Como no podía ser de otro modo, el Govern de Bauzá se ha visto obligado a dar un golpe de timón en algunos aspectos que enervan a la población. El tema de las lenguas, los topónimos o la onomástica es el que más comentarios levanta en el bar o en la prensa digital. La gente se implica, quizás porque se siente agredida por esta ingeniería social que pretende envolverlo todo de un modo totalitario. El tema estaba zanjado y lo seguiría estando si se aplicaran principios de buena fe, buena voluntad y tacto democrático. En una sociedad profunda y extensamente bilingüe desde hace siglos, yo diría que desde siempre, aunque no en el mismo nivel ni intensidad, no funcionará ninguna medida que ignore la presencia del otro.

Los catalanistas tienen una extraña manera de negociar: siempre quieren más. Ni siquiera les entra por la cabeza que en una negociación tengan que retroceder dos pasos para, algún día, volver a avanzar tres. Tan sencillo que hasta Mao lo entendía. Lo quieren todo, al momento y para siempre. No es exagerado el temor de quienes ven patente una hispanofobia y un antiespañolismo: ni una ni otro conducen a nada.

En realidad las historias que nos cuentan son un cuento chino. El catalán no desapareció porque sus habitantes lucharan ´bravamente´ contra la dictadura hasta el minuto final en que el dictador murió en la cama. No. El catalán no ha desaparecido porque se ha seguido hablando. Un idioma que se usa no desparece. Y la presión del español o castellano puede interactuar pero en principio no borra ningún idioma del mapa.

Me parece un buen paso de Bauzá. El catalán es un mérito (¿por qué? dirán algunos, cada cual nace donde le nacen y esto no es mérito sino destino) y en muchos casos es un requisito, aunque esto se lo callan los catalanistas.

Es más, los ayuntamientos han de poder decidir libremente cómo rotulan sus calles y cómo denominan a su pueblo. Si hubiera buena voluntad esto se pactaría y santas pascuas. Los pueblos de nombres de santos se pueden llamar de las dos maneras, y de hecho ocurre así.

Pero no parece muy acertado traducir Cala Vedella, Comte, etc. No solo esto, parece prudente respetar la ortografía catalana o en su caso la ibicenca. Pero a ver ¿quién es el guapo que traduciría Portinatx, es Vedrà, es Cubells, Buscastell? Ha de privar el sentido común, aflojar la crispación y no perder el tiempo en guerras que no nos llevan a nada. El otro también existe, hable español o alemán. Y convive con nosotros.

Ya sé que esta guerra no es privativa de Ibiza ni de Catalonia. En el Norte siguen empeñados en una cruzada parecida, pero yo pienso que podrían convivir perfectamente San Sebastián / Donostia o Mondragón / Arrasate o Fuenterrabía / Hondarribia, Orense / Ourense, etc.

Técnicamente no hay ningún problema. Culturalmente seríamos más ricos. Y humanamente viviríamos bastante más tranquilos. Por esto, me han gustado las medidas de Bauzá y la modificación de la ley de la Función Pública, aunque creo que se han quedado cortas.

Topónimos y onomástica - Diario de Ibiza