“Dosmileuristas” en Japón

@Ángel Villarino. Tokio - 12/09/2009 6:00h

En Japón se les conoce como “la generación perdida” y si no son “mileuristas” es porque en Tokio resulta casi imposible sobrevivir con mil euros. Un taxi desde el centro hasta el aeropuerto de Narita puede salir por más de 200 euros. Cubrir el trayecto en autobús cuesta 8 veces menos, pero aún así sigue siendo más caro que un taxi de Cibeles a Barajas. Perdonen el galimatías, pero es que estos precios aturden, sobre todo viniendo de China. A lo que íbamos: en la capital del Sol Naciente un apartamento medianamente céntrico no se encuentra por menos 3.000 euros al mes y la educación pública allí es casi tan cara como la privada en España.

“No ahorramos nada, no podemos permitirnos tener hijos por el momento”. Es la conclusión a la que llegan Asuka y Haruto, una joven pareja con estudios universitarios de Tokio, después de un almuerzo a base de sushi dedicado a charlar sobre las condiciones de vida en su país. Entre los dos no ganan más de 400.000 yenes (unos 3.000 euros), una cifra que les permite vestir bien, pagarse vacaciones en el extranjero, salir a cenar de vez en cuando y darse algún que otro capricho tecnológico. Han renunciado, sin embargo, a otras muchas cosas de las que sí disfrutaron sus padres: por encima del resto a un trabajo estable, a una casa en propiedad y a la posibilidad de tener hijos.

Los jóvenes prefieren llamarse “Doscientosmilyenistas”

Los números japoneses están a años luz de los nuestros. Con todo, y salvando las distancias, los problemas de los que se queja la gente joven en los sondeos de opinión (que fueron abundantes antes de las elecciones) resultan muy familiares. Y es que mientras sus padres empiezan a preocuparse por lo que pasará cuando se retiren, jóvenes que ya no lo son tanto van tirando con contratos basura y sin perspectivas de mejora, arrastrando becas laborales y perdiendo capacidad adquisitiva, tranquilidad y nivel de vida desde que se independizaron. No serán “mileuristas”, de acuerdo, pero un elevadísimo porcentaje de ellos podrían acogerse a la definición “dosmileuristas”, que al cambio viene a ser lo mismo. Con la afabilidad típica de los japoneses, Asuka y Haruto, que han vivido en España, se ríen al oír la analogía, pero les gusta más el término “doscientosmilyenistas”. Su frustración, por cierto, ha sido decisiva en el histórico vuelco electoral vivido a finales de agosto.

A pesar de que su punto de partida es notablemente mejor que el nuestro, los japoneses nos llevan una ventaja de veinte años en esto de la crisis. De la “generación perdida” japonesa empezó a hablarse mucho antes de que en España se acuñase lo del “mileurismo” y la cosa no ha hecho más que empeorar. Los “doscientosmilyenistas” llegaron haciendo ruido, resquebrajando el Japón de los “salaryman” ligados de por vida a una empresa donde tenían asegurado el futuro. En los "buenos tiempos" las mujeres no necesitaban trabajar para llegar a fin de mes, pudiendo mantener sin despeinarse un tradicionalismo inusual para un país industrializado. Algo que, en realidad y aunque cada vez hay más excepciones, se sigue haciendo: la mayor parte de las japonesas abandonan su empleo cuando se casan o cuando nace el primogénito. “La propia empresa y los compañeros no aceptan bien a una mujer con hijos”, apunta Asuka.


Las cosas han cambiado desde entonces y siguen haciéndolo. Después de los llamados "freeters" (jóvenes que sacrificaban las comodidades de los "salaryman" por una mayor libertad en trabajos inestables) llegaron las reformas económicas de Koizumi y con ellas una inestabilidad laboral que se extiende por el archipiélago. Quizá por todo lo anterior, Japón es el país más envejecido del mundo (España, el cuarto). Apenas nacen niños y el Gobierno no abre espita de la inmigración extranjera. Uno de cada cinco habitantes tiene ya más de 65 años, una cifra que se duplicará en 15 años si no cambian radicalmente las cosas, poniendo seriamente en peligro el sistema de pensiones y la supervivencia de un sistema económico que hasta hace relativamente poco parecía que se iba a comerse el mundo. Lo dicho, tan lejos y tan cerca


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