El expresidente de la Generalitat Pasqual Maragall ha defendido este jueves que el “hispanismo abierto y el catalanismo deben convivir”. El bueno del expresidente lo ha dicho en un acto de homenaje de esos que te hacen cuando ya estás perfectamente desactivado y se pueden cantar loas impunemente acerca de tí, con la seguridad de que ya te da lo mismo una cosa que otra. Posiblemente a alguien se le ha ocurrido que esas palabras le representan y se ha aprovechado de la incapacidad actual permanente y definitiva del expresidente, a causa de su grave estado de salud, para ponerlas en su boca, cuando los que más conocieron a Maragall en sus mejores momentos de lucidez, saben que él hubiera dicho: “hispanismo abierto y catalanismo también abierto, deben convivir”. Nunca pensó que la cerrazón catalanista, que la hay como en cualquier parte y que se manifiesta en estos momentos con particular encomio, fuera capaz de convivir con nadie, sin estorbar con sus planteamientos cerriles. Así se escribe la historia del gran Maragall cuando él ya no puede decir todo lo que pensaba. Y alguien se aprovecha para arrimar el ascua a su sardina del catalanismo siempre puro y virginal, incontaminado, pero también inodoro e insípido. Nunca el de Maragall fu así.

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