QUEDA un tizón, queda un poso apelmazado y reseco de aquella «biblia», de aquel Libro Gordo de Juanete que fuera manual de consignas para tantos, resaca para tantos otros, que aquí se hizo y se sigue haciendo una literatura preceptiva, artificiosa, tramposa, capada y edulcorada -escribe Joan Dolç- elaborada por una industria cultural para lectores sumisos, gargarizándoles la fonética, expurgándoles el léxico, imponiéndoles una lengua estandar... que a su arrimo nacen y crecen judas de todas las cenas, filólogos de babero, intelectuales de albarda, quintacolumnistas, felones colaboracionistas con tanta pedantería como soberbia, con tanta avaricia como vanidad; por eso algunos como Andrés Estellés alcanzan el nivel freático tan bajo que al recibir el Premi de les Lletres Catalanes ¡piden perdón por hablar con acento valenciano!

Todo viene de aquel tiempo en que en algunas Facultades de la Universidad de Valencia se levantaron muros, fielatos identitarios colectivos, llenándose de apóstatas, de menegildos y rodrigones procedentes de un pasado que lo vivieron del derecho y lo contaron del revés; en busca de un tic meritorio, de un salvoconducto ventajista. Así empapuzaron a sus alumnos con un marxismo -tendencia Groucho- ya caquéxico, decadente, fibrilando mentes de progresismo, esa argolla petulante y conspicua, con fobia de la excelencia, con desprestigio del esfuerzo, de la memoria, con culto a la expresión corporal, huelguen la palabras, sea todo eslogan, pancarta o graffiti, con el «mega» como medida de todas las cosas. Y sobre todo, nada sea España. Así fue, así lo sufrimos de tres generaciones universitarias de envalentonados de claustro licenciando a los catecúmenos en avales dogmáticos y no en dudas enriquecedoras, atribuyéndose funciones definitorias, axiomáticas, conceptos varios que repugnan a la misma ciencia, salvo a la infusa que invocan y difunden... acabándolo todo en un ¡Carma! que rompe con todas las estructuras fonológicas universales.

Así, nada extrañe que en aquella Universidad hubiera espacios más propios de muladar que de claustro, que los modos fueran más de «saloon» que de aula. Fuera, pintadas subversivas a tutiplé. Dentro, posters a pared llena, una galería de maestros para revolucionarios de hemiciclo; y frases, muchas frases, un refrito de máximas para satisfacción del párvulo rebelde. Estuve en los últimos años en muchas sesiones celebradas en el aula magna de la Facultad de Filología, hoy de Historia y Geografía, siempre con el aforo cubierto. Recuerdo una en que Javier Tusell, historiador, contó que de aquella Facultad se había depurado el 40% de los profesores ¡por la República!, cuando de ella a los oyentes solo les habían enseñado purezas...

Cierto que «Joan» dijo en sus últimos años que «no quise escribir una doctrina, no soy apóstol de ninguna congregación...». De aquella doctrina quedan residuos reunidos días atrás en un aula magna para escuchar a un «libertador» de la tierra. Fueron pocos los asistentes; van a menos los fanáticos, aunque se mantienen los nostálgicos. Punto cat.

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