Los secesionismos españoles –catalán, vasco, gallego, etc.- se asientan sobre una tupida de red de medias verdades, mentiras enteras y hechos deliberadamente deformados. Cada 11 de septiembre, Catalunya celebra su fiesta “nacional” en memoria de los hechos de 1714. Un mito histórico que se enseña en las escuelas catalanas como lo que no fue. Porque no sólo Barcelona resistió a Felipe V de Anjou en nombre de “libertad de todo España”, y no en nombre de su independencia, sino que todo el conglomerado “histórico” del catalanismo reposa sobre una enorme tergiversación. Estos son los hechos.


RODOLFO VARGAS RUBIO

Cada 11 de septiembre vuelve a repetirse el mismo ritual: homenajes ante los monumentos a Rafael Casanova en Sant Boi de Llobregat, Barcelona y otros puntos de Catalunya, recepción en el Palau de la Generalitat, visitas al Fosser de les Moreres, donde están enterrados los caídos en el sitio de Barcelona durante la Guerra de Sucesión, sardanas, conciertos, retretas… y disturbios. Sí, disturbios en los que afloran los más bajos instintos y los más cerriles sentimientos antiespañolistas, a vista y paciencia de las autoridades y de los partidos catalanistas que, si condenan los excesos (si los condenan), lo hacen con la boca pequeña y secretamente complacidos y hasta orgullosos de sus enfants terribles (como diría Cocteau).

La fiesta nacional catalana (por cierto, una de las pocas en las que se conmemora una derrota) se ha convertido en la máxima manifestación del nacionalismo identitario, basado en una mitología hábilmente forjada y transmitida acríticamente a través del adoctrinamiento en las escuelas y de la propaganda parcial de los medios de comunicación. Y no hablamos del mito fundante de Vifredo el Velloso y el origen de la cuatribarrada (que nos parece muy poético y conmovedor), sino de hechos históricos falseados o simplemente ocultados.

Cataluña traicionada

Por ejemplo, poco se habla de la traición a Catalunya perpetrada durante la sublevación iniciada en 1640 contra el gobierno español del conde-duque de Olivares por la propia oligarquía extremista catalana. En efecto, esa oligarquía, para separar de España al Principado, propició el pacto de éste con Francia, de cuyas intenciones poco se podía dudar, dado que la política agresivamente centralista y absolutista de Richelieu ya era de sobra conocida. Los catalanes de a pie fueron engañados por sus líderes, que proclamaron condes de Barcelona sucesivamente a Luis XIII y Luis XIV, contribuyendo así al desastre de 1659, cuando se perdió la Catalunya ultrapirenaica (Rosellón, Conflent, Vallespir, Capcir y parte de la Cerdaña). Ésta pasó, en virtud del Tratado de los Pirineos (obra maestra de Mazarino, el sucesor de Richelieu), a Francia, cumpliéndose así uno de los más importantes postulados de la política gala: llevar la frontera a sus límites naturales.

Luis XIV, por supuesto, a pesar de los solemnes compromisos asumidos en el Tratado de 1659, acabó suprimiendo en la Catalunya Francesa las instituciones tradicionales catalanas para implantar la administración y el gobierno franceses (1663) y prohibiendo el uso del catalán (1670) por ser “contrario a nuestra autoridad y al honor de la nación francesa”. Tampoco se descuidó el poder de la Iglesia, importantísimo factor de difusión de cultura, y foco de resistencia catalana contra el afrancesamiento: Perpiñán, sede del antiguo obispado de Elna, fue desgajada de la provincia tarraconense y declarada sufragánea de la narbonense, nombrando el Rey como obispo a un catalán pro-francés, al que sucedieron prelados franceses. Los conventos y monasterios fueron repoblados por religiosos franceses, a los que se prohibió tener relación con sus hermanos de hábito del otro lado de los Pirineos. ¿Y España? España, que había recuperado su rebelde Condado de Barcelona, hizo con él borrón y cuenta nueva, sin tomar represalias y conservando los fueros y libertades catalanes… Pero, claro, de todo esto no se habla.

La Guerra de Sucesión

Otro mito sobre Catalunya: la Guerra de Sucesión. Como se sabe, estalló la guerra al pretender el archiduque Carlos de Austria la herencia de Carlos II el Hechizado contra la última voluntad de este último, que había dado la Corona de las Españas al duque de Anjou, nieto del Rey Sol, que llegó a su nuevo reino como Felipe V, siendo recibido cordialmente en Barcelona, donde juró los fueros catalanes el 12 de octubre de 1701. Y es que, contra lo que suele creerse, no fue de Catalunya desde donde partió la primera rebelión contra el nuevo rey venido de Francia, sino del conde de Melgar, Almirante de Castilla, que se ofreció como asesor al Archiduque, a quien acompañó en su desembarco en Lisboa de 1704, primer acto de hostilidad del conflicto sucesorio.

