirantes y salientes, sus dedos se tuercen como ganchos. ¡Los calambres! To*dos ustedes han sentido más o menos este dolor pro*gresivo, agudo, en las piernas, entre costillas, un poco, por todas partes del cuerpo. Es preciso cesar de toda acción y estirar el músculo contraído. Pero, veamos. He aqui que se presenta en los muslos y en las pier*nas el mismo fenómeno: los músculos que se estiran y salen de un modo monstruoso, a la vez que los de*dos de los pies se retuercen. Se diria que es un herido atacado de tétano, víctima de crisis terrible, imposi*ble de olvidar. Es lo que llamamos la tetania, cuando se generalizan los calambres.



    Aquí es el caso. Los músculos del vientre se endu*recen, luego los intercostales, los del cuello y los respiratorios. Poco a poco su respiración se hace cada vez más trabajosa, más corta y superficial. Sus costi*llas, levantadas ya por la tracción violenta de los brazos, se elevan aún más; el epigastrio se hunde y también los surcos encima de las claviculas. El aire entra silbando; apenas puede salir. Respira ha*cia arriba, aspira un poco, pero no puede espirar. Tiene sed de aire. Es como un enfisematoso en plena crisis de asma. Su tez pálida va tomando poco a poco un tinte rojo, luego violáceo, purpúreo y después azul. Se asfixia. Sus pulmones están llenos de aire y no pueden vaciarse. Se le cubre la frente de sudor. Sus ojos vidriados se extravían. ¡Qué dolor tan tre*mendo debe de martillear su cráneo ! Se muere... Vale más. ¿No ha sufrido ya bastante?

    Pero, no; aún no ha llegado su hora. Ni la sed, ni la hemorragia, ni la asfixia, ni el dolor, vencerán al Dios Salvador, y si muere por estos síntomas, sólo morirá porque El lo quiere. Habens in potestate po*nere animam suam et recipere eam, Teniendo el po*der de depositar su vida y volverla a tomar (Sal 63, 3). Y por la misma voluntad resucitará.



    Qué ha pasado ahora? Lentamente, con un esfuer*zo sobrehumano, ha tornado como punto de apo*yo el clavo de sus pies. Sí: se apoya sobre sus mis*mas llagas. Los tobillos y las rodillas se estiran poco a poco; mediante un esfuerzo vuelve a subir, alivian*do la tracción de los brazos (tracción que consiste en más de 90 kilos en cada mano). Entonces, he aquí que el fenómeno disminuye por sí mismo, se amorti*gua la tetania, los músculos se aflojan, al menos los del pecho. La respiración se presenta más desahogada y natural, los pulmones se deshinchan y pronto el rostro toma el color pálido de antes.



    ¿A qué viene este esfuerzo? Es que quiere hablar*nos. Pater, dimitte illis, Padre mío, perdónales (Luc. 23, 24). ¡Oh, sí!, que nos perdone, pues somos nosotros sus verdugos. Poco después vuelve su cuerpo a des*cender y la tetania aparece otra vez. Y cada vez que hable –tenemos anotadas por to menos siete frases– *y cada vez que quiera respirar, será menester que se enderece, para volver a tomar aliento, irguiéndose de*recho sobre el clavo de sus pies. Y cada movimiento repercute en sus manos en indescriptibles dolores (¡oh, sus nervios medianos!). Es la asfixia periódica del desgraciado a quien estrangulan y a quien dejan recobrar la vida, para volver a ahogarlo varias veces. Esta asfixia no abandona a Jesús un momento; sólo puede salvarse de ella a costa de sufrimientos atroces y por su propia voluntad. Y esto durará tres horas. ¡Oh Dios mío, muere cuanto antes !



    Estoy allí, al pie de la cruz, con su Madre, con Juan y las mujeres que le velan. El centurión a un lado ya observa en actitud respetuosa. Entre dos as*fixias Jesús se yergue y habla: He ahí tu Madre (Jo. 19, 27). ¡Oh, si, amantísima Madre, que desde aquel día nos has adoptado! Un poco más tarde el pobre la*drón se hace abrir la entrada en el paraíso.



