La casualidad ha querido que la resolución del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) en el que se insta a la Generalitat a cumplir las sentencias favorables al bilingüismo escolar en un plazo de dos meses, se haya hecho pública justo 110 años después del famoso discurso sobre el «big stick» pronunciado por el presidente de Estados Unidos Theodor Roosevelt: «Habla en voz baja, pero lleva contigo un gran garrote». El paralelismo entre el imperialismo americano con el nacionalismo catalán es algo forzado, pero hay mucho deje dominante en las actitudes de todos los hombres y mujeres del presidente Artur Mas, tanto en la primera línea de batalla patriótica, liderada por la consejera de Enseñanza, Irene Rigau, como en la retaguardia, capitaneada por Oriol Pujol.

El hijo del principal instigador de la ley de política lingüística —génesis del actual embrollo que nadie se ha atrevido a recurrir ante el Tribunal Constitucional (TC)—, defendió ayer la obra de su patriarca genético e ideológico, Jordi Pujol, convirtiendo el monolingüismo escolar en «casus belli». Todavía es pronto para saber en qué se traduce ese belicismo, en caso de que las alegaciones del ejecutivo autonómico contra el «ultimatum» judicial no prosperen, pero ya hay llamamientos del poder ejecutivo a la ciudadanía para que defienda al poder legislativo de las embestidas del poder judicial. Algo que ya ocurrió con la sentencia del TC sobre el Estatuto, pero ahora hay Diada Nacional de Cataluña de por medio y unas elecciones generales a celebrar poco después de que expire el plazo fijado por el TSJC. De esas proclamas callejeras poco hay que temer, pues éstas suelen quedar eclipsadas por la pugna entre nacionalistas y/o independentistas por capitalizarlas. A lo que hay que tener miedo es al adoctrinamiento ideológico que hay detrás de esa furibunda oposición a que en las escuelas se introduzca una hora o dos más de castellano, que a fin de cuentas, no deja de ser una simple propina bilingüe. Una propina que la consejera Rigau interpreta como un ataque al sistema de inmersión lingüística y como una excusa para practicar ese imperialismo interior —del pancatalanismo ya hablaremos otro día— que Convergència aplica en voz baja. Lo de recurrir al «big stick», más allá de los ramalazos autoritarios de la titular de Educación —defensa del uniforme, críticas al buenismo escolar— es menos probable. CDC no suele cumplir sus amenazas y el ejemplo más reciente es su abstención en la reforma constitucional. Si Mas necesita pactar de nuevo en esta legislatura con una «integrista bilingüe» como Alicia Sánchez-Camacho (PPC), no les quepa duda de que volverá a hacerlo.

«Big Stick» - ABC.es