Extraña que el presidente Alberto Fabra, quien se las ve y se las desea para desmontar el mundo de fantasías y tonterías con que nos ocultó su antecesor Francisco Camps la cruda y dura realidad en que está nuestra autonomía, quiera ponerse de segundo de a bordo a Serafín Castellano, que es el menos fiable y válido políticamente para sacar esta tierra de la fuerte marejada en que se encuentra. Serafín Castellano, con Zaplana, fue más zaplanista que Zaplana. Tanto que, con la inestimable ayuda de Ovejero, en las Cortes Valencianas le organizó un plante de diputados zaplanistas a Camps. Fracasada la conspiración, Castellano se hizo más campsista que Camps, jurándole fidelidad y lealtad eterna. Ya en la cuneta de la carretera Camps, Serafín se hizo más fabrista que Fabra, quien no se lo puede quitar de encima.

Una cosa que está haciendo muy bien Alberto Fabra es limpiar la casa política del PP de caraduras, ladrones, sinvergüenzas, traidores, desleales, chulos, prepotentes, macarras e ineptos, que se colaron de rondón, sin ninguna ideología y mucho pelo engominado, nacidos, consolidados y consentidos durante los virreinatos de Zaplana y Camps. Fabra, con una lógica aplastante, está saneando la casa, ha metido albañiles y pintores, desinfectándola, ventilándola para que se vayan los microbios. Intenta revitalizarla con savia nueva y manos blancas. Aventando y expulsando la podredumbre que había convertido el PP valenciano en un pudridero, en una especie de PRI mexicano. Es plausible la intención de Fabra de acabar con todo lo que de negativo tuvieron los regímenes de Zaplana y Camps, especialmente los delirium tremens de la desastrosa era Camps.

Serafín Castellano habrá intentado ganarse la confianza de Alberto Fabra e intentar también ser su delfín, cosa a la que aspiró también sin éxito con Zaplana y Camps, aportando la valiosa maleta de informaciones varias, bien aliñadas, por aquello de que cierta información es poder, además de sus pretendidas dotes de coordinador y argumentarista político, campo donde Zaplana para que se entretuviera le dejaba hacer. No tiene más, ni siquiera las dotes de orador o comunicador. No se entiende lo que hace, ni lo que dice.

De conseller de Justicia duró un año, de conseller de Sanidad duró dos años. En Gobernación ha aguantado más porque es una maría que ningún político que se precia quiere. Su opera magna fue un cómic-cuento que escribió contando la historia de su pueblo, Benisanó, producción cutre borgiana que diseñó su cuñada, ilustró su sobrinita y pagó su mujer concejal. Hecho menos censurable que ciertas historias mayores con un amigo suyo constructor de Llíria.

El segundo de a bordo - Levante-EMV