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Lo que ERC no cuenta de la independencia

21:27 | 24 de octubre, 2009

El coste de los referendos ha sido un lastre para la economía del Québec, la provincia con más riqueza de Canadá. Las consultas quebequesas hundieron el inmobiliario. Carod-Rovira ha embalado a Cataluña en un proceso sin explicar a los ciudadanos los costes que acarrea. Las empresas no pueden denominarse en inglés. Los contrarios al proceso de secesión ganan terreno.

Para muchos políticos independentistas catalanes Québec ha sido el espejo en el que mirarse. En las Facultades de Ciencias Políticas catalanas es tema preferente de tesis. Sin embargo, poca atenciones presta a la cara oculta de los referendos o tentativas secesionistas que Québec ha protagonizado cada 15 años y que ha dejado surcos muy profundos y agrios en la piel económica de la provincia más grande de Canadá y una de las más ricas. Aún así, el impacto de las ansias independentistas ha producido paro y un enorme salto atrás económico en la sociedad quebequesa. Es lo que Carod-Rovira y los independentistas catalanes no cuentan en Barcelona, pero que los catalanes deben saber.

Los referendos secesionistas de 1980 y 1995 y las decisiones posteriores, como la imposición lingüística del francés, han trasladado a Toronto buena parte del florecimiento económico y cultural de Montreal, así como a muchas multinacionales y empresas canadienses. Una pérdida de riqueza que se concreta en que, hoy día, una propiedad de similares características vale la mitad en Montreal que en Toronto. En términos de renta disponible, un mismo empleo se premia con salarios superiores un 20% más en Toronto que en Montreal. “C’est la vie!”, se lamentan en Québec.

Los que conocieron Montreal —la principal ciudad de Québec— en los cincuenta saben que era el centro cultural, artístico y de las finanzas de Canadá. Una ciudad floreciente que sostenía una orquesta sinfónica, cuatro universidades y docenas de teatros. Hoy, sencillamente, se añoran aquellos tiempos pujantes.

El independentismo quebequés tuvo tintes violentos, duramente reprimidos con condenas a perpetuidad de sus responsables en los años setenta. Coincidiendo con los JJOO de Montreal 76, René Lévesque y su Parti Québécois ganaban las elecciones y se empecinaban en llevar la secesión a referendo el 20 de mayo de 1980. El resultado fue que perdieron con un 40,5% de los sufragios. Para entonces se había producido un importante éxodo de empresas anglófonas y multinacionales, así como una caída del inmobiliario. Hasta el Banco de Montreal cambió su sede a Toronto.

Jacques Parizeau y Lucien Bouchard, del mismo partido Québécois, volvieron a someter a referendo la soberanía del Québec en 1995. Volvieron a perder, esta vez por menos de un punto (49,6%). Los estudios económicos presagiaban serios nubarrones para la soberanía quebequesa. El Fraser Institute estimaba —caso de ganar el “sí”— una caída de entre un -5 y un -10% del producto bruto de Québec. La Universidad McGraw Hill estimaba un -5% de caída y el Economic Council of Canadá dibujaba una horquilla de caída de entre el 1,5 y el 3,5%. Los bonos a diez años de Québec impactaban 110 puntos básicos y los de Hydro-Québec, unos 75 puntos básicos.

De nuevo se produjo una caída de la actividad, de lo inmobiliario, de la renta disponible y del empleo. A pesar de ello, en términos políticos quedaba claro. Las ínfulas independentistas habían subido nueve puntos y los gobiernos democráticos quebequeses eran cada vez más radicales.

La violencia no llegó nunca a los extremos de los años setenta, pero se volvió de “baja intensidad”. La compañía McDonald’s —harta de sustituir lunas destrozadas de sus establecimientos— optó por transformarse en Les cafés Second Cup. Lo mismo que The Bay se transformaba en La Baie o Staples en Bureau Engros. Todo para evitar multas lingüísticas. La lista de los que se fueron es menos conocida, aunque más larga.

Eso tuvo mucho que ver con que el Parlamento del Canadá aprobase en 2006 el reconocimiento de Québec como “nación” para calmar las ambiciones secesionistas. De nuevo, lo sucedido allí sería imitado en Barcelona. En Québec se imponía el francés como “única lengua oficial” y se puso en marcha el servicio de inspección lingüística para revisar el uso del idioma oficial en los locales comerciales. Incluso, la Oficina de la Lengua Francesa, conocida por mucha gente como la Gestapo de la lengua, purgaba de cualquier acento anglófono de los nombres del registro de sociedades en Québec.

La llamada Ley 101 formateaba un entorno educativo excluyente. Sólo reconoce el derecho a recibir educación en inglés a los hijos de aquellos que estudiaron la secundaria en inglés y en Québec (por lo menos un progenitor). Los extranjeros, los inmigrantes, se ven forzados a estudiar en francés. La reticencia a intercambios de empleados del mundo anglosajón y el Québec iba a perjudicarse definitivamente produciendo un fenómeno que llaman “desglobalización”.

Todas esas “concesiones” al soberanismo le han quitado fuerza. Por un lado, el ministro canadiense de Asuntos Intergubernamentales, Stéphane Dion, ha subido el listón de la victoria de un hipotético tercer referendo a un mínimo del 60% de los votos. La más reciente encuesta publicada por el periódico Le Devoir a mediados de septiembre afirma que el 70% de la población está contra la independencia, más que otra cosa por sus perversos efectos económicos.