Es curioso observar hasta qué punto incluso los periodistas aparentemente más neutrales se dejan abducir por las ruedas de molino catalanistas. El pasado sábado mi paisano Llorenç Riera, en Diario de Mallorca, titulaba así su artículo diario: “El PP se complica la vida con el catalán”. En efecto, el PP se la está complicando pero no por lo que dice Riera sino porque no está cumpliendo con las expectativas generadas ni con las promesas electorales de libre elección de lengua. El problema del PP es con sus votantes, no con los catalanistas que nunca le votarán y que son insaciables, gobierne quien gobierne.

El bueno de Riera hacía suyo un argumento al que los catalanistas están recurriendo estos días para manifestar su disconformidad con la rebaja del catalán a mérito, tal como fija la nueva ley de función pública. La rebaja del catalán estaría generando crispación y dinamitando la convivencia. Bauzá y Delgado estarían creando un problema donde no lo había, removiendo las límpidas aguas del oasis balear con sus extravagancias lingüísticas. La crispación es un argumento muy socorrido en política, se puede utilizar al derecho como al revés, un comodín que sirve para tachar al adversario de irresponsable porque antepone sus intereses políticos a la convivencia y a la paz social.

Más curioso resulta todavía que Riera, en su afán por respaldar la tesis de la crispación, afirme que los ciudadanos en general no hacen de la lengua ningún problema y que la realidad es bilingüe. Cierto. ¿Y a quién molesta el bilingüismo como tal? ¿A los catalanistas o al resto de ciudadanos? Quienes siempre han abjurado del bilingüismo, al entenderlo como un estado transitorio hacia la completa asimilación lingüística, han sido los catalanistas. Quienes siempre han hecho de la lengua un problema, al entender que “no pueden vivir en catalán” en una "tierra catalana", han sido los catalanistas, no el resto de los ciudadanos. El problema tiene su raíz en la voracidad del catalanismo, que ha ido en aumento a medida que la clase política y la sociedad cedían a sus demandas. A cada cesión se han radicalizado. Tan es así que incluso un partido como el Partido Popular que en 1986 se mostró favorable a la ley de normalización ha tenido que recular ante los destrozos causados. Veamos quiénes son el problema. A fecha de hoy, los últimos rescoldos de violencia política en Mallorca provienen de los catalanistas. Han sido ellos quienes han rebasado con creces los objetivos de la ley de normalización lingüística y el decreto de mínimos hasta hacerlos irreconocibles, vulnerando derechos fundamentales como ya están reconociendo los tribunales. En la Administración han hecho la vida imposible a todo aquel que no pasara por el tubo. Sinceramente, no entiendo como Antoni Pastor, Tòfol Soler o Llorenç Riera no se dan cuenta de que durante los últimos veinticinco años el catalanismo se ha pasado de la raya y que lo único que está intentando Bauzá es reconducir una situación que con el Pacte se nos había ido completamente de las manos. ¿O no se acuerdan del plan auspiciado por la OCB con aquellas dos mil medidas para favorecer el uso del catalán, un verdadero programa to-ta-li-ta-rio que nos metía el catalán hasta en la sopa?

Riera asume otro de los argumentos catalanistas más socorridos: quienes defendemos la libertad lingüística somos unos “españolistas” que queremos liquidar el catalán. No más lejos de la realidad. Decía Lorenzo Villalonga que no es lo mismo tener apéndice que padecer apendicitis. Los catalanistas, como seres unidimensionales que son, proyectan en nosotros sus propias intenciones. Yo defiendo la libertad (que no atenta contra nadie) porque creo que es lo justo y lo sensato, es más, probablemente me hubiera ido mejor en la vida (¡seguro!) si hubiera decidido seguir por la senda catalanista. Ello no es óbice para que hable mallorquín todo el día.

Nos dice Riera que el catalán está “necesitado de protección” cuando los últimos estudios del Institut d’Estudis Catalans señalan que nunca antes el catalán había tenido tantos hablantes, por no hablar del gran prestigio social y cultural que tiene ahora mismo. Yo sí creo que la producción en catalán debe mimarse, otra cosa es que en nombre del catalán se utilicen las ayudas a la cultura catalana para hacer política, no se pueda aprender en español, se limite el acceso a la función pública a los no catalanohablantes, se pretenda erradicar al castellano de la vida pública o se discrimine la cultura en español. La cuestión es que, para las huestes catalanistas, defender el catalán es sinónimo de atacar el español. Y no debería ser así.

Aquí lo que ocurre es que, gracias a la presión catalanista, se han traspasado líneas rojas que nunca deberían haberse traspasado. Y si Pastor o Soler no lo entienden así, mejor que vaya pensando en cambiar de partido. Suena a chirigota que, después de pretender imponernos programas de ingeniería social propios de Cuba o de Corea del Norte, los catalanistas se presenten como la moderación y la centralidad personificadas. Los alcaldes rebeldes del PP no es que sintonicen con la realidad de la calle, como dice Riera, es que han perdido el oremus de lo que esto significa. La moderación y el sentido común hace tiempo que dejaron de ser el santo y seña del catalanismo en esta tierra. El amor hacia el catalán de un hombre de orden como Mossèn Alcover nada tiene que ver con el odio que anida en los corazones de un Tomeu Martí o Joan Lladó. La contribución al catalán de unos y otros también salta a la vista. Y que Pastor o Soler se hayan creído que la única forma de promover la lengua catalana es hacerlo como le dictan los catalanistas sólo es fruto de la consabida indigencia intelectual de los mandamases del PP.

Nos dice Riera que el Govern está estimulando la “división”, otro argumento de aurora boreal. Ahora va a resultar que en una democracia cuando la inmensa mayoría no se somete a la dictadura de una minoría fanática y ruidosa se estimula la “división”. Salvo a los catalanistas, no creo que a esta gente normal que practica el bilingüismo en la calle le moleste que el catalán deje de ser un requisito para los funcionarios. Es penoso comprobar, como ya ocurriera en los años treinta, la rapidez con que el mensaje totalitario se proyecta desde los faros que, como el Diario de Mallorca, deberían saber separar el grano y la paja antes de pretender ejercer de guías en una sociedad democrática.

(Juan Font Rosselló/El Mundo)

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