Ese mismo año, en mayo, la flota del almirante inglés Rocke apareció frente a las costas catalanas. El landgrave Jorge de Hesse-Darmstadt, que iba en la expedición, intimó al Virrey de Catalunya a la rendición. Ante la negativa, la flota invasora inició un duro bombardeo sobre Barcelona, del que se esperaba fuera la señal de una sublevación popular contra Felipe V. Todo era, sin embargo, fruto de una conjura de la oligarquía levantisca catalana, que pensaba sacar provecho del cambio de monarca. La Diputación de Barcelona se mantenía, por el contrario, fiel a Felipe V mientras que la población se mostraba indiferente ante la perspectiva de un desembarco del Archiduque, que se materializó en 1705, después de un duro bombardeo contra el Castillo de Montjuich. La ocupación de la Ciudad Condal por los aliados anglo-austríacos se verificó tras la capitulación del Virrey que representaba a Felipe V. Catalunya se plegó entonces a la causa austracista, al igual que Aragón y Valencia, los otros dos importantes componentes de la Corona de Aragón.

¿Qué había pasado? Hubo una conjunción de factores: primero, el sentido práctico de los catalanes, que veía inútil resistir ante los hechos consumados de la invasión; segundo, el odio antifrancés atizado por la propaganda del Archiduque y de la oligarquía catalana, que agitaba el espantajo de un Felipe de Anjou déspota, centralista y sumiso a su abuelo Luis XIV (a pesar de que éste, aleccionado por la experiencia no siempre feliz de medio siglo de reinado, había recomendado a su nieto prudencia, moderación y respeto a los fueros de sus nuevos súbditos). Así pues, queda desmentido lo que nos cuentan hoy los catalanistas acerca de un supuesto sentimiento antiespañol en el abandono de la obediencia a Felipe V por los catalanes, los cuales no buscaban la secesión, como lo demuestra el hecho de su sumisión al Archiduque, que se autoproclamó “Carlos III, Rey de España y de las Indias” y en cuyos planes no entraba, por supuesto, permitir el cercenamiento de ninguno de los territorios de la monarquía hispánica. La denominación de “Rey de los Catalanes” que comúnmente se le da es incompleta si no se considera que el llamado “Rei Maulet” era también Rey de los Valencianos, de los Aragoneses, de Castilla y de los demás florones de la Corona forjada por los Reyes Católicos.

El 11 de septiembre

Refirámonos ahora a la figura de Ramón Casanova, idealizada ad nauseam hasta hacer de él una suerte de mártir de la independencia catalana. Se trataba del hijo de una familia propietaria rural, dedicado a la abogacía, carrera que le abrió las puertas de la política. Habíase casado con una rica viuda de Sant Boi de Llobregat, la cual había tenido un hijo de su primer matrimonio con un linajudo personaje de apellido Campllonch, originario de Púbol. María Bosch, que así se llamaba la mujer de Casanova, le dio cuatro vástagos, de los cuales sobrevivió uno, llamado Rafael, como su padre. Casanova padre resultó elegido conseller tercero del municipio barcelonés, cargo en el cual abrazó la causa austracista. Más tarde, se convirtió en Conseller en Cap, lo que le dio acceso a la nobleza urbana como “ciudadano honrado”. En calidad de tal apoyó la continuación de la resistencia contra Felipe V a pesar del armisticio impuesto por las negociaciones de Utrecht para poner fin a la Guerra de Sucesión.

Cuando el 11 de septiembre de 1714 se desencadenó la ofensiva final de los botiflers (los ejércitos de Felipe V), Rafael Casanova tomó la bandera de Santa Eulalia (la de Barcelona, y no la cuatribarrada) y fue personalmente a animar a los defensores de la ciudad. En medio de sus correrías, fue herido levemente en una pierna, siendo llevado al hospital habilitado en el Colegio de la Merced. Aquí se pierde su pista y desde luego a la historiografía romántica catalanista le hubiera encantado que fuera definitivamente, para poder contar con un héroe nacional desaparecido en medio de la epopeya de la resistencia. Lástima –para ellos– que no fuera así, pues en 1719 encontramos a Rafael Casanova ejerciendo tranquilamente la abogacía, sin haber sido represaliado por Felipe V y perfectamente integrado en la Catalunya de nueva planta. Es más, su hijo y homónimo Rafael Casanova, se matriculó en Derecho en la flamante Universidad de Cervera, de tan ominosa memoria para los nacionalistas como creación que fue del primer Borbón de España. La vida del ex Conseller en Cap se extinguió apaciblemente en 1743, en la finca de Sant Boi de Llobregat, a donde se había retirado en 1737 y por cuya propiedad pleiteó hasta su muerte con el legítimo heredero, José Campllonch, desplazado a favor de Casanova hijo.

Aquí nos hemos limitado a consignar unos cuantos hechos y ya se sabe: contra facta non sunt argumenta (no hay argumentos contra los hechos). Ninguna leyenda áurea, por muy patrocinada desde el poder que se halle, puede modificar la Historia.Desgraciadamente, la de Catalunya, tan rica y fecunda por otros conceptos, nos la dan hoy impunemente adulterada