Cap día sense porc’, decía en otros tiempos Josep Pla. En la Cataluña actual, plagada de gobernantes y líderes de opinión obsesionados con el diseño y lo políticamente correcto, la expresión no quedaría ya bien. Pero en cambio no dejan pasar un día sin hacer el ridículo a cuenta de las pringosas señas de identidad.

Estos días se rueda en Barcelona una película dirigida por Woody Allen. Con su trabajo, el director neoyorquino va a poner de moda otra vez la ciudad, como la puso de moda la olimpiada hace ya algunos años. Además, Woody Allen ha declarado que está dispuesto a poner el nombre de Barcelona incluso en el título de su próximo trabajo, de modo que la publicidad se multiplica.


Pero no queda ahí la cosa. El guión cuenta la historia de una muchacha norteamericana que viaja a Barcelona para un ‘stage’ en un restaurante de la ciudad, de modo que nueva ración de propaganda a cuenta de las excelencias de la restauración catalana. No se puede pedir más. Una película de Hollywood llevará la imagen y el nombre de la ciudad por todo el mundo y cantará sus excelencias gastronómicas a través de la historia de una chica que quiere aprender cocina en un restaurante barcelonés. Las autoridades barcelonesas y la Generalidad tripartita deberían estar haciéndole la ola a Allen allá por donde pase. Pues no.

Antaño la imagen de Barcelona estaba asociada al cosmopolitismo, a la tolerancia y a la creatividad. La ciudad que Eduardo Mendoza describía en ‘El laberinto de las aceitunas’ existía en la realidad y bullía por los cuatro costados. Pero casi tres décadas de nacionalismo, de onanismo identitario, de obsesión etnicista, han arrasado con todo y hoy la ciudad muestra su vertiente más provinciana. El nacionalismo, el de los convergentes, el de los socialistas, el de los republicanos y el de los comunistas, ha convertido Barcelona en territorio paleto. Y acaba de dar una nueva prueba de ello.

Las entidades encargadas del control lingüístico de la población y de imponer el monolingüismo (catalán) por procedimientos diversos, han decidido que el guión de la película de Woody Allen no les gusta porque es poco catalán. Y le han anunciado al director que convendría cambiarlo.

A los vigilantes de la lengua les sabe a poco que la protagonista, Scarlet Johanson, atraviese el Atlántico para aprender a cocinar en su ciudad, y han comunicado al director de Nueva York que prefieren que el personaje que encarna la mencionada señorita haya decidido viajar hasta Barcelona para aprender… ¡catalán!
“¿Ah, pero tú todavía no sabes hablar en catalán?” De todos es sabido que en los círculos más modernos del Soho neoyorquino es frecuente escuchar comentarios de este tipo entre cata y cata de aguas de fiordo.

Y desde luego la historia de Woody Allen mejoraría mucho, resultaría más sólida y sobre todo más creíble si su protagonista se sintiera llamada al estudio de La Auténtica Lengua De Los Catalanes De Verdad.

Señor Allen, no se queje. Sabía dónde se metía, o al menos tenía los medios para saberlo. Quien decide jugar con mocosos no puede lamentarse cuando termina lleno de mocos. En este caso, de mocos identitarios.