Valencia ha sido siempre una ciudad muy dada a la destrucción y el silenciamiento de la memoria y el patrimonio histórico, incluso cuando estos conceptos no se apreciaban como un valor social. Así, a diferencia de otras ciudades españolas, durante mucho tiempo era prácticamente imposible contemplar restos romanos o andalusíes y, aún hoy, muchos de los que hay son ignorados por la administración pública. Igualmente, los edificios cargados con el máximo simbolismo histórico de la urbe, como el Palacio del Real y la antigua Casa de la Ciudad, fueron derribados sin ningún miramiento durante el siglo XIX.

También el Palacio de la Generalidad en 1845 y la propia Lonja en 1877 estuvieron a punto de ser pasto de la piqueta, como tantas otras construcciones que fueron eliminadas de la faz del solar valentino. Por fortuna se conservaron y junto a otros monumentos históricos hoy dan empaque, identidad y memoria a la ciudad y a sus habitantes. Pero junto a la Valencia que fue y dejó de ser, también ha habido a lo largo de la historia una Valencia que pudo ser y no fue, es decir, una Valencia de intervenciones urbanísticas y edificios proyectados que nunca se llevaron a cabo.

Es el caso de los que se pueden documentar en los felices y convulsos años 20 y 30 del siglo XX, marcados en España por el crecimiento económico, la Dictadura de Primo de Rivera, el estallido democrático de la Segunda República y la brutal conflagración de la Guerra Civil. Valencia dio entonces el gran impulso que la dirigió hacia el hito metropolitano que sigue marcando en la actualidad. En apenas veinte años, de 1920 a 1940, prácticamente duplicó sus habitantes, de 250.000 a 450.000, al tiempo que profundizó su intensa reforma interior y acometió una primera gran expansión urbanística.



El centro, los Ensanches, el barrio de la Exposición y el distrito marítimo vieron crecer multitud de nuevas construcciones, las más significativas en estilo modernista, ecléctico y art déco, que convivían con otras de carácter clasicista y neobarroco. En esta última línea, en el contexto del neocatolicismo de la Restauración borbónica de Alfonso XIII y la construcción de otras iglesias megalómanas iniciadas en la misma época, como la Catedral de la Almudena de Madrid o la Sagrada Familia de Barcelona, en Valencia se proyectó un "templo monumental dedicado a la Santísima Virgen de los Desamparados".

UN VATICANO PARA VALENCIA

En 1923 se había producido la coronación de la Geperudeta, con la presencia de los reyes y de decenas de miles de personas que habían abarrotado la plaza de la Virgen. A rebufo de aquel fervor popular se constituyó una Junta destinada a erigir un nuevo templo detrás de la basílica, sobre el actual solar de la Almoina, "para celebrar en su interior con espléndida magnificencia y gran muchedumbre de fieles el culto a la Venerada Imagen, y en su exterior, la monumentalidad que manifieste cuanto el pueblo valenciano ha querido y desea eternamente ofrendar a su excelsa Patrona".



Y la verdad es que viendo el anteproyecto ganador del concurso convocado en 1930, diseñado por el arquitecto de cabecera del arzobispado de Valencia, el castellonense Vicente Traver, cabe admitir que se hubieran cumplido con creces aquellos objetivos. Un monumental edificio inspirado en San Pedro del Vaticano, con una enorme cúpula de más de 30 metros de diámetro y una altura casi tres veces superior a la de la propia basílica de los Desamparados, hubiera cambiado para siempre la visión del núcleo central del Cap i Casal.

No en vano, el plano principal de Traver indicaba que el templo se vería "desde Sagunto a la Ribera" y, según indica el catedrático de historia del arte Javier Pérez Rojas, planteaba en su interior una "lectura barroco-valenciana del Panteón de Roma". Sin embargo, la importante inversión inicial que se requería (unos 8 millones de pesetas de la época) y las penurias económicas que llegaron tras la Guerra Civil hicieron inviable el proyecto, que fue abandonado un par de décadas después.

