Éramos miles y no cientos
Vicente Vercher Castelló
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Cuando nuestros hijos se ilusionan con la idea de ver nieve, los padres perdemos el oremus para complacerlos y cometemos torpezas. Eso nos ocurrió el sábado pasado a mi mujer y a mí, aburridos de oír las peticiones de nuestro hijo Fabián.
La mañana empezó soleada y la ilusión iba en aumento cuando la autovía Mudéjar nos acercaba a las pistas de esquí de Valdelinares. Nos dirigimos a Rubielos de Mora, con la intención de preguntar a los lugareños cómo se presentaba la jornada de nieve que ya pasaba factura en la A-1515. El frío, la ventisca y el hielo no permitían pasear, aún así y todo, sacamos el trineo del portamaletas y empujé a mi hijo por las calles que parecían un cuento de hadas heladas dueñas de caminos vacíos y chimeneas humeantes que no derretían los carámbanos amenazantes de las cornisas.
Nos avisaron de que la carretera a Valdelinares estaba cortada y que subir a las pistas era imposible. En el pueblo, la aventura había tocado a su fin y decidimos regresar a Barracas, un hervidero de gente irritada por la desconfianza. Nadie sabía qué ocurría. En el pueblo no cabía ni un solo coche y la antigua carretera nacional se había convertido en un improvisado aparcamiento repleto de gente exasperada. Así estuvimos dos horas. Sin comer, cortados de frío, preocupados por la situación y saliendo y entrando del coche cada vez que veíamos algún movimiento que nos devolviera alguna esperanza. Un guardia civil, consumido por el frío, enrojecido el rostro por la desesperación que provoca la impotencia, nos anunció que teníamos que aparcar en Barracas hasta nueva orden. Que la autovía estaba cortada y que no sabía cuánto tiempo iba a tardar en abrirse. Aún pudimos regresar al pueblo y comer un plato caliente antes de conocer la verdadera tragedia.
Las conclusiones eran difusas, desesperadas, nerviosas para familias como la nuestra que llevaban niños pequeños a los que si la situación continuaba, no sabíamos cómo cuidar. El frío y la ventisca se adueñaban del entorno y la autovía no daba soluciones. Los coches circulaban ante nuestros ojos pero no en dirección a Valencia, sino que los entraban a todos en Barracas. El último comentario ya nos aceleró el pulso. «Una máquina quitanieves ha volcado y ha bloqueado la carretera». La situación ya se había vuelto desesperada. Las horas pasaban y los cuatro mesones del pueblo no darían abasto a las miles de personas atrapadas en la nieve.
Cambié el rumbo de mi coche y decidí marcharme en dirección Teruel, para encontrar un alojamiento que nos diera cobijo. Pude comprobar la magnitud interminable de coches atascados en la autovía. Por eso digo que éramos miles y no cientos, como dicen las noticias. Miles de coches en más de diez kilómetros de retención, ocupando los dos carriles de la autovía, miles de personas que a las cuatro de la tarde no sabían a qué se tenían que enfrentar. Mi mujer, me miró con desesperación. «¡Dame el mapa!» le dije en un arrebato. Cuando me lo entregó, me miró sabiendo que ya había encontrado una solución. Regresé a Rubileos, el encargado de la gasolinera maldecía a los políticos tercermundistas que nos gobiernan y no controlan la situación. Sugirió el camino de Olba, llegar a Montanejos y al abrigo de las montañas entrar en Onda y regresar a Valencia.
Desde aquí, desde la experiencia que provoca la tragedia, desde la verdad que viví con miles de personas que como yo pasaron frío y duda, falta de información y extrañeza les digo a los de la Generalitat y la Diputación, que ya les vale, que si subo con mi familia por una carretera, tengo derecho a poder bajar por ella. Y que si vuelca una quitanieves que movilicen otra. Que una carretera es como una vena por donde corre la sangre a la que sí hacen caso, cuando estamos ante una urna. Feliz año nuevo señor President.


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