• Las sociedades- en todos los tiempos- pivotan en torno a dos hechos: la cooperación entre sus miembros para resolver los problemas que se plantean y el conflicto cuando los problemas no se resuelven en la medida que suponen una división profunda de la sociedad. Cuando el conflicto hace imposible la cooperación o el consenso, la instancia que lo resuelve es el Estado en cualquiera de sus manifestaciones, incluida la manifestación autonómica. En esas estamos con el recurrente, permanente y molesto tema del catalán y su proyección al ámbito de los derechos y libertades ciudadanas.
  • A la hora de abordar el conflicto es obligado plantearse los teóricos bienes en contraposición porque la superioridad de uno u otro deberá condicionar ls decisiones que se tomen. De ahí la importancia de comprender la real naturaleza del conflicto como imperativo moral, político y jurídico que no es, en este caso y como he reiterado hasta la extenuación, un conflicto entre el catalán y el castellano, sino un conflicto entre libertades y derechos, que unos- más del 80% de la población encuestada durante 30 años, lo cual muestra la solidez de las convicciones ciudadanas- pretenden que se concreten en leyes y políticas protectoras de dichos derechos y libertades, y otros que los niegan, residenciando estos altos principios y valores, no en sus únicos, exclusivos y excluyentes titulares posibles que son los ciudadanos, sino en entes abstractos como la lengua, la nación o cualquier otro ente de razón que se les ocurra.
  • Ha interiorizado tanto el catalanismo esta negativa a admitir el ejercicio de derechos que, no sólo están constitucionalizados, sino que se consagran en la Declaración de los Derechos Humanos, cuyo “telos” subyacente- en la Constitución y en los Derechos Humanos- no ofrece el menor resquicio para la duda. Esto explica la inferioridad dialéctica y la incomodidad del catalanismo cuando el debate se plantea en el marco donde debe producirse: el de los derechos y libertades del individuo físico. Basta leer, en libertadbalear.com, los post de catalanistas moderados en sus comentarios sobre esta cuestión para percibir hasta que extremo rehúyen cualquier debate que se centre en el ámbito de la libertad y no en el ámbito de la lingüística o de los fervores nacionalistas..
  • El problema, sin embargo, no está sólo en el ámbito del catalanismo, sino en otros ámbitos sociales y políticos que, se supone, deberían ser adalides de estos altos valores que informan todo estado democrático y de derecho. Se ha producido lo que Hannah Arendt llama la banalización del mal en su admirable libro sobre Eichmann, que es lo que ocurre cuando, por dejadez, irresponsabilidad o comodidad, se acepta y, de alguna manera impulsa, el mal.. Es lo que ha hecho, por ejemplo, el PP balear a lo largo de todo lo que llevamos de autonomía: ser cooperador pasivo- y, a veces, activo- de la entronización del mal que no es, insisto, el catalán, sino el derecho a la libre elección de la lengua en detrimento del bien supremo que son los derechos y libertades individuales.
  • Parece que el govern de Bauzá va a poner fin a esta anomalía democrática de acuerdo con uno de los ejes fundamentales de su campaña electoral. Laus Deo. Sin embargo, han interiorizado de tal manera esta banalidad del mal impuesta y asumida por el catalanismo que parecen verse obligados a un acomplejado discurso lleno de tiras, aflojas, explicaciones y, a veces, casi disculpas. Conviene que recuerden esta esencial función del Govern de zanjar de una vez esta cuestión que divide a una abrumadora mayoría social partidaria de las libertades y una minoría que no cree en estas libertades. Lo que se exige al Govern del PP no es que “castigue” al catalán, lo minusvalore o lo arrincone, ni que promocione y ensalce el castellano, sino que ejerza su función arbitral y restaure la libertad a la libre elección de la lengua conculcada por más de treinta años de autonomía. Sólo eso.


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