En cualquier caso, aunque no se llevara a cabo, aquel espectacular diseño sigue impresionando a quien pruebe a imaginarlo in situ, desde cualquier rincón actual de la plaza de la Virgen. Con todo, los vientos arquitectónicos soplaban por entonces en otra dirección. Así lo muestra el precoz anteproyecto racionalista que presentaron el madrileño Gaspar Blein y el valenciano Luis Albert, cuando contaba con 25 años, al concurso para la construcción del nuevo edificio del Ateneo Mercantil de Valencia, convocado en 1927.

UN ATENEO A LA ALTURA DE 'METRÓPOLIS'

Se trataba de un boceto pionero en España, que recogía las formas expresionistas y futuristas que provenían de las escuelas arquitectónicas más avanzadas de Occidente. Baste recordar que aquel mismo año se estrenaba Metrópolis, la película de Fritz Lang que se anunciaba en Valencia como "el milagro de la pantalla". Demasiado moderno para la época quizás y, sobre todo, demasiado alto, ya que excedía en mucho la altura requerida por el Ateneo Mercantil, que finalmente se decantó por una construcción de corte más clásico.

Sin embargo, unos años después, coincidiendo con el advenimiento de la Segunda República, aquella arquitectura llamada moderna se convirtió en la habitual entre los autores más innovadores de la ciudad, que la aplicaron a construcciones posteriormente emblemáticas, como el Rialto, el Colegio Mayor Lluís Vives o el Edificio Alonso. El propio Luis Albert siguió impulsando aquel nuevo estilo al alcanzar el puesto de arquitecto de la Diputación provincial de Valencia, la principal institución territorial de la época.





EL MANICOMIO

Así, a lo largo de 1933 preparó tres importantes diseños jamás ejecutados: el de un nuevo Hospital Provincial, en que destacaba la voluntad de "huir de los estilos antiguos que no nos servirían para otra cosa que para disfrazar, con imágenes embusteras, los elementos en otro tiempo necesarios"; el de un Manicomio en Portaceli, una obra que retomó bajo otras formas 35 años después, al final de su vida, dando pie al actual Hospital Psiquiátrico de Bétera; y el de una nueva Plaza de Toros, sobre la que aún se conserva hoy, de 1860, que pretendía sustituir por otra "cercana estilísticamente a los grandes pabellones deportivos", según comenta el historiador del arte David Sánchez en su tesis doctoral sobre la Arquitectura en Valencia (1939-1957), de la cual provienen la mayor parte de las imágenes aquí mostradas.

EL TEATRO PRINCIPAL QUE NO FUE

Al año siguiente, en 1934, Albert proyectó también un Teatro Principal que contenía un gran hotel, configurando un conjunto de formas verticales y poderosas, en la línea futurista que marcaban las construcciones vanguardistas de la época. Aquel mismo año el arquitecto municipal Javier Goerlich, otro de los autores que acogió con entusiasmo el nuevo estilo racionalista, presentó una propuesta para la sede central del Banco de Valencia que recogía los postulados de Frank Lloyd Wright. Los propietarios, sin embargo, acabaron optando por el neobarroco regionalista que todavía prevalece en el edificio que actualmente ocupa el chaflán de Pintor Sorolla con Don Juan de Austria.

LA SÚPER ESTACIÓN DE AUTOBUSES

Aún tras acabar la Guerra Civil la arquitectura moderna continuó dominando los principales proyectos de la ciudad. Como, por ejemplo, el de una gran estación central de autobuses planeada en el Llano del Remedio, en la actual avenida Navarro Reverter, que fue aprobada por el Ayuntamiento en 1939 y diseñada por el mismo Javier Goerlich. Se trataba de una ambiciosa iniciativa que contaba con todos los servicios necesarios, un hotel, viviendas para los empleados, oficinas y bajos comerciales destinados a "la exposición permanente de productos valencianos". Sin embargo, el todopoderoso ejército de la nueva dictadura franquista abortó el proyecto al reclamar la titularidad de los terrenos sobre los que debía erigirse la estación.



