Tal fue la sangría perpetrada por el tripartito (esa colusión de intereses espurios que, a medida que se disuelve en la lejanía, más asemeja un ardor parasitario; también en lo ideológico, por cierto, pues fue el nacionalismo su primer huésped), tal fue el estrangulamiento del erario en aras del victimismo, que aun sus más conspicuos promotores, ahora al frente del Gobierno, han aplazado la llamada construcción nacional para poner el colmado en orden.

Primero fue la restricción del gasto en sanidad, uno de esos santuarios infestado de líneas rojas en el que no había osado hozar ningún Gobierno. Después vino la revisión de los más de 30.000 expedientes de beneficiarios de la Renta Mínima de Inserción, que ha dejado al descubierto casi 5.000 casos fraudulentos. El tercer hito, anunciado por Artur Mas 48 horas después de las elecciones del 20-N, fue la previsión de aplicar una rebaja salarial a los funcionarios de la Generalitat, a lo que cabe añadir el probable establecimiento de una suerte de copago farmacéutico.

En cierto modo, y como ocurriera entre las postrimerías del franquismo y el 20 de marzo de 1980, fecha en que Jordi Pujol se proclamó presidente de la Generalitat, Cataluña se perfila como el laboratorio en el que España ensaya el remedio para reingresar en la modernidad. El embate de la crisis, no obstante, ha hecho jirones las ínfulas de antaño. Ahora, en efecto, ya no se trata de que Barcelona se convierta en la Nueva York del Mediterráneo, sino de salir a flote. Secamente.

No deja de inspirar desazón, o acaso melancolía, que los tres períodos recientes en que Cataluña ha constituido un preludio europeísta coincidan con otras tantas fases durmientes del nacionalismo. Durante la transición, el bullicio contracultural que caló en Barcelona hacía inimaginable la sola idea de una ciudadanía regida por conceptos como el de la lengua propia. A finales de los ochenta, la fiebre olímpica imprimió en los barceloneses un cierto carácter insurgente frente a la grisura del nacionalismo, un arrebato cosmopolita que el Maragall de entonces acertó a convertir en un relato plausible, en un horizonte moral que relegó el catalanismo a un plano secundario. Ahora, el nacionalismo fetén ha impuesto un código de primeros auxilios por el que no ha lugar seguir cebándose en el chantaje al Estado; antes bien, con cada tijeratazo parece estar proclamando que la salvación de la patria pasa, muy precisamente, por salvarla de sí misma. Bien es cierto que de vez en cuando, y a fin de refrescar las cuatro reglas de la cohesión social, algún consejero o el presidente mismo tiran de repertorio y posturita, pero lo cierto es que, atenuada la efervescencia del independentismo, y después de los estragos de ese otro Maragall, el que consagró su obra de gobierno a hacer el trabajo sucio del pujolismo, a la verbena nacionalista no le queda otro guiñol que el notario López Tena.

Así las cosas, y cual remedo de la paradoja belga, Cataluña asoma la cabeza en la medida en que tiende a la disolución, en que desanda el trecho que la separa de España. O, por decirlo a la manera de Parménides, Cataluña es en la medida en que no es. El último jalón de ese reverso identitario es el recorte del presupuesto de TV3, una empresa pública de hechuras monstruosas que, desde su fundación en 1983 hasta nuestros días, ha devenido en el principal foco emisor del adoctrinamiento nacionalista. Su directora general, Mònica Terribas, compareció en sede parlamentaria para advertir a la población de que el tijeratazo de la Generalitat podría poner en peligro... la retransmisión de los partidos de fútbol.

La palmaria escisión entre lo irrisorio del llamado peligro y el estado de abatimiento de Terribas tal vez se debiera a que, en aquel instante, por su mente no pasaba el fútbol, sino Cataluña; acaso obedeciera, en fin, a la imposibilidad técnica de no poder acusar a CiU de actuar contra Cataluña, que es, claro está, lo que habría tenido que oír cualquier Montilla.

Si me das a elegir