SIEMPRE tan hábiles en poner etiquetas, los catalanistas se sacaron de la barretina el término catalanofobia para censurar a cualquiera que censure un privilegio catalán. Así, catalanófobo es el que tacha de inconstitucional el Estatut, quien discute la inmersión, o se queja de tal o cual cesión gubernamental. Hay que andarse con mucho cuidado para no herir sensibilidades. Es preciso ser condescendiente para que Cataluña se sienta cómoda entre nosotros y no tenga ganas de irse.

El chantaje ha funcionado bastante bien, produciendo una suerte de autocensura. Aspectos diversos de la política murciana o estadounidense pueden comentarse sin miedo a que uno sea motejado de murcianófobo o alérgico a los yanquis. Con Cataluña es necesario ser cuidadoso y andarse con pies de plomo porque el catalanismo posee una inmunidad otorgada por su habilidad, y por una historia mal contada que lo convirtió en baluarte antifranquista.

No hubo tal. En la corte de Franco menudearon personajes del Principado. La burguesía catalana no tuvo reparo alguno en darle la vuelta a la chaqueta, hacerse asidua del régimen y aprovechar los beneficios económicos que le proporcionaba. Nadie encarna mejor esa, digamos, capacidad de adaptación que el difunto Samaranch, señor de los anillos. Pujol fue un parvenue al que la sociedad catalana sólo acepta a posteriori.

Pero ¿a qué viene a cuento todo esto? Pues a que ahora está brotando una gallegofobia, a cuenta del AVE. Día sí, día no, portavoces del nacionalismo catalán se empeñan en que descarrile, y vienen a decir que el atraso gallego no hay alta velocidad que lo remedie. Por el medio, gracietas sobre los percebes autóctonos que abochornarían a aquel gran humorista catalán que fue Eugenio.

Que arrecie ahora la ofensiva no tiene otro motivo que impedir que Ana Pastor consagre la obra en los Presupuestos. No sería raro que una de las condiciones para darles su apoyo, fuera dejar a Galicia en ayunas ferroviarias. No lo lograrán porque a día de hoy existe un potente lobby galaico, pero no cejarán hasta el final. Aunque ése sea el feliz desenlace, sorprende la tibia reacción de sectores que hubieran saltado como un resorte si esas mismas palabras ofensivas hubiesen sido dichas por Esperanza Aguirre, por ejemplo.

La explicación es psicológica. En Galicia sigue existiendo un respeto reverencial tan grande hacia el catalanismo, un complejo podría decirse, que hasta los ataques más directos en contra de nuestros intereses se ven con pasmosa pasividad. Hay miedo a que cualquier respuesta un poco ácida lo coloque a uno en el temible terreno de los retrógrados. El catalanismo es como un hermano mayor que nos está decepcionando, pero por el que sentimos predilección. Él, sin embargo, no nos corresponde. A la hora de hacer la contabilidad de las nacionalidades históricas, ni siquiera nos incluye. Mientras él practica la gallegofobia, nosotros hacemos masoquismo.

‘Gallegofobia’ catalana