EL PALAU DE LA GENERALITAT

De hecho, el cambio político fue haciendo mella en el movimiento moderno y racionalista que se asociaba al período republicano. Además, según apunta el mismo David Sánchez, un sector importante de los dirigentes de la ciudad trató de imponer un monumentalismo arquitectónico de corte clasicista, "por una necesidad de autoafirmación". Así, por ejemplo, el antiguo Palacio de la Generalidad, ocupado entonces por la Diputación de Valencia, fue reformado y ampliado bajo la dirección del ya citado Luis Albert, que continuaba en su puesto de arquitecto provincial.

Por sorprendente que parezca, la parte del cuerpo central y el torreón recayentes a la actual plaza de Manises no forman parte del edificio histórico y apenas tienen seis décadas de existencia, ya que fueron construidos en los años 40. Pero, aún más, al acabar dicha ampliación en 1952 el mismo Albert presentó el "Proyecto de Gran Generalidad", que pretendía unir el edificio con el también histórico Palacio de la Bailía, que acababa de ser adquirido por la misma Diputación Provincial. Así, preveía un cuerpo de paso de dos pisos de altura, cinco metros de ancho y cinco arcos inferiores para el tránsito de vehículos y peatones, imitando el estilo histórico original del siglo XV. Con todo, a pesar de las negociaciones administrativas que se llevaron a cabo para su ejecución, el proyecto quedó finalmente en el cajón.



LOS RASGOS TOTALITARIOS DEL EDIFICIO DE HACIENDA

Por aquel entonces las líneas más rectas, simétricas y seriadas del nuevo movimiento moderno de influencia madrileña comenzaban a imponerse. E incluso la arquitectura de inspiración totalitaria procedente de Alemania e Italia dejó su huella en Valencia a través del edificio de la Delegación de Hacienda, que inicialmente fue diseñado el mismo año de 1952 por Luis Gay y José Antonio Pastor, según un anteproyecto que mostraba aún más rotundamente dichas referencias que el finalmente construido en la calle Guillem de Castro.

Por otra parte, el concurso convocado a nivel estatal el año anterior para la reforma y urbanización de la plaza de la Reina fue ganado por Vicente Figuerola con un proyecto de líneas muy tradicionales, que recordaba a las clásicas plazas porticadas del reino de Castilla. Sin embargo, nunca fue llevado a la práctica, como tampoco lo fue un postrero diseño de reminiscencias castellanas esbozado en 1954 por Javier Goerlich, que continuaba siendo el arquitecto municipal.



UN PALACIO PARA FRANCO Y EL JARDÍN DEL TURIA COMO AUTOPISTA

Se trataba, concretamente, de un "Proyecto de residencia para Su Excelencia el Jefe del Estado en los Jardines del Real de Valencia", es decir, un palacio para el dictador Franco en el edificio histórico del Colegio Seminario San Pío V. El diseño preveía la duplicación mimética de las torres y los pabellones, teniendo como referencia el Escorial y la arquitectura de carácter castrense. No obstante, nunca llegó a ejecutarse y el edificio se consolidó como sede del Museo de Bellas Artes, manteniéndose hasta la actualidad con diversas ampliaciones y reformas, como la reconstrucción de la cúpula histórica de tejas azules, que había sido derribada años antes.

Posteriormente aún vendrían otros muchos proyectos inacabados para la ciudad, algunos afortunadamente inacabados, como el que pretendía usar el antiguo cauce del río Turia como autopista de 12 carriles, impulsado por el Ministerio de Obras Públicas de los años 70. También los tres grandes proyectos que los gobernantes municipales han propuesto en la última década para cambiar la cara de la ciudad, es decir, la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez, el frente marítimo proyectado por Jean Nouvel y el Parque Central diseñado por Kathryn Gustafson, han sido abandonados o permanecen paralizados.



Ante las perspectivas económicas y políticas de futuro, parece difícil que sean ejecutados algún día tal y como fueron diseñados. Pasarán, cuando menos, a la larga lista de proyectos inconclusos que quizás en otra realidad, en otra dimensión, configuren otra ciudad de Valencia. La Valencia que pudo ser y no fue.


Doce proyectos urbanísticos que pudieron haber cambiado Valencia