    ¡Señor! ¡Señor! ¿Cuándo morirás? Ya lo sé. Tú esperas la Pascua, pero tu cuerpo no se pudrirá como los nuestros. Está escrito: Non dabis sanctum tuum videre corruptionem, Tú no dejarás a tu santo conocer la corrupción (Sal 15, 10). Pero, ¡pobre Jesús mío! (disculpa a los cirujanos), todas tus llagas es*tán infectadas o lo estarán pronto. Yo veo distinta*mente en ellas supurar una linfa rubia y transparen*te, que se detiene en el mismo borde de la serosidad de una costrilla. Sobre las primeras llagas se forma ya una falsa membrana, que segrega serosidad. Tam*bién está escrito: Putruerunt et corruptae sunt cica*trices meae, Mis llagas serán infectadas y supurarán (Sal 37, 5). Un enjambre de insectos repugnantes ro*dean tu cuerpo en torbellino, bruscamente se tiran sobre una y otra llaga y se ceban en la cara: es im*posible darles caza. Por fortuna, al poco tiempo se oscurece el cielo, se esconde el sol y de repente un frio general e intenso to invade todo. Y las hijas de Belcebú van dejando poco a poco su puesto.



    Pronto pasarán tres horas. ¡En fin!... Jesús lucha siempre. De vez en cuando aún se endereza. To*dos sus dolores recrudecidos, la sed, los calambres, la asfixia y las vibraciones de sus dos nervios cen*trales no le arrancan una sola queja. Allí cerca es*tán sus más intimos; pero su Padre –ésta es la últi*ma y más amarga prueba–, su Padre parece haber*le ahandonado. Eli, Eli, lema shebaqtani? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? (Mt. 26. 46; Mr. 16, 4; Sal 21, 1). Ahora ya sabe que se va. Y gri*ta: Consummatum est, Se ha terminado (Jo 19, 30). La copa está vacía; ha cumplido su misión. Vuelve a estirarse un poco, y para darnos a entender que mue*re por su voluntad, clamando otra vez con voz sonora, iterum clamans voce magna (Mt 27, 50), Padre –gri*ta–, en tus manos encomiendo mi espíritu, In manus tuas commendo spiritum meum (Luc. 23, 46; Sal 31, 5). El murió cuando quiso: habens in potestatem po*nere ammam suam (Sal 63). ¡Y que no me hablen nunca de teorías fisiológicas!



    Laudatu si, mi Signore, por la sora nostra morte corporale! (S. Francesco d'Assisi, Canticum crea*turarum). ¡Oh, sí, Señor! Seas por siempre alabado por haber Tú querido morir. Pues nosotros no podia*mos más. Ahora todo está bien.

    En un último suspiro su cabeza se inclina delan*te, lentamente. La mandíbula sobre el esternón.

    Estoy en este momento frente a Ti, Señor, y veo tu rostro caído, sereno, que a pesar de tan horribles estigmas, ilumina la dulcísima majestad de Dios, siempre presente. Caigo de rodillas ante Ti y beso tus pies agujereados, donde aún corre la sangre y se coagula hacia las puntas. La rigidez cadavérica se va apoderando brutalmente de Ti. Están duras tus pier*nas como el acero, y ardientes. ¡Oh, qué temperatura tan inaudita Te ha dado la tetania!



    La tierra tiembla, se eclipsa el sol. José de Arima*tea ha ido a reclamar tu cuerpo a Pilatos, quien no se lo negará. El odia a los Judíos que le obligaron a matarte; ese letrero sobre tu cabeza, Jesús, rey de los Judíos, proclama bien alto su rencor. ¡ Crucificado como un esclavo! El centurión ha ido a dar su infor*me, después de haberte, bravo mozo, confesado Hijo de Dios. El descendimiento será cosa fácil. Una vez desclavados los pies, José y Nicodemo descolgarán el madero del esteba; Juan, tu predilecto, aguantará los pies; otros dos, con una sábana arrollada en for*ma de cuerda, sostendrán por la cintura; alli cerca, frente al sepulcro, sobre una piedra, más tranquilos, Te desclavarán las manos...



