LA OBSESIÓN ENFERMIZA que tiene Cataluña de apropiarse de cosas que no son suyas, sobre todo de patrimonio histórico y cultural de otras comunidades ajenas a ella, ha llegado a límites de esperpento; la catalanización de idiomas, personas y costumbres de comunidades de su entorno geográfico obedece a una alucinación colectiva llamada países catalanes. La actitud de vergonzoso beneplácito de algunos sumisos y acomplejados gobernantes de estas tierras anejas, hacen de éstos colaboradores necesarios del expolio.

En el año 2014 el gobierno catalán adquirió, por sesenta mil euros, un mapa hecho por el brujulero mallorquín Guillem Soler. Este tipo de noticias no redundan porque carecen del interés colectivo, pero no son, ni mucho menos, asunto baladí. Tampoco redundaron las manifestaciones públicas del adquirente, Jaume Ciurana, concejal de cultura de Barcelona, diciendo que Barcelona había comprado una carta náutica catalana del siglo XIV.

Da la impresión que el señor Ciurana dedica mucho tiempo al entreno de su ignorancia, evidentemente, con resultados muy satisfactorios. Lo que adquirió el susodicho, ni es una carta náutica, ni es catalana. Es muy injusto que alguien que no sabe diferenciar una carta portulana de una carta náutica tenga esta responsabilidad. Guillem Soler jamás hizo cartas náuticas, sino portulanos. Los portulanos son mapas que hicieron posible el uso de la brújula. Aparecieron en el siglo XIII y continuaron elaborándose hasta el XV. Se caracterizan por tener como fondo una retícula trazada a base de rumbos o líneas de dirección en torno a una rosa de los vientos. En cambio, en las cartas náuticas existe una red de paralelos y meridianos que indican la latitud y la longitud.

Además, para no perder la fea costumbre catalanista de apropiarse de las cosas ajenas, el concejal se apropia y catalaniza a un insigne ciudadano mallorquín perteneciente a la escuela de cartografía mallorquina. Guillem Soler escribía en mallorquín, nació y vivió en Mallorca y tuvo una hija que no se llamó Mercé ni Montse, sino Margalida.

La escuela de cartografía mallorquina comienza en el año 1339, fecha del primer portulano de Angelí Dolcet. En 1375 Abraham Cresques y en 1385 Guillem Soler hicieron lo propio. Hasta el siglo XVI, período de duración de la escuela cartográfica mallorquina, existen más de 400 portulanos catalogados. Esta escuela contó con cartógrafos mallorquines tan importantes como los nombrados y otros no menos importantes: Guillem Cantarelles, Juan y Gabriel de Vallseca, Jafuda Cresques (Jaume Ribes), Jacomé de Mallorca, Pere Rosell, Jaume Bertrand, Samuel Corcos, etc.

Pero aquí no acaba el indignante expolio de nuestro patrimonio cultural, ni empieza: Abraham Cresques, cartógrafo mallorquín y brujulero, hizo un mapa datado en 1375. Un mapa que le encargó el infante Juan antes de ser el Rey Juan I de Aragón, hijo de Pedro IV de Aragón, y que regaló tontamente a su primo, el Rey Carlos VI de Francia, cuando este último contaba con tan sólo trece años de vida. Este famoso mapa se conoce como el «Atlas catalán», un mapamundi excepcional y único por ser el primero que incluye una rosa de los vientos y por ser de una belleza que todavía hoy no se ha superado.

Nadie se ha preguntado nunca por qué se le llama «Atlas catalán» y no «Atlas mallorquín», que sería lo más lógico y justo, teniendo en cuenta que el mapamundi se hizo en Mallorca, su autor era mallorquín y sus inscripciones están escritas en «romance mallorquín». Investigando en libros de cartografía y buscando en lo más profundo de la red, sólo encuentro algún comentario de opinión que dice que se llamó atlas catalán porque sus inscripciones estaban escritas en catalán o porque lo encargó un catalán -por lo visto, tampoco se salvan del expolio cultural los aragoneses-. Por este mismo disparatado criterio, el portulano del mallorquín Guillem Soler adquirido por Cataluña también se ha transformado en catalán.

Revisando estudios de historiadores de la UIB y otras universidades catalanas se evidencia que el criterio general sigue una pauta común dirigida: poner en duda la existencia de la escuela de cartografía mallorquina, inventando argumentos insostenibles y concluyendo que todas estas cartas náuticas y cartógrafos de la Edad Media tenían origen catalán y obedecen a un estilo catalán. Así lo excretan, entre otros, la profesora María Baig i Aleu (2001, CEHIC de la Universidad Autónoma de Barcelona) o el experto archivero de la Corona de Aragón, Jaume Pujades, que dice, sin aparente rubor, que «el epicentro de los maestros que se dedicaban a la cartografía en Cataluña estaba en Mallorca».

Estos tergiversadores e inventores de la historia son los mismos que defienden, entre otras muchas sandeces, que Cristóbal Colón y Ramón Llull eran catalanes, y que la Corona de Aragón era, en realidad, la Corona de Cataluña y Aragón.

El concepto de Escuela de Cartografía Mallorquina fue introducido por el catedrático Julio Rey Pastor en 1960 (La cartografía mallorquina, CSIC) y aglutina a los cartógrafos mallorquines que transmitieron al mundo un estilo común de elaborar y adornar portulanos durante los siglos XIV al XVI. Su existencia es incuestionable, como incuestionable es su procedencia.

Con la venia que me otorga esta tribuna, me atrevo a recomendarles un libro que recrea una parte de la historia de la cartografía mallorquina de la Edad Media. El historiador Alfred Bosch escribió El Atlas Furtivo, una novela histórica que habla del encargo del Rey de Aragón a la familia judía mallorquina Cresques, y de cómo elaboraron el mapamundi más bello de la historia, y de cómo y por qué sufrieron la ira de hordas cristianas, que culminaron con el ataque del populacho a los calls judíos de Palma. En realidad, los Cresques hicieron dos mapamundis prácticamente idénticos... y ahí lo dejo. Gracias Jesús Quiroga por recomendarme este magnífico libro.

Sirva esta misiva como denuncia y ejemplo del continuo expolio que sufre nuestra cultura, lengua y patrimonio por parte de las huestes radicales catalanas y, lo más triste, con el vergonzoso beneplácito de muchos de nuestros sometidos y baldragas gobernantes.

Juan Enseñat Coll es auditor de cuentas y tesorero de Sociedad Civil Balear.

Fuente: El expolio catalanista | Baleares Home | EL MUNDO