El otro día comentábamos en la reseña de la autobiografía de Poli Díaz que el boxeo consistía en pegar y que no te peguen y el fútbol en darle el balón al que está solo para que meta gol. Y si alguien iba más allá de estas definiciones, es porque era un tertuliano. Pues con el nacionalismo ocurre algo parecido. También es simple: los países existen como tales por la fuerza bruta. Si un país no fue lo suficientemente bestia en su momento, pues ya no existe como para salir en los mapas que estudian los niños de otros países. Es sencillo. Los países sólo se separan pacíficamente de mutuo acuerdo.

En España, efectivamente, el desacuerdo está bastante extendido. Y como, felizmente, no hay guerras ni es concebible que las vaya a haber, tenemos desacuerdo para rato. Desacuerdo florido, académico, documentado, exaltado, en las calles, en la música, en la radio, en la política, en todas partes y todo el día. Ninguna región se libra de esta pesada losa.

Ramón de España, por su parte, sufre la versión catalana y lo ha hecho notar con un libro que se titula El manicomio catalán. Es un ensayo muy divertido, muy recomendable. Quizá solo peque de transmitir la sensación de que sólo hay nacionalismo en Cataluña, porque no sería difícil rellenar otras doscientas páginas sobre el nacionalismo español. Pero que este empacho patriótico venga de Cataluña no hace más que demostrar que allí siguen estando más adelantados que el resto.

De ahí viene Ramón de España, de una región y una época que no tenía comparación posible en el resto del país: La Barcelona de los setenta. En aquellos tiempos esta ciudad fue la capital de España de todas las cosas que merecen la pena en esta vida, pero el paso del tiempo, de las políticas nacionalistas y mercantilistas, la han convertido, dice Ramón de España, en una "trampa para turistas". Y los catalanes, un pueblo "con fama de sensato", ahora está "instalado en el delirio".



Las reciente apuesta soberanista de CIU es la gota que ha colmado el vaso de la paciencia del autor. Por eso ha triturado con la pluma toda la estupidez colectiva que dice estar sufriendo y ha retratado, uno por uno, a todos los protagonistas de la política catalana de los últimos años. Auque cuando uno quita el envoltorio cáustico, el humor ácido y la mala leche, se encuentra con un poso de amargura bastante oscuro. Ramón de España da la sensación, por las vivencias propias que relata en el mundo de la prensa, de que nadie le quiere. No se puede ganar la vida ni como incorrecto y eso abre la caja de los truenos en los intestinos de cualquier persona. Es uno de los riesgos que tiene no casarse con nadie.

Aunque él sí que estuvo casamentero. El eje de toda la narración es la llegada de Maragall al poder. Dice que con el PSC gobernando pensaba que Cataluña iba a dejarse de "victimismo", iban a darse respuesta a "las preocupaciones de verdad", se promovería "la cultura" o se "ordenaría el bilingüismo". ¿Qué ocurrió? Lo contrario. Y se inició una batalla con el Gobierno central por la promesa de un estatuto para el que se había prometido carta blanca, pues, en su opinión, "Zapatero era incapaz de concebir una subida a la parra" como la que aconteció. Digamos que se acostó del PSC y se despertó outsider como los protas de Matrix.

De esta manera, surgió la figura de tipos como Sostres. El autor cuenta su experiencia con él. Revela que el periodista no cesaba de invitar a comer a Lluis Bassets, director de la edición catalana de El País, en un establecimiento que regentaba su familia para que le admitiera en el periódico. Quería ser un plumilla socialdemócrata. Pero como no le salió bien la jugada, terminó bajo otras faldas iniciando un periplo por todos conocido. Aunque Sostres se haya burlado de él en alguna ocasión, Ramón no le mete mucha cera. Dice que utiliza un arma inusual en Cataluña, "la desfachatez" muy en la "tradición de excéntricos made in Barcelona".

Tampoco habla mal de sus Ciutadans y del CUP (Candidatura d'Unitat Popular), a los que critica que van mucho "a Bilbao" y podrían hablar más en español. Pero nada más. El resto de las páginas son puro napalm. Con lo difícil que es durante la vida de uno mantener una pareja estable -a él le han abandonado- y tres o cuatro amigos que te escuchen, confiesa, no entiende cómo hay tanta gente que no se conforma con eso y se entrega a las causas de la religión o el nacionalismo. Ni siquiera les basta con ese sucedáneo de las dos anteriores que es el fútbol. Con esta premisa, todo el establishment catalán es condenado en sus páginas.

Al principio arremete contra la propia Diada. Contra la frase aquella que hubo en el himno, Els Segadors, de que "con la sangre de los castellanos haremos tinta roja". Deja a la altura del betún los uniformes que se ven en esta jornada y las charlotadas que acontecen en forma de violencia urbana.
Ramón de España, autor del libro

Pujol, como era de esperar, se lleva los palos más duros. De ahí que su imagen aparezca en la portada caracterizada como Mao, ‘el gran timonel'. Describe a su familia como unos meapilas ex franquistas cuyos hijos estaban tristes porque los demás niños hablaban castellano en el parque. Aunque no les debió de venir mal "el español que aprendieron en el tobogán" para "trincar por Sudamérica".

De ERC critica el que entiende que es un discurso en el que se denuncia una invasión silenciosa de españoles en Cataluña. Pero con los oprimidos "en pisazos de la Diagonal" y los opresores "hacinados en viviendas mugrientas". Al PSC los tacha de "acomplejados y timoratos". Laporta, "Sinatra rodeado de tías buenas".

Se felicita, eso sí, de que Terra Lliure dejase las armas. Pero para él que fue por su propio bien, porque les estallaban todas a ellos. Y de Losantos sostiene que "no todo el mundo puede conservar la cordura tras haber estado al borde de la muerte" en referencia a cuando fue secuestrado por el aludido grupo armado. De paso, piensa que la ETA es muy de tradición española, de resolver los problemas en plan Puerto Hurraco.

Lo más divertido, a mi juicio, lo reserva para ICV, de capa caída desde que Carrillo dejó de dar miedo para dar risa al dejarse entrevistar por Doña Rogelia, afirma. Ramón de España poco menos que se siente perseguido por lo que llama "excomunistas de buena familia", todos situados ahora en buena posición, y que llenan los mejores restaurantes, son toda una colección de gourmets, se queja.

En fin, buen trabajo para echarse unas risas. Muchas veces es realmente ingenioso y su mala baba es deliciosa. No obstante, como era de suponer, la mejor acogida ya se la han dado en Intereconomía y medios del ramo, cuya efervescencia patriótica bien mercería, por el contrario, un "Manicomio español". A ver cuándo llega.

'El manicomio catalán',* Ramón de España, solo ante el peligro