    Pero... ¿quién viene por a11á? ¡Ah! Los Judíos han debido pedir a Pilatos que despeje la colina de esos patíbulos que molestan a la vista y deslucirían la fiesta de mañana. ¡Raza de víboras, que filtran los mosquitos y devoran los camellos! Los soldados rompen a mazazos de hierro las piernas de los ladrones, que ahora quedan colgando de modo lamentable; y como ya no pueden levantarse más sobre las cuerdas de sus piernas, pronto acabarán con ellos la tetania y la asfixia.

    ¡Con Jesús no tenéis nada que hacer ! Os non comminuetis ex eo, No le romperéis ningún hueso (Jo 19, 36; Ex 12, 46; Núm 9, 12). ¡Dejadle en paz! ¿No veis que ya está muerto?



    Sin duda les dijeron esto. Pero ¿qué idea se le ha ocurrido a uno de los soldados? Con ademán trágico y preciso levanta el palo de la lanza y de un golpe certero, oblicuo, se la clava profundamente en el lado derecho. ¡Oh! ¿Por qué? Y en un arranque de su corazón de pronto brotó sangre y agua de la he*rida (Jo 19, 34). Juan lo ha visto perfectamente y yo también, y no sabriamos mentir: un chorro ancho de sangre oscura brota sobre el soldado y va cho*rreando sobre el pecho de Jesús, coagulándose en capas, paulatinamente. Pero al mismo tiempo, sobre todo visible en los bordes del SANTO SUDARIO, se desprende un líquido claro y límpido como el agua.

    Veamos qué es: la herida está más abajo y sepa*rada de la tetilla –en el quinto espacio–, la lanzada ha sido oblicua. Esta sangre es, pues, de la aurícula derecha y el agua sale del pericardio. Entonces, Je*sús mío, tu corazón está comprimido por ese liquido y Tú sufres, además, este dolor angustioso y cruel del corazón oprimido en un torno. ¿No era bastante con todo lo que habíamos visto? ¿Es acaso para que lo supiésemos, que este hombre ha cometido tan rara agresión? Tal vez los judíos se creyesen que no esta*bas muerto, sino sólo desvanecido; tu resurrección pedía este testimonio. ¡Gracias, soldado! ¡Gracias, Longinos! Un día morirás mártir del Cristianismo.









    Y ahora, lector amigo, demos gracias a Dios que me ha dado fuerzas para escribir hasta el fin, no sin lágrimas. Todos esos dolores horripilantes, que hemos revivido en El, ya estaban previstos, preme*ditados y deseados toda su vida, en su amor, por re*dimirnos de todos nuestros pecados. Oblatus est quia ipse voluit, El se entregó porque fué su voluntad (Is. 53, 7). El dirigió toda su pasión, sin omitir nin*guna tortura, aceptando las consecuencias fisiológi*cas, pero sin quedar dominado por ellas.


    Y MURIÓ CUÁNDO Y CÓMO Y PORQUE ÉL LO HABÍA QUERIDO.


    JESUS está en agonía por los siglos de los siglos. Por lo tanto, es justo y saludable sufrir con Él, darle las gracias cuando nos envía padecimientos y asociarnos a los suyos. Y para acabar, debemos decir, como escribe San Pablo, que los que faltan a la pa*sión de Cristo y a María, madre suya y madre nues*tra, aceptan gustosos nuestra compasión.


    Oh Jesús, que no tuviste piedad de Ti mismo siendo Dios, ¡ten piedad de mí que soy pecador!

    Font: Google.

  2. #2
    Centenar de la Ploma
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    En Juan 14:6 Jesús dijo: "Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por Mí. ”

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