De la política catalana actual -del catalanismo, para ser más exactos- sorprende la mirada al medioevo. Si ustedes se acercan al Estatuto, encontrarán referencias a un «pueblo de Cataluña» que «ha mantenido a lo largo de los siglos una vocación constante de autogobierno, encarnada en instituciones propias como la Generalitat -que fue creada en 1359 en las Cortes de Cervera- y en un ordenamiento jurídico recogido, entre otras recopilaciones de normas, en las Constitucions y altres drets de Catalunya».

Más adelante, el Estatuto afirma que el autogobierno de Cataluña, además de en la Constitución, «se fundamenta en los derechos históricos del pueblo catalán, en sus instituciones seculares y en la tradición jurídica catalana». ¿Se imaginan ustedes qué diría el catalanismo si en la Constitución aparecieran referencias al Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio o a los Reyes Católicos? ¿Se imaginan ustedes qué diría el catalanismo si en la Constitución se afirmara que la soberanía española se fundamenta «en los derechos históricos del pueblo español»? Cosas de la caverna, sentenciarían. Y el caso es que estas referencias cavernarias aparecen en el Estatuto. Ahí no acaba la cosa, porque la deriva medieval del catalanismo actual se percibe también en otros lugares.

Hablemos, por ejemplo, de las veguerías.

Tiene miga que se recupere una división territorial -el restablecimiento aparece en el articulado del Estatuto- que procede del siglo XII. ¿Qué ocurre aquí? Al catalanismo no le gusta la división en provincias. Suena a español. Tanto da que Javier de Burgos se inspirara en la administración republicana francesa -en el departamento instaurado por la Asamblea Nacional y consolidado en 1792 por la I República francesa- cuando en 1833 instituyó la división provincial con el objeto de equilibrar los intereses territoriales. Tanto da que la provincia haya creado una conciencia de pertenencia. Todo eso, da igual. Noten el detalle: la idea republicana de provincia, así como la sensación de pertenencia a un territorio, es negada precisamente por quienes se declaran republicanos y siempre dan la vara con el sentimiento de vinculación territorial. La provincia española del XIX es sustituida por la veguería catalana del XII.

Sí señor, a eso hay que llamar progreso. De las veguerías a la lengua. La obsesión monolingüe del catalanismo -ahí está la Ley de Política Lingüística y la reciente Ley del Cine- es de claras resonancias medievales. La cosa remite al fuero extenso medieval del XI que otorgaba frontera y privilegios a los municipios. La política lingüística de la Generalitat, al modo de la tradición foral vieja española -¡española!-, dificulta el traslado y la comunicación -así como el trabajo- entre las personas creando fronteras identitarias o nacionales. Sí señor, a eso también hay que llamarlo progreso.

La deriva medieval del catalanismo actual no se explica sólo en función de filias y fobias históricas o identitarias. Hay algo más. El poder y el salario. El PSC, para reeditar el tripartito, ha de satisfacer los deseos territoriales y lingüísticos de ERC. Y, si finalmente el socialismo pasa a la oposición, siempre tendrá alguna veguería -o la recientemente recuperada Área Metropolitana de Barcelona- en donde alojarse. Así de prosaico.

http://www.abc.es/20100212/catalunya...-20100212.html