Tal vez me inquietaría la secesión de Cataluña si no se hubiese producido hace mucho tiempo. Para qué seguir engañándonos, de lo que fue proyecto histórico de vida en común apenas queda aquí un simple formalismo legal, el Estado, que es lo que ahora se aprestan a demoler los catalanistas. Guste o no, es la realidad. De ahí que acaso debiéramos plantearnos conducir a los nacionalistas hacia la mayoría de edad. Acabemos de una vez con el chantaje del niño malcriado que amenaza con fugarse de casa. Terminemos con la hiperlegitimación democrática que se atribuyen los soberanistas. Permítase el referéndum. Franqueémosles sin ningún miedo la puerta de salida. Pero si quieren hacer el triple mortal, que salten sin red. Nada de seguros de vida a todo riesgo con estaditos libres asociados, federaciones asimétricas y demás coartadas para seguir en la infancia eterna, ese no tener que pagar nunca las consecuencias de sus propios actos. Si se quieren ir, que se vayan. España no puede seguir soportando esta situación eternamente. No lo merece.

Recúrrase al artículo 92 de la Constitución, que, tal como ha recordado Francesc de Carreras, ofrece cobertura a una consulta jurídicamente no vinculante. Y que luego sea el único titular de la soberanía, esto es el pueblo español, quien legitime la decisión a través de una reforma de la Carta Magna. Porque sí hay una manera de terminar de una vez para siempre con el separatismo: convertirlo en factible. Aunque si la unidad de España no resultara ser sagrada, la de Cataluña tampoco habría de serlo Emúlese la Ley de Claridad de Canadá, que prevé la permanencia en el Estado federal de los territorios de Québec contrarios a la ruptura de la integridad nacional. Esa misma Ley de Claridad según la cual la pregunta deberá ser aprobada por el Parlamento federal, y habrán de transcurrir un mínimo de veinticinco años entre una convocatoria de referéndum y la siguiente. Que crezcan de una vez.

El eterno chantaje - ABC.es